Los padres del mundo

La mañana se abría paso en el palacio de los Lamontte, el sol empezaba a brillar sobre el jardín de golosinas, globos de colores, conejos danzarines, burbujas y muchas flores. En una de las habitaciones estaba Agneta, despertándose aún de sus plácidos y dulces sueños. Un gran salón con todas las comodidades y entretenimientos que una niña de su edad podía tener y más. Frente a ella, sobre su cama dormía siempre, el minino Raw, un felino que la pequeña había pedido para su décimo cumpleaños. Este había sido clonado a partir de ADN del último ejemplar que aún quedaba en vida.

Los padres de Agneta, respetables científicos especializados en la nueva ingeniería genética. Habían descubierto y simplificado en una sola mini tarjeta, la solución a las distracciones y complejidades que la vida acarreaba (depresiones, falta de energía, cansancio, melancolía). Por esta razón, ellos también, beneficiarios de su propia medicina, sabían que, si anhelaban realmente avanzar en el campo y profundizar en sus experimentos, esto les iba a comportar horas de trabajo y sacrificios. Por ello, tuvieron que decidir y priorizar. Su hija no podía estar en mejor lugar que en el palacio, allí protegida de toda esa sub raza, fiel creyente a todos esos valores inconscientes que predominaban en estos tiempos. Habían hecho muchas pruebas antes de poder clonarse a ellos mismos. Meses de trabajo e investigaciones, hasta que construyeron el palacio de los sueños de Agneta. Su mundo, su versión micro, dotada de los últimos avances, las más sofisticadas aplicaciones y la más grande variedad de seres clonados en una misma realidad. Habían recibido condecoraciones y galardones en los congresos más prestigiosos. La crítica científica les había llamado en una de sus revistas, como los “Nuevos padres del mundo”. Lo habían arriesgado todo, su familia, sus estudios, todo para facilitar los trabajos y tareas afectivas de los grandes padres, los creadores de la nueva generación.

Agneta, pasaba los días divirtiéndose con todos los equipamientos que se le había provisto al palacio. Un día iba al lago con sus vecinos, corría detrás de los conejos por el laberinto de los jardines, saltaba en la cama elástica, pintaba, jugaba con todas las especies allí provistas, bailaba con los canguros, volaba por las nubes con las hadas, jugaba al escondite con las ninfas y los duendes del bosque, cantaba a orillas del mar con las sirenas… hasta que llegaba la hora de dormir, momento en el cual el padre, como había tenido siempre de costumbre, le leía un cuento diferente cada noche, lo interpretaban juntos y se despedían. Una noche, mientras el padre cumplía con la tarea diaria e introducía el título del cuento, Agneta se percata que lee el mismo que la noche anterior, tartamudea el título una y otra vez hasta que de repente, su cuerpo se desploma sobre la alfombra. En el suelo, parece no dar señal alguna de recomponerse. En ese momento, la niña se apresura a llamar a la madre que está en su habitación. Cuando Agneta entra, ella está tendida sobre su cama, parece no responder, no atiende a los gritos, la zarandea sin repuesta.

Desesperada, busca a gritos al resto de seres que parecen sordos ante sus sollozos. Ante ella, empiezan las imágenes a distorsionarse, como si de un holograma entero se tratara. Poco a poco va desapareciendo lo que para Agneta, había sido su paraíso infantil. Los interruptores de alarma contra sensaciones negativas están en alerta, el palacio parece desmoronarse. Agneta no acostumbrada a los nervios, los ruidos estridentes y la tristeza, ve como todo su paraíso desaparece delante de ella, abandonándola en un espacio en blanco, vacío, desprovisto de todas las comodidades y caprichos que siempre exigió. Y es que no es para más, había sido inmune a esta presión, a todas estas sensaciones pueriles impropias de un ser de su casta. Ella no había sido clonada. Su verdadera versión, la auténtica, estaba en aquel palacio. Pero esta vez, el sistema de la micro tarjeta que sus padres habían introducido en su cerebro, había desconectado con el único vínculo que le comunicaba al mundo superficial. El sistema había parado sus funciones dejando a Agneta en la más profunda depresión. No estaba preparada ni para soportar el propio llanto, iba a consumirse por la eternidad en aquel sub mundo ideado por sus padres.
  • Visto: 175