Insane

Rasha no daba abasto ni con tres sueldos. En Siria, ni ella ni sus hijos hubieran podido soñar con los lujos que la ciudad de Urba les ofrecía, pero la inmigrante había llegado a la conclusión de que, en Occidente, el confort nunca era suficiente. Rasha barajaba un curro de cocinera y otro de camarera, percibía la famosa renta básica suministrada por la web Garlic y vivía en un Centro Social Autogestionado donde no tenía que pagar alquiler, ni agua, ni electricidad.

Con todo, sobrevivir era todo un reto. Todos querían su dinero.

En su hora libre del mediodía, Rasha se iba a casa. Aprovechaba ese rato para desconectar y relajarse en la planta baja del edificio donde vivía. Como en una taberna moderna, allí siempre había caras nuevas y grupitos improbables de clientes a quien les había tocado compartir mesa. Rasha había aprendido inglés escuchando conversaciones entre geeks y jubilados, músicos y poetas, otakus y cyberpunks y el resto de arquetipos indie...

Esperando a que la mesa se llenara de personajes variopintos, una notificación del banco sacudió su smartphone: Números rojos.

Rasha estaba considerando seriamente vender un riñón. Le preocupaban dos cosas en la vida: la sanidad y la educación de sus hijos. Alimentarlos con productos ecológicos le salía por un ojo de la cara, pero una dieta orgánica tampoco bastaba para llevar una vida sana; el cáncer acechaba en el agua del grifo, en los fármacos, en el smog... Las tarifas médicas eran un gasto con el que Rasha tenía que hacer malabares.

Un niño pálido, cubierto de granos, se sentó a su lado. Puso los pies sobre la mesa y abrió un ordenador portátil con la pegatina BIOHAZARD ALERT. Apestaba.
–Hola –dijo Rasha.
El muchacho la ignoró. Tecleando con una mano, una serie de ventanillas aparecían en su escritorio, mientras con la mano libre sacaba una de esas bolsas de ''patatas'' que Rasha tenía prohibidas a sus hijos.

En aquel momento rondaba la sala un captador acicalado. Traía su carpeta, sus panfletos y su sonrisa ensayada. Rasha cometió el error de cruzar miradas con él. El depredador identificó un perfil perfecto: educada y maleable.
–¡¡Buenas tardes!! :D –Al vendedor le brillaban los ojos.
El crío del portátil frunció el ceño y se puso unos auriculares gigantes.
–Hola... –Rasha se sentía mal evitando a las personas, pero literalmente no tenía más dinero–. No estoy interesada. Gracias. Lo siento.
–Mira, solo será un minuto. Toma. –El muchacho le ofreció un flyer precioso.

'NANOBOTS', decía la hoja informativa, 'THE FUTURE IS NOW.'

–Me llamo Anton, ¿y tú? :)
–Rasha...
–Mira, Rasha, somos la empresa In-Sane, ¿nos conoces? –El vendedor irradiaba la luz de la inocencia.– Nuestra meta es erradicar las enfermedades del mundo, ¿y sabes qué?, lo estamos consiguiendo. ¡Fíjate, no exagero! –Señaló los gráficos y estadísticas del panfleto. El diseño colorido y minimalista captó la atención de Rasha.

–¡Rasha, esto te va a dejar patidifusa! –Anton hizo una pausa dramática–... ¡¡¡Los fármacos han quedado obsoletos!!!

–Hemos creado una alternativa, Rasha, –prosiguió–, ¡para combatir enfermedades de cualquier tipo! ¡SIN EFECTOS SECUNDARIOS! –Rasha estaba confusa. En el panfleto había muchos dibujos, y el precio no era barato. Sin embargo, las tarifas médicas eran un agujero en su bolsillo... –Te voy a explicar exactamente cómo funciona, Rasha:

1. Nos das tus datos y te suscribes.
2. Te colocamos una plaquita de grafeno bajo la piel, en la muñeca. ¡Tranquila, que no duele! ;)
3. Te inyectamos los nanobots.
4. La placa de grafeno analiza la composición de tu torrente sanguíneo y los nanobots patrullan tu cuerpo en busca de anomalías, como un cáncer.
5. Te mantienes suscrita. Tu plaquita recibirá actualizaciones vía wifi desde nuestra sede, ¡Los nanobots serán instruídos en la prevención de enfermedades que no existían cuando te suscribiste!
6. ¡Sonríe!:D

Fue entonces cuando el hacker, perturbado por el parloteo del captador y la memez de la mujer, se quitó los auriculares. “Eh, payaso, ¿podrías irte a estafar inmigrantes a otra parte?”
El vendedor se tensó como una escoba. “¿Disculp--?”
–Que te pires.
Rasha puso una mano en el hombro del captador. –Tranquilo. No te vayas, –dijo, calmada. Miró fijamente al niñato de los granos–. Esta inmigrante ha sufrido muchos abusos a lo largo de su vida, y no está dispuesta a tolerar ninguno más. Sé sincero, Anton, ¿el servicio es bueno?”
Anton se relamió. –¡Es el futuro de Urba, Rasha!
–¿Dónde tengo que firmar? –Rasha dio su número de cuenta y firmó.

Mientras firmaba, el hacker la miraba lascivamente. Dijo: –¿Dime, Anton, vuestras actualizaciones incluyen antivirus?”
Rasha frunció el ceño.
–Por supuesto, pero la tarifa es mucho más cara.
–Bien, –dijo el hacker, mirando a Rasha. –Sube tu tarifa o págame la diferencia.
A Rasha se le hizo un nudo en la garganta.

Sentía un cosquilleo en el riñón.
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