12 DE AGOSTO

12 de Agosto de 1994,
El bochorno estival proclamaba a gritos la crónica de una tormenta anunciada. El parque iba quedando huérfano de niños alborotando en sus ya desgastados columpios a medida que el cielo se teñía de gris. Jugábamos a la comba cuando, de repente, una virulenta ráfaga de aire hizo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Sentí el roce del cemento en mis manos. Levanté la cabeza para incorporarme y me di cuenta de que mis amigas habían salido corriendo asustadas por las inclemencias meteorológicas. Todas, excepto Claudia: “¿Estás bien, Ana? corre, vámonos a casa o nos mojaremos” – farfulló dando nerviosos tirones a mi camiseta. “Sí, estoy bien, vamos” – me apresuré a contestar mientras posaba la vista en mis pequeñas y magulladas manos. Ambas corríamos agitadas rumbo a casa cuando, de repente, oí un murmullo estremecedor. Era cada vez más fuerte. Parecía un rugido. Me quedé paralizada unos segundos mientras, Claudia, ajena a mi delirio infantil, continuaba su ardua carrera temerosa de la reprimenda de su madre.
Sonaba aterrador, pero tan cautivador al mismo tiempo que no pude evitar poner rumbo a lo desconocido. Cual invidente, dejé que mi oído guiara mis pasos. En pocos segundos, tan sólo a escasas decenas de metros de donde me había detenido, había encontrado el origen de aquel sonido: el mar. El viento arreciaba cada vez más. Con esfuerzo y a duras penas, llegué hasta la cresta de la duna, que había aumentado sustancialmente su altura gracias a un sistema de empalizadas colocado años atrás. Sentí la humedad de la arena en mis pies descalzos mientras el viento hacía volar mi melena. Allí, abrumada ante tal espectáculo, me senté en posición fetal. Me sentí diminuta ante su imponente presencia. El mar parecía infinito, feroz. Había una fuerte marejada: las olas eran altas y sus crestas estaban cubiertas de espuma. El oleaje erosionaba el lecho marino, cargando el agua de sedimentos en suspensión. Los arribazones de Posidonia oceanica se acumulaban en la costa tras haber sido arrancados por el energético oleaje. En las cercanías del espigón, el oleaje se reflejaba violentamente, generando olas todavía más altas. La presión atmosférica era baja y el nivel mar había ascendido. El agua cubría parte de la playa, que parecía haber menguado.
De pronto, un fuerte trueno me hizo volver a la realidad. Un escalofrío recorrió mi pequeño cuerpo de escasos treinta kilos. Estaba completamente empapada. Si no volvía pronto a casa, mamá me reñiría. Bajé la duna por sotavento y corrí tan rápido como mis canijas piernas me permitieron. Cuando llegué a casa, mis padres no estaban. Respiré aliviada. Subí al cuarto de baño y me di una ducha calentita. Me cambié de ropa y me senté en el sofá. En ese mismo instante, me di cuenta de que ya era tarde. La escena que había presenciado esa tarde había penetrado en mi mente de tal forma que sería imposible olvidarla. Me di cuenta de que permanecer sentada en la orilla del mar, cual espectadora, era demasiado banal, anodino. Me di cuenta de que quería sumergirme en sus entrañas, desgranar sus secretos. Me di cuenta de que yo, niña de ciudad de tan solo ocho años, había descubierto hoy la grandeza del mar. Su canto: a veces acuna y otras aterra. Su aroma: inconfundible, a sal. Su energía: incesante vaivén de olas y mareas. Su vida: desde invisibles microorganismos hasta enormes cetáceos. Su historia: preservada en sus sedimentos. Su inmensidad: ocupa hasta un 75% de la superficie de nuestro planeta.
Oyó la puerta de casa cerrarse. “Mis padres deben haber llegado “– pensó. Entonces abrió los ojos. ¿Cómo era posible? Estaba en su habitación y tan sólo había sido un sueño. Había sido tan maravilloso, tan real...

12 de Agosto de 2014,
Ana salía del trabajo agotada tras una extenuante jornada laboral. Se dirigía hacia la parada del autobús mientras reparaba en la enorme cantidad de datos que se empezaban a acumular a la espera de ser procesados. Aquellas simulaciones que tanto había costado diseñar, estaban por fin generando resultados. Ya sentada en el autobús, cerró los ojos. Era 12 de Agosto. Habían pasado veinte años desde “la gran tormenta”, como ella misma bautizó. Como cada 12 de Agosto, Ana, se sintió afortunada. Y es que, en ocasiones, la vida nos enfrenta a situaciones que hacen que cambiemos el rumbo y caminemos hacia destinos jamás imaginados. A Ana, no le importaba que creyeran que era bióloga marina. Tampoco que la imaginaran cual lobo de mar buceando en Maldivas. Tampoco que no recordaran el nombre de su profesión. “¿Cómo se llama a lo que te dedicas? “ “Oceanóóóóóógrafa, iaia”. Para Ana, desde aquel 12 de Agosto, el mar es un compañero de viaje. Desde aquel día, soñar es la única manera que Ana conoce de vivir.

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