La familia Cañaveral

¡Aaahhhhhggg aaahhhhhggg! Como cada mañana, despierto y bostezo a la vez que siento las cosquillas de la brisa mañanera. Sacudo un poco mis hojas y siento el agua del río refrescando mis rizomas.

Mi nombre científico es Arundo donax, pero mis amigos me llaman Caña. Vivo cerca del agua junto con todas mis hermanas, en la familia Cañaveral ¡somos muchas! Nos gusta crecer bien apretadas, sin dejar mucho espacio entre nosotras.

Mi abuela, una caña muy alta que crece a dos metros y medio de mí, me contó que a sus antepasados los trajeron de alguna parte de Asia, aunque no recordaba exactamente de dónde. También me contó que cuando las de nuestra especie llegamos aquí teníamos mucho trabajo: éramos constructoras, ayudábamos a sujetar terrenos inestables y las más artistas de la familia se dedicaban a instrumentos musicales y a fabricar muebles para el interior de las casas. La verdad es que me hubiera gustado haber vivido allí, o al menos, ser capaz de seguir alguno de esos usos tradicionales, no como ahora que andamos un poco desubicadas y sin saber muy bien qué hacer. Y es que, según me contó, al cabo del tiempo los humanos dejaron de necesitarnos y nos quedamos sin trabajo. Con tanto tiempo libre, decidimos entonces viajar para conocer los alrededores. Y lo cierto es que fue muy fácil gracias a nuestra gran capacidad para expandirnos y diferentes tipos de reproducción.

Hoy en día crecemos a nuestras anchas en los ríos mediterráneos. Tenemos primas en el río Ebro, en el río Segura… ¡y en muchos más! Las más aventureras de la familia se han ido incluso a explorar otras áreas más alejadas como los terrenos sin cultivar y los acantilados.

Pensaba que esa mañana sería como otra cualquiera, pero a las pocas horas empecé a sentirme un poco inquieta, como si algo inesperado fuera a pasar. Mi temor se vio confirmado cuando el martín pescador que cada mañana pasaba por allí nos avisó: “¡Se acercan!”, dijo, y mis hermanas y yo nos empezamos a poner muy nerviosas mientras él se zambullía. Efectivamente, a los pocos minutos un grupo de humanos llegó y comenzaron a pasear entre nosotras. Nos observaban, hacían fotografías y hablaban entre ellos. Por algún motivo, parecía que no les hacía demasiada gracia que estuviéramos allí y mucho menos que fuésemos tantas. Intenté concentrarme para captar algunas de sus palabras.

“Esto lo solucionamos rápido con una buena quema”, dijo un señor trajeado que parecía querer irse lo antes posible.

¡Qué barbaridad! ¿Quemarnos? Mi hermana pequeña Cañiza se puso a temblar. “No te preocupes”, le susurró mi prima Cañera muy indignada. “Si nos queman, creceremos aún con más fuerza. ¡Las cañas unidas jamás serán vencidas!”. Hice otro esfuerzo por concentrarme, no podían estar hablando en serio.

“No va a funcionar”, se opusieron las otras personas que lo acompañaban. Suspiré aliviada.

“En mi opinión, deberíamos revalorizar su uso”, dijo el que debía ser un técnico ambiental. “Pueden ser útiles para la producción de energía, y recordemos todas las utilidades que tenían antiguamente”.

“Es muy interesante”, comentó la que parecía la científica del grupo. “Pero eso aún llevará tiempo y tenemos que considerar también los problemas que existen ahora. Los efectos de las riadas en esta zona han empeorado mucho en los últimos años y cada vez hay menos biodiversidad. Las especies invasoras están causando muchos problemas que no deben ser tomados uno a uno, tenemos que pensar en conjunto”.

¿Invasoras nosotras? Sus palabras me hicieron pensar. Es cierto que últimamente cuando llovía el caudal de río subía muy rápido, porque nuestros tallos eran tan rígidos que no se tumbaban con el paso de la corriente. Recuerdo también que cuando nací teníamos como vecinos a varios chopos, sauces y álamos, pero al poco tiempo dejé de verlos. No parecíamos ya un bosque de ribera sino más bien una gran muralla flanqueando el río. Hasta ahora no me había dado cuenta, pero esa palabra, invasoras, sonaba muy seria. Esta parte de la historia no me la había contado mi abuela. Igual tampoco la sabía. Me giré hacia ella buscando respuestas.

“Invasoras o no, no es asunto nuestro”, dijo con severidad. “No llegamos aquí solas. Ellos nos plantaron, nos dieron usos y después se despreocuparon de nosotras. Si ellos ocasionaron el problema, serán ellos quienes los tengan que resolver”.

El grupo de humanos ya se alejaba y la brisa del viento nos trajo aún algunas palabras de la científica. “Revalorización, uso controlado de herbicidas, reintroducción de especies autóctonas, implicación de los propietarios de esta zona…”, parecía llena de ideas. El entusiasmo y la seguridad de su voz me calmaron un poco. Era consciente de que muy pronto empezarían a cambiar las cosas en lo que hasta ahora había sido nuestro río.
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