Vigilando el espacio

El asteroide C 1974 orbita alrededor del Sol, distante unas 3 UA, en un monótono baile apenas modificado durante un par de miles de millones de años. Su sensación temporal es muy distinta a la del ser humano confinado en una vida de tan solo tres cuartos de siglo o menos si el azar ha destinado su existencia a una zona poco desarrollada económicamente o si la enfermedad no ha acortado su singladura en la vida. Año tras año ha completado un giro de tres mil millones de kilómetros con miles de compañeros que abarcan un espacio que precede a la presencia del gigante Júpiter que refleja más de la mitad de la luz que llega del lejano Sol.
De repente, su rutinario camino se ve perturbado por el empujón de un cometa. Esos alocados bloques de hielo y polvo han pasado durante eones hasta casi perderlos de vista y volverlos a ver luciendo una brillante cabellera de vapores relucientes. El empujón ha alterado su órbita y ha tirado de él hacia el pozo donde se halla Marte. Sus compañeros durante milenios cambian de posición vertiginosamente para un objeto que mide el tiempo en millones de años.
En un suspiro asteroidal, nueve meses en la Tierra, algo altera el espíritu diligente de los científicos que trabajan en el observatorio astronómico de La Sagra en la provincia de Granada. Una persona revisaba los datos de observación de ese día. Mucha gente podría pensar que comprobar variaciones en la posición de algún asteroide o descubrir la presencia de un objeto no registrado con anterioridad era una tarea aburrida y sin sentido. Pero la curiosidad y el rigor en la búsqueda de la verdad mueven al científico. La emoción indescriptible por descifrar el mundo y mostrar evidencias irrefutables es parte de la humanidad. Rápidamente, un dato llamó la atención. Un objeto de unos 300 m de diámetro estaba cerca de la órbita de Marte. De hecho, si no hubiese estado monitorizado Marte como parte de un proyecto de colaboración de la ESA con la NASA para preparar una misión tripulada a ese planeta, ese objeto habría pasado inadvertido. Su poco albedo lo hacía casi invisible sobre el enrome y oscuro espacio circundante. Tuvo que ser una imagen de infrarrojos lo que permitió distinguirlo y estimar sus dimensiones. Una semana después no había duda, por su trayectoria se deducía que era el asteroide C1974 y su cambio de órbita, ahora caótica, merecía un control para prevenir cualquier posibilidad de caída fatídica de un meteorito.
Abandonado el cinturón alrededor del Sol que compartía con miles de hermanos rocosos, metálicos o acondritas carbonáceas como él, el asteroide C1974 vagaba en una zona totalmente nueva y se acercaba a aquel planeta que brillaba hipnótico con su colorado tono enmarcado entre dos casquetes blanquecinos. Ahora se podía ver con más nitidez que su superficie no era uniforme y que un llamativo grano rompía la homogeneidad de su cara.
En unas semanas, varios modelos que simulaban su trayectoria indicaron que el asteroide no llegaría a impactar en Marte pero que el planeta le daría el impulso suficiente para definitivamente dirigirse hacia el Sol.
Tras rodear aquel planeta escarlata, notó un impulso hacia el pozo gravitacional del Sol, cada vez más brillante y majestuoso. Ante sí aparecían puntos luminosos cada vez mayores que giraban alrededor de la estrella. Un pequeño punto cercano, Mercurio. Un brillante punto más lejano, Venus. Y un punto mayor, de color azul pálido que giraba en una trayectoria que cruzaba la suya.
Las más altas instancias se reunieron para afrontar aquella emergencia planetaria. No había duda, la probabilidad de un impacto de aquel objeto de gran tamaño era alta y las consecuencias catastróficas, tanto como la desaparición de los seres humanos y la mayor parte de los seres vivos tal y como ocurrió con los dinosaurios a finales del Cretácico. Se expusieron las opciones para evitar el desastre: explosión nuclear, tractor gravitatorio e impacto cinético. Los militares abogaron rápidamente por la primera opción. Los argumentos de los astrónomos para desaconsejar su uso fueron contundentes. No se desintegraría sino que se partiría en trozos con una órbita más errática y de tamaño todavía peligroso. El tractor gravitatorio no estaría operativo a tiempo y su eficacia no estaba asegurada. Se decidió el impactador cinético. Tras años de estudio se había desarrollado una manera de enviar un objeto con la velocidad y masas adecuadas para desviar lo suficiente un meteorito para evitar el impacto. La vigilancia espacial había permitido que esta solución se pudiera intentar a tiempo. Era una situación de emergencia, por fin, se dio la razón al comité científico. Se logró desviar y esa oscura roca cargada de unas complejas moléculas orgánicas continuó su viaje hacia el Sol.
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