El punto brillante

Recuerdo el día en que comenzó todo. Me enteré por la prensa en internet. Inmediatamente salí a la calle, como muchos otros, para verlo con mis propios ojos. Ahí estaba. Un observatorio en la India fue el primero en detectarlo. Desde hacía un par de horas era perfectamente visible para nosotros, entre las diminutas estrellas que se intuyen en el cielo de una gran ciudad. Hacía más de cuatrocientos años que no se observaba algo así desde la tierra. Astrónomos chinos, árabes y europeos habían hablado de fenómenos de este tipo a lo largo de la historia. Toda la comunidad científica estaba de acuerdo: se trataba de una explosión supernova en la constelación de Orión, a unos 1000 años luz de distancia de la tierra.

El punto brillante en el cielo pudo verse durante dos semanas. Todos los laboratorios del mundo recogían datos sin descanso para validar las teorías astrofísicas actuales. De pronto, varios días después de que su brillo se atenuara hasta hacerse invisible a simple vista, surgió un nuevo punto de luz en el cielo, esta vez cerca de la constelación de Andrómeda. Un grupo norteamericano dio la voz de alarma. Con todos los ojos de la ciencia aún mirando hacia Orión, un telescopio secundario había hecho saltar todas las predicciones. Sucesos como estos se esperan cada muchos años, y las probabilidades de que dos fenómenos así fueran visibles desde la tierra en tan corto espacio de tiempo eran muy remotas. Se interpretó como un golpe de fortuna: la naturaleza parecía querer darnos una lección intensiva. Los ordenadores echaban humo registrando datos que no daba tiempo a analizar, mientras los investigadores se frotaban las manos con la ingente cantidad de estudios que se publicarían.

Cuando solo dos días después un tercer punto brillante se encendió en el cielo, una cierta tensión se apoderó de los expertos y toda la comunidad internacional empezó a mirar con inquietud a las alturas. Nadie era capaz de formular una teoría que explicara por qué varias supernovas podrían explotar tan cerca de nosotros en apenas dos semanas. Sin tiempo para coordinarse, los observatorios vieron nacer un cuarto punto de luz en el cielo, en la constelación de Cefeo. Los días siguientes fueron un continuo discurrir de noticias confusas, angustiosas miradas al cielo, y declaraciones de jefes de estado apelando a la calma de los ciudadanos, mientras cada poco tiempo se hablaba de un nuevo punto brillante en el firmamento.

En vista de la parálisis de la comunidad científica, simplemente desbordada y abrumada por la cantidad de datos, la gente en la calle empezó a formular sus propias hipótesis, buscando
desesperadamente respuestas. No tardaron en florecer comunidades y sectas que veían tan cerca el fin del mundo como la llegada de los dioses o los extraterrestres. Las grandes potencias nucleares movieron sus arsenales en supuestos ejercicios rutinarios, desencadenando aún más tensión entre todos los países. La sombra de una amenaza sin identificar contrastaba con los puntos luminosos que no dejaban de surgir en el cielo. El miedo a lo desconocido es, sin duda, uno de los sentimientos más potentes en los seres humanos. De pronto, a pesar de toda la tecnología y todos los avances de la ciencia, nada nos diferenciaba de nuestros ancestros ante una puesta de sol o al presenciar la caída de un rayo.

Al cabo de unos meses la situación parecía haberse tranquilizado. Así, cuando ya todos los puntos brillantes se habían extinguido y hacía tiempo que no surgía ninguno nuevo, la comunidad científica comenzó a difundir los resultados de sus estudios. La estupefacción era máxima. Al parecer, en lugar de tratarse de explosiones supernova, lo que habíamos visto eran, en realidad, violentas explosiones planetarias, para las cuales no había ninguna explicación natural. La radiación que nos había llegado mostraba la huella de esos cataclismos artificiales. Nadie quiso ponerle nombre a todo esto, pero desde entonces ya sabemos que no estamos solos.

Las agencias espaciales decidieron dejar de enviar señales al espacio y se cancelaron todas las misiones de nuevos satélites. No sabemos a qué nos exponemos, pero de momento nos conviene pasar inadvertidos. Sin embargo, puede que ya sea demasiado tarde. Nuestros mensajes llevan años viajando por el espacio en busca de algún receptor. Ahora todos temen que podamos encontrarlo y que algún día, desde algún rincón remoto del universo, se vea aparecer un punto brillante donde hasta entonces estuvo la tierra.
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