Babas de amor

Tras unas horas de lluvia abundante, en una noche cualquiera, en un jardín cualquiera, escuchamos una conversación en susurros. “Querida gasterópoda, siento tu presencia cerca de mí”, pronuncia una voz apasionada. “Qué fortuna ha sido encontrarte”, replica otra voz, “¿cuál es tu nombre, bienhallado congénere?”, continúa. “Me llamo Eduardo, y también Elisa”, y demanda “dime el tuyo”. “Qué bendición la tuya, pues dos nombres tienes”, y sigue, “yo sólo me llamo René, sin distinción”, finaliza. Los caracoles se acercan lentamente a ritmo alterno de contracciones y elongaciones de su cuerpo, rodeándose el uno al otro. Los festejos amorosos para estos moluscos terrestres se toman su tiempo. Así que animamos al lector humano a que no desespere y siga leyendo.
Eduardo-Elisa es un caracol maduro. Hace ya más de tres años que dejó atrás su etapa juvenil. Esta ocasión queda lejos de ser la primera en que se aparea. Su descendencia se cuenta ya por centenares. En cambio de René puede decirse que aún recuerda los días cuando su concha no era sólida aún.
¡Oh!, ya están tan cerca que sus tentáculos retráctiles se tocan, se dan caricias el uno al otro con ellos. Son preludios babosos, que cuentan también con mordiscos suaves. René toma la iniciativa, a pesar de su inexperiencia, y se sume en un abrazo pasional con Eduardo-Elisa. Sus cuerpos blandos se apretan formando una unión vertical, con sus conchas sujetando cual reposalibros. El trasiego amoroso continúa durante horas, pero avanzaremos para ahorrarle tantos detalles al lector. Y es que son ya seis horas que han transcurrido cuando Eduardo-Elisa decide lanzar el dardo del amor. Casi un centímetro de saeta de carbonato cálcico perfora el cuerpo de René, y ni dolor ni le placer causan. Eduardo-Elisa no está ejerciendo de Cupido gasterópodo, pues ese dardo no lleva amor. Son hormonas lo que lleva, para que sea su esperma el que fecunde los huevos de René, y no el del siguiente amante. Lanzador interesado es Eduardo-Elisa, quiere asegurarse la descendencia.
Y ahora sí, ¡habemus cópula! René fecunda a Eduardo-Elisa, y a su vez, Eduardo-Elisa fecunda a René, de manera cruzada. También en el acoplamiento se demoran horas. Eduardo-Elisa ha ido esculpiendo sus habilidades de donjuán a base de apareamientos. Al final del encuentro se torna cortés y susurra a René, “Espero que no te haya parecido precipitado”, a lo que éste responde “en modo alguno”, y sigue “debo añadir que todo ha pasado en un suspiro a mi parecer”. Tras estas palabras, cada caracol toma una dirección y lentamente se alejan sus caminos. De la misma manera lo hacen los rastros de baba.
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