Somos sentimientos y tenemos investigadores

Somos sentimientos y tenemos investigadores. Perdón. Somos investigadores y tenemos seres humanos. No, digo, tenemos sentimientos.

Perdonad el despiste. Anoche me acosté tarde después de una bronca con mi metanálisis. Es que, claro, los investigadores humanistas nos agobiamos para demonstrar a todos que sí, que también se puede ser científicos sin ser hombres y mujeres de ciencias puras. Sin embargo, nuestro pequeño secreto es que sí, de vez en cuando andamos a tientas en la obscuridad. Claro está: que no se nos ocurra pedir ayuda con el análisis ése, o con un error de programación. Pues andamos metiendo la pata, pegando cabezazos a las baldas de nuestra jaulita, de vez en cuando estrellándonos magistralmente contra una pared. Pero seguimos siendo sentimientos, teniendo pasiones, teniendo investigadores. No, me he liado otra vez. Da igual, que me entendéis.

Y cuando estoy triste, cuando me parece que el cielo se me está cayendo encima, pues pienso en mi primer experimento. Más precisamente, pienso en mi participante número 10. Ná más meterlo en la cabina de electroencefalografía, que ya me había enamorado. Un Jon Nieve barceloní tan maco, tan guapo. Se dejó tocar y desordenar el pelo, y ni le pareció extraño que le pusiéramos un electrodo en la nariz (decid la verdad: ¿a que nunca un desconocido os ha tocado la nariz en vuestra entera vida?). Le decimos que no parpadease más de lo necesario. Y él no, no parpadeó, nunca, ni un parpadeo tuvimos que corregir. Al acabarse la hora, estaba llorando – pero no parpadeó. En lo grabado, podía ver los latidos de su gran corazón – pu-pum, pu-pum, pu-pum. Tan fuerte, tan grande corazón tenía, a la cabeza le llegaba.

Pero claro. A pesar de tener investigadores, seguimos siendo sentimientos. En mi carpeta tenía sus datos, tenía su contacto, su nombre, su historia lingüística, su historia personal. Muchas veces se me ha ocurrido cotillear, husmear, echar un vistazo y encontrar la manera de volver a verlo. Pero no. Él se fue con unos veinte euros más en el bolsillo, y yo me fui con el corazón a cachos. No podía hacer otra cosa que seguir deseándolo desde lejos. Muchos habrán pensado: ¡Al carajo con la privacidad, la ética científica, el secreto profesional! Pero, señores y señoras, aquí estamos conduciendo un oficio sagrado. Y en lo sagrado, según me dicen, no entran sentimientos. Desde entonces, y hasta ahora, casi siete años después, cuando el ordenador me falla, lo primero que hago es insultarlo, of course. Lo segundo, pensar en mi Joan Neu: y en que la Uni sigue guardando su contacto en alguna base de datos cifrada, supuestamente inaccesible. Los datos se borrarán dentro de otros tres añitos. Esto me sirve algo de consuelo, pensar que tengo tiempo, aún algo de tiempo, para decidir ser una investigadora inescrupulosa, tomar un curso de hackeo for dummies, meterme una careta de ladrón, violar la base de datos de la Uni, y por fin, reunirme con mi primer amor investigativo.

Sí, pues tengo tiempo. Mañana, igual compraré esa careta. De momento, café en la mano, cuchillo entre dientes, y a la pelea cyberestadística – sin duda, una ocupación algo menos peligrosa que dedicarme a perseguir el amor.
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