Nací en el Mediterráneo…

Suena de nuevo la canción. Anne está oficialmente obsesionada. Desde que ha descubierto que su abuelo era valenciano, ha emprendido un retorno a los orígenes arrastrando al resto del equipo en el proceso. Por suerte, Calipso, la IA que controla nuestro barco-laboratorio, ha detectado mi subida de tensión cada vez que la pone y limita su número de repeticiones diarias. La misión de nuestra instalación consiste en controlar y liberar bacterias degradadoras de plásticos a las aguas del Mediterráneo. Se teme que su utilización a gran escala pueda dañar el ecosistema marino. Como si este mar muerto pudiera sufrir una catástrofe ecológica peor de la que ya ha sufrido.

Recuerdo cuando desapareció por completo la Gran Barrera de Coral. Los plásticos, el calentamiento y la acidificación de las aguas habían conseguido arrebatarle la vida para siempre. Se sacaron a los balcones crespones de todos los colores, menos el blanco. Estuvieron colgados durante semanas. Después llegó la gran noticia, el primer estudio científico que asociaba los microplásticos con el incremento de ciertos cánceres y enfermedades del aparato digestivo. Se produjo una histeria general. Fueron buenos tiempos para las sectas y los profetas del apocalipsis. Los políticos dirigieron su dedo acusador los unos a los otros sin aportar ninguna solución eficaz al problema. Por aquel entonces, la forma más fácil de conseguir financiación para tu proyecto de investigación era incluir la palabra plástico en la solicitud. Mientras tanto yo estaba terminando el doctorado. Mis compañeros me llamaban doctor Pasteur, por mi empeño en evitar cualquier uso de material plástico. Haces las cosas como en los viejos tiempos, decían. Ahora en nuestra instalación solo utilizamos fungibles de vidrio o plástico metabolizable por nuestras bacterias.

Aborrezco el plástico. Lo odio.

Durante la carrera leía compulsivamente noticias relacionados con el mar y los plásticos. Delfines y ballenas muertos con kilos de plástico en sus estómagos, tortugas atrapadas en redes de pesca, extenuación de los caladeros por la alta mortalidad de los alevines al confundir trocitos de plástico con alimento. Por las noches tenía un sueño donde no veía nada. No podía respirar, me cubrían finas capas de plástico. Piel de plástico. Sangre de plástico. Corazón de plástico. Una tarde yendo a la universidad en autobús sufrí una crisis nerviosa. No me dejaba de preguntar, cuánto tiempo tardaran los plásticos en desaparecer. Cuánto tiempo tardarían sus átomos en incorporarse a un ciclo biológico, volver a vivir. Con ayuda del Sol y de la fuerza motriz del agua se convertirían en microplásticos, invisibles y letales asesinos de la flora y fauna del mar. En el hospital me explicaron que sufría plasticofobia. Era y soy plasticofóbico, raro en esos momentos, hoy es un adjetivo más con el que la gente gusta definirse. A partir de entonces procuro ir andando a todas partes.

No consigo acallar las voces de mi cabeza que calculan una y otra y otra vez el tiempo que tardarían los plásticos de mi entorno en desaparecer. Sonata de plástico la llamo. Fue en los primeros seres vivos de la Tierra y a este ritmo los últimos, los que me permitieron si no silenciar, al menos contestar a esas voces. Mejoré a estos maravillosos seres por medio de la ingeniería genética. Reconozco que durante un tiempo me tentaba el hecho de convertirme en un bioterrorista.

Al poco de nacer mi sobrina me llamó mi hermana llorando. El filtro del agua para plásticos llevaba roto desde su nacimiento. La consolé de la mejor manera que pude hablándole de los cientos de artículos que exponían la dificultad del traspaso de microplásticos a los tejidos. A pesar de ello aproveché una noche que la niña estaba a mi cargo para tomar una muestra de su mucosa bucal. Un amigo me hizo el favor de analizarla. Solo por esta vez, me dijo. Pensaría que era mía. La niña estaba bien, era negativa.

Ahora miro este mar donde solo proliferan las medusas. Lo que fueran costas ricas en turismo se han convertido en pueblos fantasmas. Casas y playas vacías por el temor a los plásticos y residuos de las aguas. A veces surgen iniciativas para promover el ecoturismo, pero mueren rápidamente. No pueden competir con el nuevo turismo en Marte, todavía no está demasiado sucio. Es mi turno de recoger muestras del agua. Mientras estoy trabajando, algo se acerca a mi mano, es una tortuga boba, Caretta caretta. Parece sonreírme agradecida. Me roza la mano y se sumerge en dirección a la zona que acabamos de “desplatificar”. Por primera vez en mucho tiempo deja de sonar la sonata del plástico en mi cabeza y escucho Mediterráneo.
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