Hipocampo (Campe)

‒Inicia, Campe.

Las visitas que solía hacer su hija Eleanor eran lo que concedían felicidad a sus días, a su no muy afortunada vida. Los días que sabía que ella se presentaría, Jack se levantaba temprano para hacer una mínima limpieza a la descuidada casa y acondicionar la habitación que había ofrecido a su hija. Luego, desde el sofá del salón, miraba a través de la ventana para ver llegar a Eleanor con su pintoresco maletín. En él guardaba los utensilios y todo lo necesario para producir sus pinturas. Se pasaban horas charlando en el sofá mientras ella tomaba un refrigerio y él sostenía su inseparable cerveza. Pero lo que más le gustaba era contemplar a su hija dando forma a sus trazos sobre el lienzo. La admiraba y siempre la había apoyado en la decisión que había tomado de ser pintora. En los tiempos que corrían era encantador ‒pero no restaba sorpresa‒ que alguien quisiera ejercer esa profesión.
Hay que apostar por el arte y la cultura si queremos que este mundo vaya a mejor, era lo que siempre decía Eleanor. Entretanto, la delincuencia, el trapicheo de drogas y la corrupción asolaban las calles.
Su hija le parecía muy hermosa, sobre todo cuando se dejaba llevar por su pasión. Con aquella cara angelical, sus espirituales ojos color esmeralda y su cuerpo, frágil pero perfectamente formado. De él había heredado sus labios gruesos y sensuales; de su madre, el cabello castaño ondulado y su rostro de aspecto inteligente.
‒Campe, detén la imagen aquí ‒ordenó al reproductor de su hipocampo un Jack que superaba los cincuenta.
Él estaba en medio de aquel escenario. A su diestra, su hija de diecinueve años, con la mirada fija en el lienzo imaginando los siguientes movimientos que haría con el pincel; a su siniestra, él mismo, cinco años más joven. Jack medía un metro ochenta, de aspecto fuerte. Salvo que el Jack contemporáneo vestía con una gastada chupa de cuero y lucía desaliñado. Algo afligido, se acercó a la imagen petrificada de Eleanor. Alzó su mano temblorosa para acariciar su rostro, pero no hubo éxito. Su mano solo se mantenía en el aire desdibujando el semblante de su hija.
La pena y la culpa se habían instalado en él un mes después de aquella visita de Eleanor. Fue en el aniversario de Jack. El 26 de septiembre de 2059. Él estaba puesto de coca y borracho. La coca no le era un problema porque había comprado dos gramos como regalo de cumpleaños. Tenía mucha. Pero se había quedado sin cervezas. En la zona donde vivía, en vez de vender alcohol en supermercados, había tiendas controladas que cerraban a media tarde. Contaba con un cuarto de hora para coger el coche, llegar a la tienda y comprar sus preciadas latas. Iban a cerrar y se cabreó por la situación, por no haber caído antes en la cuenta. Rápido se vistió con lo primero que encontró y se dirigió al coche. Lo que Jack desconocía era que aquel día su hija no había ido a visitarlo por la mañana, no porque se hubiese olvidado, sino porque tenía una reserva en un restaurante para aquella noche. Cuando Jack arrancó a toda pastilla se topó con Eleanor que pasaba justo delante de su garaje.
Jack no había logrado desahuciar aquel suceso de su memoria. Se odiaba. Pero eso no había impedido ponerse y seguir bebiendo, sino que iba a peor. Con los ojos húmedos y un nudo en la garganta, se extrajo el USB de detrás de la oreja y la representación del recuerdo con su hija desapareció. Ahora se encontraba a oscuras, iluminado por una mera bombilla de baja potencia en el techo. Se encendió un cigarro y lo apuró al máximo. Sabía lo que le tocaba hacer a continuación. Había pensado en ello a lo largo de las últimas semanas. Se perdió unos segundos fijando la mirada en los variables hilos de humo que su cigarro desprendía y que desaparecían en la oscuridad. Dio una profunda calada y la degustó como no había hecho con ninguna. Sabía que no habría otra después de esa. Lanzó el cigarro, metió la mano bajo la chupa y desenfundó el revólver que portaba bajo el sobaco. Se desprendería de todo remordimiento que borbotaba en su cabeza con solo pulsar el gatillo. Cerró los ojos. El cañón rebotaba en su dentadura a causa de sus temblorosas manos. Apretó el gatillo. Sin embargo, sus dedos no tenían fuerza suficiente. No podía, algo se lo impedía. Sus piernas flaquearon y se echó a llorar desconsoladamente. Cualquiera de sus colegas se habría mofado de él al verle así.
‒La vida me ha maldecido. Estoy condenado a vivir eternamente en este miserable mundo...
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