SERENDIPIA

A veces es absurdo encontrarme pensando en ti, en qué te voy a decir cuando te vea. Puede que te sientes como siempre, al final de la cafetería, junto a la ventana, como si quisieras ser una persona en una isla, observando un riego de batas blancas de laboratorio desfilar ante el mostrador de croissants y bocadillos de jamón. Tú que estás ahí, siempre; cada día en el mismo sitio, observándome tras una taza de café que imagino humeante, con esa espuma amarga entremezclada con leche que borra el carmín de tus labios. Yo, en cambio, me siento al otro lado, no sé si para disimular lo mucho que me fijo en ti o para hacer como que tengo conversación con la gente que me rodea. Te sorprendería saber que yo también soy consciente de la distancia que nos separa. A primera vista y en sentido literal, son apenas cinco o seis metros, en sentido figurado no sabría decir cuánto es. Supongo que tú tampoco. Nunca hemos hablado de esto por teléfono, no lo mencionamos pero, el hecho de obviarlo no hace que desaparezca. Eso lo he aprendido de ti. Vaya que sí. Eso y muchas otras cosas que no quiero reprocharte.
A veces me encuentro pensando en ti y en mí y en cómo empezó todo esto entre nosotros, si es que le podemos poner algún nombre. En cómo me crucé contigo en el departamento, casi de forma casual, en aquella máquina de café que sabe a rancio y pese a que todos lo sabemos, aún continuamos bebiéndolo. En cómo te dejé las monedas que te faltaban para que sacaras un capucchino y cómo conversamos sobre la vida, sobre la ciencia, sobre cualquier cosa trivial que se nos pasó aquel día por la cabeza. Tú estabas de estancia y yo estaba intentando descubrir si la investigación científica era lo mío, estudiando unas arqueas de Santa Pola que te hicieron reír y preguntarme si sabían a salitre o si de verdad eran rosas. Y mientras reías, yo me quedé con tu sonrisa perfecta, con tus ojos de color café que alguna vez que otra me quitarían el sueño y lo más importante, con tu teléfono. A partir de ahí empezaron las llamadas, primero inocentes y mundanas, luego se tornaron más personales hasta que cogieron un tinte que ninguno de los dos se atrevía a dejar. Fueron aquellos meses, entre llamadas y la máquina de café en los que te fui descubriendo, empapándome de ti, de tus cosas, de tu vida, esa que compartías con tu marido, y sin quererlo, entretejimos un delgado hilo rojo, como si fuera de un destino que nos esperaba, entre nosotros.
A veces no sólo te observo, sino que te bebo. Me imagino levantándome en medio de la cafetería, yendo hacia ti, mirándote a unos ojos que se harán cada vez más grandes. Me imagino sentándome a tu lado y dándote el beso que me falta, el que se queda colgando de unas llamadas a deshoras, de cartas que imagino escritas a escondidas en el despacho, de madrugada. La noche nos disfraza y distrae de aquellas cosas que volvemos a ser cuando despunta la mañana.
A veces me sorprendo pensando en que lo haré. Buscando un día y encontrando el momento perfecto, como ahora. Hoy es el día en el que terminaré del laboratorio y me sentaré en la mesa que tu acostumbras a sentarte. Creo que me pediré un café con leche, mientras espero a que te sientes. Sé que escogerás el sitio que hay junto a mí porque te lo pediré con un gesto, con una mano que será la misma que te salude, que eche hacia atrás el respaldo de esa silla, que te acaricie el rostro para preguntarte qué tal estás, qué me quisiste decir con la carta de anoche que dejaste hoy en mi taquilla, qué es lo que me dicen tus ojos esta mañana. Será esa mano la que te sujete la mejilla, serán mis dedos los que la pellizcarán un poco. Y seré yo el que acerque ese hilo invisible tensado y rizado alrededor nuestro, el que parece que a veces te ahogue cuando me miras desde lejos…
— Te has equivocado —la voz de mi tutor de tesis me sacó de mis pensamientos —. Me acabas de repetir la misma secuencia.
Le volví a repetir la secuencia genética en la que estaba trabajando. No parecía haberme equivocado con esa repetición con la que, muchos años después, supe el descubrimiento que encerraba; tampoco me equivoqué con los sentimientos que tenías hacía mí y eso, aunque nunca pudiese optar al nobel, también lo consideré serendipia.
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