El algoritmo

Carlos se levanta del sofá. ¿Cuarto pitido del lavavajillas?
Enciende la radio. Otra vez el intenso pitido. «Para ya, joder», abre de un golpe la puerta y pulsa el botón. El calor del vaho empaña sus gafas y por un instante pierde la noción del tiempo.
Comienza a ordenar los vasos, las tazas y los platos en un armario. «Donald Trump es captado por una de las cámaras de la CNN. Está llorando…». El presentador está exaltado.
Carlos oye la puerta de entrada. Mariana arrastra los pies. Deja caer su bolso y un murmullo. ¿Un saludo? Podría ser cualquier cosa. «Momentos después del inicio simultáneo de las obras del muro con México en cuatro estados diferentes, el presidente de ha sido sorprendido llorando…»
Carlos termina de quitar los cubiertos del cesto. Está atento a las noticias y al salón. ¿Estará bien? Lleva días sin hablar, comiendo poco. «Por su lado, Theresa May afirma que el gobierno del Reino Unido ha decidido volver a formar parte de la Unión Europea…». Asoma la cabeza: Mariana está recostada con una mano sobre la frente. Un móvil vibra dentro de su bolso. Cuando está por decirle hola, ella desaparece. Un segundo, una milésima de segundo. Mariana desaparece por completo dejando el sofá vacío. Desaparece y vuelve a aparecer un microsegundo después. Carlos respira hondo. Mariana está allí. El parpadeo, el parpadeo, se repite a sí mismo y vuelve a la cocina. Pasa el estropajo por la mesada. «Ahora que Europa ha decidido dar marcha atrás, cada país ira por su cuenta y la unión sólo tendrá carácter comercial…»
Está allí, es ella. Parpadea y está y hay algo extraño: tiene un pequeño gato chino en la mano. Un gato de los que mueven el brazo. Carlos vuelve a la cocina, guarda las bandejas dentro del horno y pasa la bayeta por la encimera. «¡La bolsa sufre un colapso! Una caída del 10% en la última hora. El banco central cierra todas las operaciones… ».
—Mariana, ¿estás bien?—.
Se oye un balbuceo metálico. Carlos corre al salón. Está profundamente dormida.
Carlos lleva días durmiendo mal por culpa del programa informático, del jefe, de los fallos del firmware de realidad virtual.
Cae una fuente que estaba en la mesada. El estruendo hace que gire la cabeza hacia la cocina.
Al volver la vista, ve a Mariana con los ojos abiertos de par en par. Carlos se frota los párpados con ambas manos. Cuando los vuelve a abrir ella duerme con el gato chino en una mano.
Es la hora de cenar. Carlos abre a alacena para sacar macarrones y ve el contenido: medicinas, cremas, peines, bastoncillos de algodón y cepillos de dientes.
«El valor del Euro en picado. También la Libra, el Yuan…»
Carlos se desploma. En el salón los ronquidos metálicos retumban una y otra vez haciendo ceder los músculos de su cuerpo.

Se abre la puerta del apartamento.
Abre los ojos. Huele a tomate frito con albahaca, adora ese aroma. Oye murmullos. ¿Es Mariana? No está seguro de estar viendo lo que ve. Recibe una imagen, podría ser el techo de una cocina. Percibe el brillo de un colador. El aroma a tomate frito y albahaca se confunden con recuerdos o imágenes borrosas de hombres de rojo, ¿o es el vestido granate de Mariana? De pronto algo o alguien —no lo tiene claro— le cambia la perspectiva: el colador no brilla, el tomate frito tiene orégano y Mariana le da un beso. Mariana le da un beso y no tiene un gato chino, ¿en la radio suena Bob Dylan? Carlos gira la cabeza buscando la radio. Está detrás de la encimera de la cocina: el euro cotiza 1,15 con la libra y 1,06 con el dólar. Trump es recibido por Theresa May en Londres. La economía mundial crece al 6% anual…

Mariana pregunta por la cena. Carlos no sabe qué decir. Huele a orégano.
—¿Tenías un gato chino hace un rato?.
—¿Qué has fumado hoy? Deja la hierba de una vez… —Carlos se queda mirando el vestido rosa de su novia y piensa en el trabajo. Hay varias líneas de programa que debe corregir, incongruencias en el algoritmo de realidad virtual.
En la radio suena Bob Dylan. A Mariana le encanta, le parece genial que le dieran un premio nobel. «Huele a orégano y sabe a albahaca», piensa Carlos.
Cierra los ojos y trata de no pensar en nada, hasta que oye un suspiro metálico.
Con los ojos cerrados, repasa mentalmente las líneas de programación, «desde la 702 a la 713. Dos sub-rutunas, algoritmo sensorial… Depurar o morir, morir o depurar», dice en voz baja mientras Mariana enciende la televisión y mueve el brazo izquierdo como si no tuviera codo, para arriba y para abajo, como un gato chino.
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