Relámpagos embotellados

RELÁMPAGOS EMBOTELLADOS

Heinrich se resguarda de la lluvia mientras espera junto a la puerta trasera de la mansión del barón von Schalk. Es la una y diez de la madrugada. La esposa del barón se retrasa y ya está comenzando a arrepentirse de haber acudido a aquella cita. El chirrido de la pesada puerta lo saca de sus pensamientos y por ella aparece la baronesa acompañada por dos lacayos que cargan una voluminosa caja de madera.

—Os estoy muy agradecida, profesor Hertz, por prestarme vuestra ayuda para librarme, por fin, de esto. Ya no aguantaba más.
—El agradecimiento es mío, baronesa. Lo que me ofrecéis tiene un enorme valor para mí, pero... ¿no enojaréis a vuestro esposo al desembarazaros de esta posesión?
—Está decidido, profesor. Prefiero enfrentarme a la cólera de mi esposo que tener este engendro un minuto más en mi casa.

Heinrich se despide de la aliviada baronesa y sube al pescante del carruaje mientras los sirvientes depositan en él la pesada caja. Con el pulso aún acelerado, arrea a los caballos para alejarse de allí cuanto antes.

A Heinrich le ha llevado dos días limpiar y acondicionar el artefacto donado por la baronesa von Schalk. El barón lo empleaba para crear “rayos de salón” con los que impresionaba a sus invitados, pero el ruido y los chisporroteos de la máquina ponían muy nerviosa a la baronesa que abandonaba la estancia en cuanto se ponía en marcha. El artilugio, un generador eléctrico llamado bobina de Ruhmkorff, había conocido mejores tiempos pero ya estaba preparado para cumplir su nueva misión.

Con el generador a punto, solo necesita un receptor que ha construido él mismo: un aro de cobre con sus extremos separados unos milímetros. Heinrich conecta la bobina y se inicia el escandaloso chisporroteo, pero lo interesante sucede en la mesa del laboratorio. A metro y medio de la bobina y sin contacto alguno con ella, el rudimentario aro está produciendo chispas por sí solo como si estuviese poseído. Es la prueba de la existencia de las ondas electromagnéticas.

Mientras observa el proceso, unos insistentes golpes en la puerta del laboratorio le sobresaltan. Deseando saber quién es el causante de tan inoportuna interrupción, abre la puerta enérgicamente y su expresión se trastoca en espanto. Desde el umbral, el barón von Schalk le atraviesa con la mirada. El aristócrata entra, casi atropellando al científico, y comienza a pasearse nerviosamente mientras lanza toda clase de maldiciones por el plan urdido con la complicidad de su esposa. Por supuesto, no piensa marcharse de allí sin recuperar su máquina de “tormentas de salón”. El experimento había llegado a su fin.

El barón guardó silencio durante unos segundos y se detuvo entre la bobina y el receptor mientras miraba a lo lejos por la ventana, tratando de serenarse. Heinrich comenzó a acercarse tratando de componer unas disculpas cuando su vista se desvía hacia el receptor. El chisporroteo del aro de cobre se ha debilitado considerablemente. Heinrich se abalanza hacia el aro para verlo mejor y von Schalk, sintiéndose ignorado, se aparta de la ventana y le pide explicaciones. En cuanto el barón se mueve, la chispa vuelve a saltar en el receptor con la intensidad original.

Heinrich gritó de júbilo ante un barón que había pasado de la indignación a la perplejidad. Le dijo que, aunque no lo comprendiera, su visita le había ayudado enormemente y que si le permitía quedarse con la bobina para seguir con sus experimentos, le construiría una máquina de chispas para sus invitados que además no asustaría a la baronesa. Von Schalk, aunque a regañadientes, aceptó el trato y se marchó. Como Heinrich sospechaba, no era la luz que entraba por la ventana sino la luz ultravioleta del chisporroteo de la bobina que, al incidir sobre el aro, arrancaba electrones de sus extremos facilitando el salto de la chispa. Acaba de descubrir el efecto fotoeléctrico.

Tras unos días, Heinrich acudió a la residencia von Schalk con el obsequio prometido. El barón, ansioso, lo invitó a pasar y le sirvió una copa de licor. El aparato, una máquina de Wimshurst, era apenas un disco accionado con una manivela y flanqueado por dos recipientes de cuya tapa asomaba una varilla metálica.

Heinrich accionó el manubrio durante unos segundos sin que aparentemente sucediese nada, extrajo uno de los recipientes y se dirigió hacia la copa de licor. Acercó la varilla del recipiente a la copa y un arco voltaico inflamó los vapores del alcohol. Von Schalk, sorprendido, estalló en una sonora carcajada.

—Estos recipientes —le dijo el científico— se llaman botellas de Leyden. Almacenan la electricidad de modo que, si lo desean, vuestros invitados podrán llevarse a casa un “rayo de salón” embotellado.

El regalo entusiasmó al barón, cuyas veladas se convirtieron desde entonces en las más populares de la región.
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