Correspondencia

Qué se puede hacer cuando un niño vive en un sueño más que participar en él. Este pensamiento me acompañó durante los que acabaron siendo los años mas entrañables de mi vida. Cada noche, bajo la luz de mi lámpara amarilla y con la pipa rozándome los labios, inventé respuestas para cartas escritas por manos de una niña de ocho años. Leí cientos de libros y biografías e imité más de cincuenta vidas. Hacerse pasar por mujeres de un calibre como ellas fue una tarea más que compleja. Mi empatía cogió fuerza y acabé rozando el saber lo que era vivir siendo mujer bajo un mundo de normas que habían implantado los hombres.

Fue el día que iniciaba la primavera cuando me vi inmerso en un viaje del que nunca pensé que formaría parte. Después de décadas de monotonía en mi oficio como cartero, una niña de trenzas despeinadas y vestido azul que posaba demasiado bailón en aquel cuerpo de piernas delgadas, se acercó a pasos tímidos a entregarme una carta. La extensión de mi oficio nunca había ido más allá de las siete calles entrecruzadas de un pueblo al oeste del país. El clima seco desgastaba el color de los buzones y nunca había nada más interesante que hacer llegar que las cartas del banco, las facturas de la luz o los próximos eventos del pueblo organizados por el ayuntamiento. Sin embargo, aquella niña me había entregado una carta dirigida a un país que no era el nuestro. El nombre del destinatario parecía que me sonaba de algo, aunque no le di mayor importancia hasta que la niña me entregó la segunda carta. Esta vez otro nombre de mujer como destinatario y otro país, ahora al otro lado del charco. Cada siete días, la historia se repetía. De nuevo en lunes, justo a la salida del colegio del pueblo. Un nuevo nombre. Un nuevo destinatario. Y así, las fui acumulando.

Una noche maté mi curiosidad por saber quiénes eran esas mujeres a las que estaban destinadas. Gerty Cory, Gertrude Belle Elion, Rosalind Franklin, Marie Curie, Alice Ball y muchas más. Pasé más de dos meses pensando en qué hacer, mientras no paraba de recibir cartas. Algunas de las mujeres a las que estaban dirigidas ni siquiera seguían viviendo esta vida. Un día, aquella niña me entregó una de las cartas sin sobre. Me pidió que lo pusiese yo mismo y a cambio, me permitió leer el contenido. Aquel día comprendí que todas las preguntas que contenían esas cartas gritaban la necesidad de una respuesta que probablemente nunca hubiesen tenido si no las hubiera escrito yo mismo. Aquella niña tenía un sueño y necesitaba figuras que fuesen ejemplo. Y así fue como decidí imitar la caligrafía de cada una de esas científicas.

No fue nada fácil mantener una correspondencia como aquella, pero conseguimos que durara años. No sé quién le acabó siguiendo el juego a quién, pero hubo un día en el que aquel juego llegó a un final que quedaría abierto.

Hoy, mucho tiempo después, he salido a dar mi paseo semanal para comprar el periódico. Mis articulaciones oxidadas no me permiten andar mucho más, pero siguen llevándome al quiosco de al lado del colegio. Al pasar, una mujer de pelo despeinado, vestido azul ceñido y piernas delgadas me ha entregado una carta. Y se ha limitado a eso, sin articular palabra. Una vez en casa la he abierto y, con la dificultad que conlleva la edad, he leído: “No hace mucho que recogí el Premio Nobel de Química. Tu labor cuando era niña fue el ancla que me mantuvo firme en este sueño. Siéntelo tuyo, te lo debo.”

Obligo a mis manos temblorosas a poner el contenido de vuelta en su sobre. La luz amarilla dibuja mi rostro en la ventana. Veo a una lágrima deslizarse desde mis ojos ancianos, transcurriendo por mis arrugas y, a modo de sello, cayendo en la cima de esta montaña de cartas.
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