La catástrofe ultravioleta

James Jeans observaba a través de la ventana la lluvia caer sobre el césped del patio. Sentía el ambiente estaba más que cargado y no deseaba otra cosa que liberar las hojas y que ese torrente lavara su atribulada cabeza. Pero no quería tener que explicar ese gesto de atormentado ante Lord Rayleigh allí presente. Así, tras ladear ligeramente la cabeza en su dirección, volvió a su lluvia de otoño y su deseo de dejarse limpiar por ella.

Al otro lado del despacho, John Strutt, tercer barón de Rayleigh, ojeaba los borradores saltando de uno a otro sin hilo conductor aparente. Con movimientos pausados, iba organizándolos sobre su escritorio como si no lo hubiera hecho ya mil veces, con la calma que daba la certeza saber que no iba a cambiar nada.

Ambos esperaban allí a la edición de su publicación que enviarían a la Royal Society. Los avances últimos en el campo de la radiación electromagnética habían sido descomunales. Una ola de entendimiento que se había propagado por todas las facultades de física de Europa y que lo haría a través de la historia. Esta publicación podría adscribirse a este paradigma. Salvo por una inconveniencia que no abandonaba la cabeza de Jeans.

La catástrofe ultravioleta; el fallo colosal que el Universo esgrimía en contra del trabajo conjunto de aquellos dos hombres en los últimos tres años. Toda la teoría respondía adecuadamente hasta cierta longitud de onda; la del ultravioleta. A partir de ahí, comenzaba a arrojar unos resultados de una potencia desmesurada para radiación de ese tipo, que las observaciones rechazaban indudablemente.

Para Jeans este error, reconocido activamente en el artículo, daba crédito de los límites de su investigación. Todo era correcto, sí, pero no universal La reacción de la comunidad científica inquietaba al profesor. Rayleigh se percató de aquello desde su asiento y dijo sin levantar la vista:

- Despeje sus dudas, Jeans. Es demasiado correcto para no publicarlo.

Quizá el reciente premio Nobel quedara tranquilo con aquello. Pero James Jeans tenía la sensación de arriesgarlo todo. Habían abierto una brecha en la física clásica y sin intención de repararla. Quién sabe que causaría aquello.

El asistente de Rayleigh llamó a la puerta y tras ser invitado por él, le entregó la copia. Rayleigh le despidió con gesto de satisfacción y la abrió sobre su mesa para darle un último repaso. Jeans se acercó al mar de papel y tinta que era el escritorio y revisaba atento el artículo. La cercanía debió estimular aún más la sensibilidad de su colega, quién, entre harto y comprensivo, suspiró y le mantuvo la mirada a Jeans desde la silla.

- Mire, sé lo que piensa. Cree que esto es un foso cuando lo que queremos es llegar más alto. Pero la naturaleza no se equivoca. Y si lo hicimos nosotros en un pasado, es mejor rectificar cuanto antes. Estas páginas no sientan las bases de la verdad. Pero si pueden acabar con una falsa creencia, vale la pena que vean la luz.

Aquellas palabras cambiaron el ánimo de Jeans, pero no su parecer. Descubrir una mentira de forma irrefutable no era tan agradable como descubrir la verdad. Pero tenía razón. No era momento de pensar en el prestigio.

Años más tarde, en 1911 en Bruselas, Jeans se encontraba en el Congreso Solvay sobre Radiación y El Cuanto. Tras las conferencias de aquel día, logró encontrar un hueco para charlar con Max Planck, de quién consideró que tuvo una de las intervenciones más curiosas y odiosas del día. Su concepto de la energía cuantizada confrontaba directamente con el trabajo de aquellos últimos años.

- Un placer oirle hablar, profesor Planck.
- Gracias - contestó con fuerte acento germano - Me sorprende usted ¿no creía usted que la constante que calculé en Berlín no era más que cero, para alinearla con la física clásica?
- Y así lo creo. Es un agujero demasiado grande para que lo llene su teoría cuántica.

Jeans pensó al momento que había sido un error empezar aquella conversación. Pues preveía el tan temido comentario de “pero da solución a la incertidumbre en el ultravioleta que planteó hace unos años ¿no?”. En cambio, el alemán soltó una pequeña risa y bajó la mirada.

Con deseo de abandonar su compañía, Jeans le tendió la mano diciendo:

- En fin. Aún con todo, muchas gracias por tratar de hacernos ver su solución.
- ¡Oh, no! - se exculpó Planck - Gracias a usted, por hacerme ver el problema.

Abandonó su compañía y marchó a través de los pasillos. Mientras se alejaba, Jeans tuvo la sensación de darle la espalda a un auténtico indagador del universo.
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