EPITAFIO DE UNA CASPASA

Desde pequeña había notado que era diferente del resto de proteínas. La mayoría la tenían miedo. Algunas, de hecho, habían llegado a odiarla, a culparla. ¡A ella! Que no había hecho más que mirar por el bien de todos. ¿Por qué a ella? Pensó. Estaba en su naturaleza: era algo que no había elegido, pero que tampoco podía cambiar.
Sus hermanas siempre la decían que no se preocupase por las demás proteínas, que ellas no lo entendían. Había tenido la suerte de crecer en una familia numerosa, pues tenía nada más y nada menos que siete hermanas. Algunas las diferenciaban en dos grupos, dado que unas eran las encargadas de captar el mensaje, y otras tan solo de ejecutarlo. Ella era de las segundas.
Se sentía arropada y querida por todas sus hermanas, pero eso no ayudaba a hacer desaparecer el sentimiento de desprecio que recibía del resto. No las podía culpar, tampoco, pues ellas nunca sabrían lo que es estar en su piel: nacer con una misión, una misión terrible pero imprescindible, sabiendo que de ellas dependía todo.
Cuando se enteraron, ella y sus hermanas no eran más que meros zimógenos, aun inactivos e inocentes. Y desde ese momento las miraron como si de bombas andantes se tratasen. En cualquier momento, en cualquier lugar, la señal indicada llegaría. Y ese día había llegado.
Lo supo nada más ver a su hermana mayor, la número ocho, transformada. El cambio era increíble. Observándola más de cerca, pudo ver la diferencia: se había desprendido de parte de su cuerpo. Estaba incompleta, y a la vez más completa que nunca. Y ahora era su momento, su hora.
Pensó en su destino, cruel destino… muchos la culparían cuando todo hubiera terminado. Pero ellos no lo entendían, no entendían la responsabilidad que conllevaba formar parte de su familia. ¡Ellas no eran más que meros verdugos! No tenían el poder de decidir. Llegado el momento, debían actuar por el bien de todos. Nada de estallidos, nada de rupturas a lo loco. Eso era lo que ellas debían evitar: la necrosis. Ese era y había sido siempre su rival.
La necrosis era rápida, efectiva. Como un asesino a sueldo, la necrosis era astuta e infalible. Sin embargo, las consecuencias de su trabajo eran otra historia. Allí donde actuaba, dejaba todo desolado. Era muy difícil que nuevas células crecieran sobre tejido necrótico. Por el contrario, su trabajo era mucho más delicado, fino, hilado. Apoptosis, lo llamaban. Durante este proceso, ella y sus hermanas eran las encargadas de tenerlo todo bajo control. Debían romper cada molécula de ADN, cada filamento, cada ensamblaje sobre el que su hábitat estaba construido. A comparación con el desastre que la necrosis dejaba, la apoptosis debía dejarlo todo impoluto. La propia membrana debía romperse por las zonas adecuadas y formar los denominados cuerpos apoptóticos, pequeños fragmentos del citoplasma de la célula y todo su contenido.
Así fue como ejecutó la orden, tal cual y como la habían enseñado desde pequeña. Y aunque
algunos la tacharían de ingrata para con aquellos que había compartido célula, este no era sino un acto de necesidad, dado que había un enemigo mayor que la necrosis. Este, aunque desconocido para muchas de las otras proteínas, era silencioso y muy peligroso. Tenía muchos nombres, pero para su familia siempre había sido el Crecimiento Descontrolado. El inicio de este en ocasiones provenía de esas pequeñas proteínas, las Ras; otras veces provenía de agente extraños… Era tan escurridizo, que solo en contadas ocasiones se podía conocer el inicio de este mal. El destino de aquellas pobres células a las que el Crecimiento Descontrolado atacaba era el de convertirse en células tumorales, y entonces ni ella ni su familia podían intervenir para salvar a la célula. No era más que durante los primeros atisbos del Crecimiento Descontrolado cuando ellas podían actuar.
De esta forma, ella y sus hermanas desempeñaron la misión para la cual estaban destinadas. De esta forma, aún acusadas de injuria y culpadas por el resto de proteínas, se convirtieron en pequeñas salvadoras. Salvadoras anónimas. Heroínas.
Aquí yace Tres, una caspasa luchadora
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