Conciencias cúpula

Toqué el gélido acero del autómata doméstico. Mi puerta hacia la libertad. Exhalé. Debía relajarme e intentar dominar el pico descontrolado de adrenalina, ¿acaso mi maldita glándula suprarrenal no podía estar más tranquila?

—Lis, ¿estás segura?—preguntó el viejo Ansbert.

¿Estaba segura? Por supuesto que no, tenía miedo, mucho miedo, pero sentía la determinación necesaria. Sabía lo que me esperaba si me quedaba en la ciudad, y no era precisamente bueno. Me habían descubierto en la última revisión hecha en el centro donde me criaba, la electrocorticografía exploratoria mostraba una alta actividad cerebral para mi edad; algo que había intentado esconder con ahínco desde que tenía 5 años, para no destacar, para no estar en el punto de mira del Gobierno. Al ver lo que ocurría, el revisor quiso adelantar mi entrada a la adolescencia con tratamiento hormonal extra para así poder enviarme a la operación craneal cuanto antes. Por suerte, mis criadores argumentaron que sería mejor esperar algún tiempo más para no frenar mi normodesarollo, lo que acabó disuadiendo al revisor dándome 10 meses de maniobra, aseguró que esperaría hasta que cumpliera los 13. Y es que en la Tierra, desde el 2318, se había establecido la normativa de monitorizar a todo humano que viviera en las ciudades cúpula. Para poder monitorear, el primer paso era implantar un chip en el antebrazo al nacimiento de la criatura, éste emitía señal GPS y a su vez era la credencial de identidad de cada persona, además, realizaba lecturas del ritmo cardíaco, presión y movimiento de cada uno. Por supuesto, antes de que cayera la noche y empezara mi plan de huida, me lo había tenido que extirpar y recolocar en un dispositivo donde estaban introducidas todas mis constantes nocturnas, así el chip pensaría que ahora estaba dormida en mi cama, no saltando así ninguna alarma en el sistema. Me toqué involuntariamente la muñeca, aún me dolía la herida, con la idea de no implicar a nadie había tenido que hacerlo sola para después desplazarme sin ser vista hasta el departamento de investigación y robótica donde había quedado con Ansbert.

Y sin embargo, aunque la idea del chip me disgustaba, la que verdaderamente me horrorizaba era la operación craneal, la segunda fase de monitorización, la cual constaba de insertar varias nanoresistencias e impulsores eléctricos en distintas áreas cerebrales, como la amígdala, el paraventricular, el hipocampo, el córtex prefrontal (entre muchas otras) para poder controlar externamente el miedo, la ira, el estrés e inclusive ciertas decisiones de los individuos. Por supuesto, yo me negaba ante aquella atrocidad, si bien era cierto que la tasa de suicidios, crímenes, frustraciones habían sido casi erradicadas en nuestra sociedad, también lo habían sido pensamientos tan puros como la esperanza, el amor y la bondad. Nuestras consciencias eran manipuladas al antojo de nuestros dirigentes, y yo no me iba a doblegar, por eso huía, huía lejos de las ciudades cúpulas, en algún lugar donde aquellos monstruos jugando a ser dioses no me encontraran jamás.

—Sí.

—Te entiendo. Y sabes que tienes mi apoyo absoluto, pero creo que estás como una regadera, peor que yo y todo—comentó—. Y como supongo que no hay manera alguna de disuadirte, esto va a ser una despedida.

Me lancé a los brazos abiertos de Ansbert y le devolví el abrazo con fuerza.

—Ansbert, te echaré mucho de menos, pero seguro que nos volveremos a ver--gimoteé contra su hundido pecho.

—Seguro, pequeña.

No obstante, mientras entraba en el interior del autómata, tuve la certeza de que aquello no iba a suceder, ya fuera por los desgastados telómeros de Ansbert o por el inverosímil porvenir que me estaba labrando. Una vez dentro del pseudo-robot de limpieza, Ansbert realizó la programación y segundos más tarde entré en un letargo inducido.

***

Mi despertar fue súbito, tenía la boca seca y los músculos agarrotados. La compuerta del autómata se había abierto, eso significaba que habían pasado las 24 horas de seguridad, y por ende, era también el día de mi treceavo aniversario. Salí del robot con torpeza, confirmé que sin duda me hallaba en el cementerio de robots, plan completado al 100%. Y es que el robot en el que viajaba, era una creación de Ansbert para que yo pudiera caber dentro, aparte, había construido el clásico modelo de autómata domestico 37P-Q, que como estaba descatalogado por material susceptiblemente peligroso por emisión de radiación gamma, tenía que ser llevado al cementerio externo de robots, lejos de las ciudades cúpula, y así es como había viajado yo al exterior.

Alcé la vista al cielo, estaba encapotado por un espeso manto de stratocumulus grises. Me sobresaltó notar el impacto de una fría gota en mi mejilla, la cual rodó hasta llegar a mis labios sonrientes. Estiré los brazos. Inspiré. Era libre.
  • Visto: 232