Sueños de fierro

Hace unos años mientras reflexionaba sobre los avances de la ingeniería me planteé una cuestión, que a mis colegas de profesión les pareció entre absurda y de lo más volátil para la sociedad. Realmente ese día pensé que o el desayuno tenía problemas o me había dado un golpe en la cabeza de esos que traen secuelas. ¡Pero no! Algo en mi decía que esto tenía sentido. Por ello como buen investigador teórico contemporáneo, o mejor dicho moderno, me fui a un lugar despejado para así poder sentirme pleno y seguro de lo que hacía, pero no deje mi siempre confiable cuadernillo de bocetos y un buen lápiz para estar preparado, por si esa chispa mañanera de genialidad podía dar más de sí misma.

Tras varias horas, decidí que ya por ese día era suficiente. Y emprendí mi camino a casa. Creerán que ya era todo, pero no. Yo seguí trabajando en el descanso y aquella comezón de imaginación volvió y me dio una pista lo suficientemente clara para poder basar mi estudio. El ver a un herrero levantando unas vigas muy pesadas y resistentes me ayudó en mis primeras hipótesis sobre cómo reducir el peso del acero sin perder sus propiedades de resistencia. No obstante, fue una faena inconclusa porque no pude resolver la cuestión. Si quería dureza necesitaba acero y, por consiguiente, peso. Pero al ver mis estudios tan vanos y sin salida cambié de campo de estudio, o por lo menos eso intenté, ya que en menos de dos mes tenía un 40% del presupuesto que me había dado el inversor gastado, y el muy cretino dijo que tenía dos opciones: o usaba ese presupuesto o costeaba lo que me faltara de mi cuenta propia. Pensaran todos que ser científico implica ser rico, pues en mí esta ley era como las de física clásica, es decir, que solo se cumplía con los científicos grandes y yo ni por asomo pertenecía a ese renglón de ilustres. Prácticamente era un novato.

Estas circunstancias me forzaron al igual que a Einstein a pluriemplearme, pero no en una fábrica de patentes sino en una empresa de fundición y moldeo de aluminio, la cual se centraba en la creación de bastones y barras de cortinas empresariales. Aunque ganaba mucho más como ingeniero químico en la empresa, me sentía muy ajeno a lo que hacía, porque aunque tenía fundamentos esenciales de mi profesión carecía de imaginación, lo cual me limitaba a seguir manuales y reglas retrógradas. ¡Vamos, que era un recuerdo de la clase de matemáticas del instituto de un profesor sustituto que solo se sometía a seguir órdenes del oficial!
Mi función era solo monitorizar las medidas tanto de temperatura como de sustancia de cada elemento, hasta me gané el mote de cocinero por la similitud de mi cargo con la de un chef. Aunque yo solo tenía un encargo, la fábrica tenía tres secciones industriales y dos de ensamblaje y exportación. Pero un día, estas dos últimas despertaron mi curiosidad al ver la fase final de un trabajo que yo había iniciado. Y aunque pienses que es una observación obvia noté que las varillas eran sumamente ligeras, pero eso no fue lo que me impresionó sino que era prácticamente lo opuesto a mi investigación con el acero.

Esto me llevó a una conclusión muy trascendente en mis investigaciones, y fue que el aluminio y el acero por sí solos no podían hacer ese material anhelado por la ingeniería y aún más por mí. Pero, y si los unía, ¿qué pasaría?

Tras varios meses de estudio teórico y opiniones de expertos, me dispuse a dar el paso a la práctica y la demostración de aquella teoría que parecía más un sueño de un loco alienado por este mundo capitalista y de consumismo que solo incita a ser cotidiano y repetido. Aunque los primeros dos años no fueron más que fracasos y hostigamientos, seguí hasta cumplir mi cometido. El gran elemento “x” de la nueva ingeniería millenial. Aunque los frutos de esto se empezaron a ver más o menos a media década de su inicio fatídico.

Después de una década había terminado y probado que todo era real y no una ilusión. Mi elemento estaba completo y pronto podría ser comercializado por sus prometedoras características: gran soporte (resistencia) al calor que frente a los demás metales tenía un 35% de resistencia a temperaturas altas y un rendimiento de 15% de diferencia frente al acero y un 8 % más de peso que el aluminio.

Aunque mi experimento fue original, necesité apoyo para ponerle un nombre, el cual me costó, y que al final inspiré en X-Men, con el nombre de acerium.
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