Esperanza

Hacía tiempo que no recordaba cuando ocurrió, la única idea que había resistido el paso del tiempo era aquella que había propiciado su viaje, debía curarse. En algún momento del pasado le descubrieron una enfermedad. Una enfermedad de la cual, la única certeza que tenía era que la acabaría matando. Nadie supo decirle cómo surgió, en qué consistía, ni mucho menos cómo curarse, todo eran incógnitas, y ella necesitaba respuestas. Distintas voces a lo largo del camino le habían instado a que buscara a “la portadora del conocimiento”, “la sabia” y otras numerosas variaciones del mismo concepto. Esa persona tendría la respuesta a su enfermedad.
Estas voces eran ya susurros lejanos en su cabeza cuando avistó una pequeña cabaña en la ladera de una montaña. El camino hasta la cabaña fue una mezcla inmiscible y alternante de alegría y miedo. Alegría porque pronto obtendría las respuestas que tanto ansiaba. Miedo porque estas respuestas podían no ser de su agrado. No obstante, al llegar a la puerta, golpeó ésta con decisión. Si tenían que darle malas noticias, cuanto antes mejor.
Pasó un tiempo que a ella le pareció interminable antes de que se abriera la puerta.
Usted debe ser la sabia, tiene que curarme, dijo ella rápidamente. ¿Qué es lo que tienes? No lo sé, nadie lo sabe, Las enfermedades desconocidas son las más complicadas de curar. La invitó entrar, pero no esperó formalidades, ¿Cuándo va a empezar a tratarme? La mujer le hizo un gesto para que guardara silencio, Querida, no tengo ninguna varita mágica con la que resolver los problemas, estas cosas requieren tiempo y estudio, tendrás que tener paciencia. Tuvo que tragarse su inquietud y resignarse a esperar que aquella mujer consiguiera curarla, de todos modos, no tenía ninguna otra alternativa.
Los días se consumían lentamente sin que pasara nada relevante. Aquella mujer le exasperaba con su inalterable tranquilidad. Lo único que hacía era observarla, hacerle pruebas y anotar cosas en su libreta, una y otra vez. Hacerle pruebas y anotar cosas en su libreta, una y otra vez.
Esta rutina se rompió cuando una mañana la mujer le dijo que se tomara una cucharada de un brebaje que había preparado, ¿Esto me curará? Preguntó ella. Iremos viendo, le contestó, tómatelo todos los días a esta hora.
Después de esto, lo mismo de siempre, pruebas y libreta, pruebas y libreta, y ningún avance. Cada día se levantaba más débil, aquella mujer había cambiado varias veces de brebaje, pero ninguno resultó funcionar. Estaba harta de esperar una curación de la que no tenía ninguna certeza, o salía a buscar otra solución o dentro de poco no le quedarían fuerzas suficientes para intentarlo. Dejó una nota de agradecimiento y se fue con la discreción y el silencio que solo la noche permite.
Viajó de pueblo en pueblo buscando alguien que pudiese tener la cura, alguien debía tenerla. Y le encontró, o más bien él la encontró a ella. Había estado ensimismada en sus pensamientos, cruzando un mercado de un pueblo del cual no había leído el nombre cuando una voz le sorprendió desde uno de los puestos, Hola, llevas cara de tener problemas, y resulta que yo vendo soluciones. Ella le contestó con un acentuado escepticismo, ¿También para enfermedades desconocidas? Por supuesto, de todo existe un opuesto, explícame que te pasa y lo buscaré, llevo años curando los males de la gente, no he fallado nunca y contigo no será diferente.
Tenía una voz cálida y segura, aquel hombre sabía de lo que hablaba, tenía que arriesgarse, al fin y al cabo, no le quedaban más opciones. ¡Has tenido suerte! Tengo justo lo que necesitas, ¿tú tienes lo que vale? La parte buena era que sí, la mala que era lo único que le quedaba.
Se marchó de aquel pueblo con una gran sensación de optimismo que añoraba desde hace mucho. A los pocos días ya notaba una gran mejora, se curaría, estaba segura de ello.
Sin embargo, aquella ilusión fue agriándose poco a poco, y la enfermedad se hizo presente. La realidad que había querido tapar con falsas esperanzas era ahora tan obvia que casi no podía creer lo estúpida que había sido. Lo vio claro, volvería con la señora de la cabaña, si ella ya no tenía solución, ayudaría a que otra tuviera pudiese tenerla.

Llamaron a la puerta, tardó un rato en abrir, le gustaba tomarse las cosas con calma, un chico con preocupación en la cara y esperanza en los ojos esperaba fuera. Aquello ya lo había visto, tiempo atrás, una chica había llegado a su puerta con la misma mirada. Ahora estaba más preparada, había aprendido de los errores. No había conseguido salvar a aquella muchacha, pero gracias a ella, este chico podría tener más suerte.
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