La Cronista de las Estrellas

Generaciones. Durante décadas el árbol genealógico de Sylvia había estado formado por generaciones de personas dedicadas a la ciencia, a la astrofísica. Y ahora le tocaba a ella. Desentrañar el enigma que había dejado su predecesora, como durante tantos años venía haciendo su familia.

Sin embargo, se veía incapaz. Sylvia no se sentía nada atraída por la investigación, incluso llegaba a despreciarla. No comprendía cómo podían dedicar horas y horas a imaginar meras suposiciones que, seguramente, nunca verían la luz o jamás serían demostradas. “Seré diferente al resto”, se decía a menudo con una cierta tristeza que no se atrevía a mencionar, ya que había sido su tía, a la que apreciaba muchísimo, la última que había cerrado la espiral de la astronomía. Era evidente que sus padres no veían aquello como una obligación, sino como un juego que quizás interesase a su hija algún día o, al menos, que sirviese como recuerdo de un gran esfuerzo. “Si pudiese entenderlo...”, se repetía continuamente. Lo que había dejado aquella familiar era un libro, relativamente extenso y con páginas cada cual de un color diferente, cerrado con un pequeño candado en bronce. Se suponía que dentro del mismo estaba escrito su trabajo, relacionado quizás con la materia oscura o los agujeros negros, entre otros ingentes temas que rehuía.

Había dos situaciones que la llenaban de impotencia cada vez que observaba aquella obra: no saber el porqué de su desprecio por la Física y, sobre todo, ser consciente de que el legado de sus antepasados, cercanos y lejanos, nunca había visto la luz, nunca había sido reconocido por nadie, ni publicado aunque fuese con breves artículos. Las estanterías de la familia Ley estaban repletas de palabras desconocidas... Y olvidadas.

Una tarde, sentada en el jardín, después de años con aquel gran manuscrito cerrado, se decidió, al fin, a abrirlo. Creyó, de una primera hojeada, que todo aquello era un cúmulo de papeles sin sentido, descubriendo a los pocos minutos una especie de archivador clasificado por años y por apellidos, siempre el mismo, Ley. Miró al cielo y volvió a fijarse en lo que tenía sobre sus manos, confirmando lo que realmente era. Su tía no había avanzado en nada, lo único que había hecho durante años era recabar lo más importante de las observaciones de cada antepasado para quizás, algún día, publicarlo como una obra única. Fue entonces cuando Sylvia empezó a leer, a releer cada vez más entusiasmada, percatándose de que, al contrario de lo que había creído, cada historia inspirada en el universo hacía aflorar su imaginación, el querer descubrir por qué estaba compuesto aquello que había dado vida a todo lo que se conocía. Es por aquella tarde por lo que empezaría en años posteriores a ordenar cada uno de los informes, consciente de que, aunque fallecidas las personas autoras de aquellos trabajos, parecía que cada vez que miraba hacia las estrellas sus almas renacían.

Acabó apreciando tanto lo que hacía que dedicó su carrera profesional a ello, a la ciencia que años antes le había parecido tan inefable. De hecho, ahora trabaja en importantes proyectos sobre materia oscura y agujeros negros, habiendo podido publicar un libro que conmemora el esfuerzo y la dedicación de su admirable árbol genealógico.

“¿Cómo debería titularlo?”, le preguntó un día a su familia. “Como tú misma, pequeña Cronista de las Estrellas”.
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