Una visita inesperada (que cambiaría la vida de T)

Lo que menos quería T aquella gélida mañana de invierno era que algo volviera a salir mal. El último informe que había tenido que redactar lo había dejado en muy mal lugar. T, que formaba parte del bando más avanzado de defensa, pensaba que cuando se encontrara con la madre de todas las invasiones, las rebeldes, iba a estar preparado para hacerles frente. Pero se equivocaba. ¡Cuánto se equivocaba! Otrora aliada suya, B había decidido que seguir órdenes no entraba dentro de sus planes. En cuanto tuvo ocasión, comenzó a formar una conspiración y a ganar miles de adeptas a su causa. Cuando menos se lo esperaba nadie, B había formado un ejército rebelde que campaba libremente sin control. Si no hubiera sido por el chivatazo de un colega espía, a T se le hubiera pasado completamente. «Centros de inteligencia masificados por compañeros B, no hay alarma», había tenido que redactar. ¿Dónde estaba el problema? T no lo sabía, y tampoco estaba de humor para buscar una solución. No quería más sobresaltos hoy. Hasta que lo sintió.
Una sacudida hizo temblar el núcleo de T. Lo primero que pudo sentir fue un leve gruñido, que parecía provenir de su colega humano, en el exterior. Pero acto seguido, hizo aparición. Allí estaba. Un gigante de hierro, de color gris pálido, hueco en su interior, avanzaba lentamente hacia su sagrada sangre. Cuando pareció alcanzar la posición que estaba buscando, comenzó a aspirar de forma frenética. El caos que siguió a continuación superó a T. Colegas rojos, en un intento de evitar ser absorbidos por aquel monstruo, agitaban violentamente sus membranas vacías e intentaban ir a contracorriente. Otros miembros de defensa, muchos conocidos por T, vivían una situación similar. Aunque trató por todos los medios de desviar su recorrido, cuando quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde. T se dirigía inexorablemente hacía la oscuridad de aquel ser gris.
̶ El proceso llevará un rato, Javier, y no te dolerá nada -le dijo la doctora María ̶ . Lo que vamos a hacer es coger a unos soldados de tu sangre, llamados T, y convertirlos en una especie de superguerreros, capaces de luchar contra esas rebeldes B, que ya sabes que se están dividiendo más rápido de lo que deberían. Para darles estos superpoderes, tenemos que mandarles unas nuevas instrucciones de acción, algo así como una actualización, por medio de unos seres muy pequeños llamados virus. Solo así serán capaces de reconocer a las rebeldes, y destruirlas.
T despertó repentinamente y sintió un calor agradable. El sol brillaba. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Habían sido reales esas imágenes que se agolpaban en su cabeza? ¿Virus llegando hasta él y mandándole instrucciones de ataque nuevas? T no estaba seguro, pero cuando echó un vistazo a su alrededor, observó que no estaba solo, si no que se encontraba rodeado de miles y miles de otros soldados T. Tenía que haber sido real. ¡Y todos parecían tan fieros! Cuando reaccionó, se encontraba viajando de nuevo hacia la sangre. Sus receptores se lo decían. ¡Volvía a casa! Y tenía una sensación extraña. Era como si a medida que se acercaba, supiese que algo no había ido bien. Pero que ahora, lo sabía.
No tardó mucho tiempo en sentir el hierro sanguíneo en su citoplasma y en su núcleo. Y enseguida se acordó de aquel informe que había redactado hacía unos días. ¿Cómo no había podido darse cuenta antes? «…masificados…», recordó. Eso no era normal en aquel lugar, y menos durante tanto tiempo. Estaba claro, él y sus nuevos compañeros tenían que dirigirse cuanto antes a los centros de inteligencia.
Durante su recorrido, T observó que algunos compañeros suyos destruían también a lo que parecían eran soldados B. ¿O acaso era una estratagema de rebelión más? «Vuestra misión ahora es destruir a todo B que veáis. Que no os duden vuestros receptores. Pueden ser rebeldes disfrazadas de guerreras. No penséis. Actuad», le habían instruido aquellos virus. Él siguió su camino. No tardó mucho tiempo en llegar al centro de inteligencia más próximo, y lo que vio, le horrorizó. Un fortín de rebeldes. Con miles de ellas. Millones. Agolpadas entre sí y sembrando el miedo por todo su alrededor. ¡Las había encontrado! Tras unas respiraciones mitocondriales profundas, T apretó su nuevo receptor, miró a ambos lados, y con la valentía que había adquirido durante su entrenamiento, se lanzó a la batalla.
̶ Tenemos buenas noticias ̶ comunicó María a los padres de Javier, que tensaron todos y cada uno de sus músculos mientras oían esas palabras. ̶ Parece que la inmunoterapia CAR-T ha dado resultados. No hay ninguna señal de actividad tumoral.
T también lo escuchó. Y no pudo evitar emocionarse mientras patrullaba otros centros de inteligencia en búsqueda de rebeldes duras de roer. «Escondeos», pensó, «si podéis».
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