Lo que el oxígeno se llevó

En la cultura popular al número 13 casi siempre se la ha concedido un significado fatídico y, a casi mil metros sobre nivel del mar, los habitantes de Arandilla del Arroyo fueron vívidos testigos de su singular acepción. Casualidades o causalidades de la vida, trece eran los habitantes de este municipio, que despertaron aquella decimotercera mañana de abril sin saber que su destino biológico al final los alcanzaría. Por casi 100 años, escucharon como las voces de sus ascendencias, contemporáneos y descendencias se fueron apagando hasta que solo se escucharon entre ellos. Se llamaban así mismos los sobrevivientes y, en una de las tantas fiestas del santo del pueblo, juraron nunca dejar la comarca. A partir de ese momento, canalizaron sus penas y dolores a través del trabajo de la tierra, y su único propósito en la vida era recoger de las semillas los frutos que ellos ya no darían, quedando en el olvido todo rastro de ilusión de un porvenir de nuevas esperanzas. Sin saberlo nunca, este simple, pero no sencillo, ritual fue lo que convirtió a estos trece centenares en únicos. Sus días transcurrían siempre dentro de la misma rutina. José, quien supo ser el alcalde en sus mejores tiempos, era el primero en despertar y, a pesar de su temblor en reposo, visitaba casa por casa con el temor de encontrarse nuevamente con la fatalidad. No había escuelas, delegaciones ni demás dependencias municipales, sólo una salita de atención primaria a cargo de Mafalda, de oficio enfermera de toda la vida, aunque nunca hubo necesidad de sus cuidados ya que los trece se conocían como la palma de sus manos y también sabían, aunque sin aceptarla, que la fatalidad siempre venía sin síntoma de previo aviso. Luego del zumo que preparaba Hortensia de ese fruto tan particular, los trece se dedicaban al cuidado de la huerta. Esta labor es la que los había mantenido unidos y ocupados durante los últimos 40 años. Consumían lo que cultivaban desde que la peste azotó sus puertas, reduciéndolos a ser lo que eran, sobrevivientes. Por las noches, después de la cena, el vermú casero y una jugada de cartas, llegaba el incómodo momento de las buenas noches.
-Hasta luego, descansad que mañana hay cosecha- le dijo Manolo a sus compañeros al marcharse por el camino de tierra.
-Tú no sabes si os despertareis- replicó Juana.
-Que sí, que sí, estamos condenados a estar aquí para siempre. - le contestó Francisco. ¿Acaso lo dudáis?
- Venga, iros cada uno para vuestras casas, que luego no hay Dios que os levante - dijo Concepción.
- ¿Sentiros el calor abrumador que está asomando? ¿Estaré alucinando?- dijo Pablo.
- En el periódico anuncian una ola de calor inesperada- sostuvo Teresa.
- Es el comportamiento paradójico del oxígeno- vaticinó Rebeca- Hace años que lo vengo diciendo.
- Callad Rebeca, vosotras las mujeres no sabéis nada- dijo José, en tono irónico.
Al lado de la casa de Concepción, vivía, como ellos mismos lo consideraban, el personaje destacado de los centenares: Rebeca. Ella era una fisióloga argentina, que luego de tantos años de lidiar con el mal que la aquejaba decidió mudarse a esas tierras altas. Esa particular noche de jueves iluminó el plenilunio más brillante que se haya visto en años. Al acostarse, todos sintieron una cálida brisa que con el paso de las horas, fue aumentando su temperatura. Con el canto de un gallo, la mañana del viernes 13 hizo su entrada. José apenas podía respirar del vapor extraño que circulaba por las paredes de su morada. Tras varios intentos fallidos, pudo conseguir orientar su marcha e ir a ver a sus amigos. Trece veces se encontró con la tragedia, doce ajenas y una propia. Lo que tampoco nunca supieron estos centenares es que esa brisa, con la que se acostaron viajó varias leguas desde el mar mediterráneo, llevando la muerte a los habitantes de Arandilla en forma de oxígeno y acabando con el elixir de la longevidad de esta minúscula población. Antes de su último exhalo, José recordó la frase que Rebeca repetía todos los días “lo que da la vida es lo que te la quita”. En las antiguas escrituras el número 13 es un número sagrado, que representa un renacimiento tras la muerte.
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