Una misión suicida

A esas alturas ya pensaba que no lo iba a conseguir. Mi compañía había sido diezmada y muchos se habían quedado en el camino. Un pequeño grupo de soldados aún permanecía a mi lado, nada en comparación con los que salimos esa misma mañana del anterior contagiado. Pero si por algo era conocido el Ejército de La Influenza, el más temido en aquellos momentos, era por su gran capacidad para adaptarse a situaciones adversas y seguir adelante.
Habíamos ido a parar a las manos de un posible hospedador. Allí podía acabar nuestro cometido si se lavaba antes de que pudiéramos entrar. Sin embargo, el azar se puso de nuestra parte. Ajeno a lo que le esperaba, acercó su mano hasta la boca, nuestra puerta de entrada.
Por suerte, aquel espécimen era descuidado y no había tomado precauciones. Su sistema inmunitario no había producido todavía anticuerpos específicos contra los antígenos de mis proteínas superficiales. Esto me permitió pasar desapercibido y llegar sin más contratiempos hasta el epitelio de las vías respiratorias. Allí, recorrí la membrana de la célula huésped en busca de un receptor glucoproteico. Una vez fijado a través de las glucoproteínas de mi envoltura comenzó la endocitosis mediada por receptor. Deje atrás la cápside que me había acompañado en mi viaje y penetré en el citoplasma. Lo más complicado ya estaba hecho.
Sin que los operarios de la célula se percataran de mi presencia, me trasladé hasta el núcleo para hacerme con el control de la maquinaria celular. Tras asegurarme de que el ARN vírico diera lugar a una copia de ADN, comencé a gestionar la síntesis de proteínas virales. En estos casos, lo primero es realizar la transcripción de este ADN en nuevos ARN víricos y después su traducción en proteínas víricas, transcriptasa inversa y glucoproteínas de la envoltura. Me reservé algunas proteínas y las mandé a degradar el ARN celular para poder emplear los nucleótidos resultantes en la síntesis que tenía lugar en el núcleo.
La multiplicación se realizaba con gran eficacia. Las alteraciones ocasionadas eran numerosas y la célula ya había inhibido la producción de ARN celular. Era el momento de liberar a mi pequeña progenie de virus para que comenzaran su propia infección. Los componentes víricos se ensamblaron mientras se desplazaban hacia la periferia celular, donde ya tenían preparada la membrana con las glucoproteínas víricas. Les di unos pequeños consejos y les exigí que se dieran prisa. A partir de entonces tendríamos que movernos rápido porque una vez liberados las represalias no tardarían en llegar.
Las alarmas saltaron enseguida. Citocinas y quimiocinas avisaron a las células inmunes, que se presentaron rápidamente para controlar la replicación viral. Recogieron varios pedazos de nuestras proteínas y empezaron a producir anticuerpos a gran velocidad. Algunos virus consiguieron entrar en las células adyacentes y refugiarse allí. Lo más importante en aquellos momentos era multiplicarse. Los anticuerpos atacaban en masa, esquivarlos resultaba complicado. Desde mi posición veía como se pegaban a mis compañeros y los neutralizaban. Los macrófagos llegaban poco después y los engullían sin piedad.
La lucha estaba muy igualada. Pero de repente tomó un giro inesperado. Supe que no había nada que hacer cuando divisé a la primera patrulla NK. Si estaban dispuestos a sacrificar a sus propias células era que iban a por todas. Las NK comenzaron a matar a las células que teníamos secuestradas. No dejaban pasar ni una. El gran ejército que había creado disminuía a pasos agigantados.
Tuve que tomar una decisión desesperada, a veces, una retirada a tiempo es una victoria. Mientras unos entreteníamos a las células más poderosas del sistema inmune, unos cuantos consiguieron escapar. Con un estornudo del huésped salieron de allí y se lanzaron a la búsqueda de un nuevo individuo al que contagiar. Lo más probable es que aquel humano que iba a ganar la batalla hoy recordara como detectarnos la próxima vez. Pero eso no nos preocupaba porque nuestros descendientes sabrían cómo alterar sus proteínas para evadir la respuesta inmune y el año que viene volverían a intentarlo. La guerra aún no había acabado.
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