Supervivencia

De pronto amanece, la tranquilidad se aquieta y queda eludida por la vertiginosa condición de una realidad abrumadora que forma parte indivisible de una vida, que se trastoca y se doblega entre el tiempo y la razón, y tras pocos pasos de aquella gélida morada, se divisa una imagen imborrable, iracunda, indescriptible, el movimiento propio entre cientos de vidas que se entrecruzan, haciéndonos recordar que el mundo gira de prisa, mientras las miradas se perciben y se van, mientras el tiempo no se ve, no se puede perder, es preciso llegar, es imprescindible ganar.
No quedan imágenes que justifiquen el principio de aquella lucha, doblegando toda condición de sentimiento y sensibilidad, dejándose llevar por la razón que inspira tan cruel enfrentamiento, donde se redime el miedo, donde se somete el afligido, donde se postra el fiel elegido y donde quedan subestimadas las ansias plenas por el poder y la gloria, para no volver nunca más.
Así es la vida misma, así se inmutan los recuerdos como ráfagas inquietantes, como parte lúcida de toda razón de lucha, donde es evidente que entre el bien y el mal se disputa, donde nacen y prevalecen los avatares que ensombrecen la vida, donde la vida permanece silente, imperceptible y salvaje, donde cada personaje es un misterio laborioso y pleno de verdades, de sueños e ilusiones plenas, de gracias que florecen, de metas incumplidas, de logros merecidos, de lo que no nos pertenece pero existe.
Como no fingir que somos parte indivisible de aquella oda, como no reconocer que primero pienso y luego existo, como no dejar de existir ante tan inefable espejismo, como no navegar entre olas de almas que cruzan y se entremezclan, emulando el firme principio de comunidad e integración, como una reacción alquímica de lo que se deriva, de almas mundanas que alcanzan la gloria y se hacen plenas, grandes e imborrables.
Pero quedan, precisas e indetenibles, se quedan, tales movimientos no se detienen, persiguen algo que desconocemos, buscan crecer entre la niebla de almas apresuradas, entre quienes luchan contra el tiempo y la condición real de lucha, conquistan emociones, eluden espejismos, se golpean, se hieren, se imponen y se hacen sentir como la razón justa de la verdad.
Es una alquimia perfecta, donde la simbiosis se manifiesta y se impone, doblegando su propia naturaleza, redimiendo el sentido de la creación biológica, frente al pretexto condicionado de que existe porque es consiente, vivo, ejemplar y perfecto.
Cada elemento se desdobla, se atajan y se enfrentan como moléculas circulantes por interminables circulaciones en constante movimiento, porque es el movimiento mismo el precursor de tan especial grandeza y condición.
Aquel evento permite comprender indescriptibles situaciones, permite conocer lo propio y lo ajeno, lo real y lo divisorio, la relación fustigante entre elementos que coexisten dentro de un mismo sistema que fundamenta su perfección en la realidad circundante de su condición de vida.
Mientras cada paso permitido cobra sentido al compás de una quimera, cuando en su mismo entorno queda implícito el cruel motivo que define el ritmo de tan egregio escenario, para comprender que entre tanta perfecta razón de lucha, se evidencia el real principio de vida por la supervivencia del mas apto.
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