Mis recuerdos

Ya nos relamíamos sólo de ver a mamá cuando hablaba con los básicos de cocinar. Mandaba pelar los tomates, poner la leche, el cacao y el azúcar pertinente. Podía haber activado el programa del pensamiento o el de la memoria, pero mi madre era tradicional y le gustaba ordenar a cada aparato lo que debía hacer para cocinar los ricos totolates. No había casa de la nueva era que no desplegara en sus mesas todas las variedades de totolate el día 9 de febrero, día nacional de la transformación.
Casi siempre hacíamos lo mismo antes de irnos a jugar, escuchábamos los mandatos del Gran Jocalías, a mi abuela le encantaba, pero a los más jóvenes ya se nos hacía pesado. Ella lo admiraba porque era un genio y lo recordaba desde el principio, es verdad, pero nosotros no conocimos otra vida. Mi abuelita recordaba todavía cosas del Hieródulo, antes de Jocalías, aunque era bien pequeña. Nos contaba que sus padres se pasaban el día trabajando fuera de sus casas, y lo peor, iban de un sitio a otro con una especie de ojoches que no se podían activar con la mirada, ahora nos parece de risa, pero incluso necesitaban programar las direcciones de forma manual en unos aparatos.
Lo peor de todo, nos explicaba, era la cantidad de normas para convivir y lo diferentes que eran según el sitio donde estuvieran. Además, no tenían una Memnónida como hay ahora para todo el planeta, es como si no todos fuéramos iguales, a cada trozo de tierra le correspondían unas leyes, a veces muy diferentes, y no se actualizaban solas. Ya ves, las situaciones evolucionaban y no tenían ningún mecanismo para adaptar las normas a las personas.
Lo que nos contaba mi abuela, con bastante pena y un poquito de vergüenza, es que, a veces, estaban tan cansados, que ni se alegraban de hacer lo que hacían.
Nos encantaba escuchar sus historias el día de la fiesta.
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