Angelicales esporas

La teología de Filistóclenes de Samotracia, redactada entre el 456 y el 450 a. C, sitúa a la parasitología como disciplina central del conocimiento humano en tanto que analiza las relaciones entre los Dioses y el hombre con extrema crudeza. Lamentablemente, solo conservamos los tres primeros capítulos del Tractatus Parasitae-Philosoficus, su obra maestra, sobrevivida al abrigo del anonimato en esos tres capítulos que el azar ha querido emerjan a mi vista entre una montaña de manuales técnicos. Transcribo aquí mi traducción:
Capítulo Uno
(Ampulex compressa o avispa enjoyada de las cucarachas)

Los mecanismos reproductivos de esta especie me resultan tan bellos como atroces. Reflejando la luz del sol en sus delgadas escamas azulado-verdosas como si de un errabundo foco de luz se tratase, se desplaza sobre la tierra como por una ilusión propia. El desprecio que siente por sus alas solo puede ser propio de un dios. Rechaza las melifluas voces de los querubines que la instan a habitar el cielo y se pasea exultante sobre la tierra fulminada por el calor, las rocas tibias a la sombra y los comatosos hierbajos que se despliegan por los recovecos del yermo, como un diamante efímero que capitula, sin saberlo, por su propia agonía terrenal. Sobrevive al aborrecimiento de su condición superior a través de su poderoso instinto. Acecha a las gigantescas cucarachas y espera paciente el momento adecuado. Cuando lo vislumbra, se abalanza sobre su presa con la precisión de un relámpago y atraviesa su carne con un aguijón color ocre. La víctima parece detenerse al cabo de unos instantes, como si sus apéndices posteriores quedaran paralizados por alguna especie de veneno. Entonces ensarta la cabeza (y el cerebro) de su esclava delicadamente, logrando la anulación de su voluntad. Tras arrancarle las antenas y degustar su sangre, meditabunda se relame sus diminutas mandíbulas brillantes y la conduce, postrada ante su deseo, a su cubículo de arena. Allí, la deposita con gentileza y, tras injertar a través de su oviscapto su único huevo en su interior, la entierra bajo una montaña de piedrecitas y ramas, a la espera de que su cría nazca sana en su seno y se alimente de sus entrañas todo el tiempo posible hasta que renazca de la muerte de su anfitrión despedazando la segunda corteza velluda de la que su madre, ya fallecida, un día se apropió. La divinidad autorreproducida en las nauseabundas cáscaras de lo finito.


Capítulo Dos
(Chordyceps o el travesaño púrpura de la muerte)
La grácil peregrinación de las esporas a un límite cualquiera del flujo de conciencia colectiva de las hormigas selváticas oculta una criatura asombrosa con la capacidad de doblegar su dolorosa picadura y, tras enriquecerse con su pasado, pulverizar a toda una especie en cuestión de días. Cuando la difusa virulencia que constituye a esta incorpórea perturbación alcanza el extrarradio de la comunidad, crucifica a la raza de su hospedador. La elegida se desplaza confusa por las ramas de los árboles, agobiada por un repentino exceso lumínico y una sed acuciante. Solitaria en el desvío de sus feromonas, cae atontada, al sotobosque, momentáneamente aliviada. Después es conducida a un enclave idóneo para el asentamiento de la capital del exterminio. Hunde sus robustas mandíbulas en la madera húmeda y, una vez desprendidos sus músculos y reemplazado su tejido conectivo por el latente germen colonizador, su cerebro, se detiene y muere. Inerme asiste, silenciosa, al espectáculo de la eclosión de su verdugo. Un tentáculo violáceo-blancuzco brota de su cabeza hasta quedar suspendido a varios centímetros de altura del cadáver. En su extremo, un delicioso fruto en el que se agrupan millones de angelicales esporas propicia la diseminación de la vorágine, la plaga del Némesis que aniquila a las demás hormigas. Del vientre del saltamontes surgen unos peúcos sangrantes rematados con sendas esferas rojizas, espectrales esponjas amarillentas nacen de la cigarra y centenares de hongos cloróticos recubren las alas de una polilla detenida junto al nervio de una hoja, coronada con largos y carnosos filamentos, uno para cada muerte incólume en el jardín de las delicias elevada al Dios-estrellado-parasitario.

Capítulo Tres
(Glypanteles o el guardián en la negación)

Las larvas de la avispa viajan en el interior del gusano de seda evitando sus órganos vitales. Tras perforar la piel anquilosada de su anfitrión con su quijada aserrada, se deslizan fuera de su cuerpo contrayéndose torpemente a través de una minúscula obertura. Envueltos en sus capullos de seda junto a su víctima, aturdida por las heridas, la obligan a ceder su seda para protegerse de otros parásitos al tiempo que defiende ferozmente el nido. Fatigado en su impagada labor, muere por inanición. Apenas llega a ver a sus jovencísimos torturadores levantar el vuelo para convencerse de que es otro cosquilleo, anticipo del dolor, el que le regresa a la vida de la muerte.
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