El día que jugamos a ser dioses

Es el día de la gran prueba.

Todos estábamos esperándolo para dar fin a casi tres años de duro trabajo. A casi tres años alejados de nuestras familias y hogares. A casi tres años de hipótesis, cálculos y exigencias que han llevado el estrés a niveles que ningún ser humano debería soportar. Al fin y al cabo, era una carrera a contrarreloj, por la supervivencia; o eso decían.

Por fin, estamos aquí, alrededor de doscientas personas en esta madrugada de mediados de julio. Nuestros superiores están ansiosos por ver funcionar el fruto de nuestro esfuerzo. No he tardado en advertir la tensión que se viene respirando desde horas atrás. Es curioso ver el interés que tienen todos ellos, no por saber cómo hemos llegado al diseño final ni su funcionamiento, sino porque prácticamente ninguno de ellos cree en nosotros. Para ellos la ciencia no es más que un negocio y una lucha de poderes. No son capaces de ver en ella lo que nosotros vemos, el amor por el conocimiento, por la sabiduría, y la ambición por tratar de comprender cómo funciona todo a nuestro alrededor.

Llevamos varios días ensamblando los componentes y afinando los aparatos de medida de lo que va a ser el set-up que cambiará la historia de la humanidad. Todo está perfectamente colocado para registrar la prueba, pero la lluvia no da tregua. Se acerca la hora acordada y todo parece ir en nuestra contra. Los rayos iluminan la estancia y los truenos rompen el silencio que inunda este inmenso paraje. Parece que alguna divinidad no quiere que lo hagamos, no quiere que lo logremos. Todos comienzan a impacientarse ante los retrasos que se están ocasionando.

Ahora, al fin, el cielo se ha calmado. Podemos dar comienzo a la prueba. El reloj de la sala marca la cuenta atrás, veinte minutos, tal y como habíamos establecido mi equipo y yo. Cada vez hay más silencio, la gente está tensa, todos fuman sin parar; yo estoy callado, expectante.
Diez minutos, cinco minutos, dos. El tiempo pasa muy lento, la espera se está haciendo eterna y no soy capaz de distraer mi atención de lo que está a punto de suceder.

Un minuto, la gente comienza a acercarse al cristal, nadie quiere perdérselo. El sudor cae de mi frente sin cesar, mi pulso ha dejado de ser firme.

Treinta segundos, tengo fe en que va a funcionar, la física dice que va a funcionar.

Diez segundos, el silencio inunda la sala como si de un tsunami se tratase. Nadie mueve un músculo. Nadie aparta la mirada del cristal. Nadie es consciente de lo que va a pasar. No he estado más asustado en toda mi vida.

Cinco segundos, algunos se han lanzado contra el suelo, tapándose la cara, llorando. Algún otro sonríe expectante.

Un segundo, toda mi vida está pasando ante mis ojos. Cada vez tengo más dudas acerca de lo que está a punto de suceder. Mi cabeza se inunda de preguntas. No puedo moverme. Estoy paralizado por el pánico.

Un parpadeo.

Ha sucedido. Las gafas de soldador lo han convertido en un simple destello de luz de unos segundos, pero al quitármelas lo he visto. He visto como se ha apoderado del paisaje. Funciona, la bomba es una realidad.

Nacen aplausos, sonrisas, comentarios de: la guerra ha finalizado. Yo sé que no hemos hecho nada más que empezarla. ¿De verdad esto es un bien para la humanidad? Lo que creíamos que iba a ser uno de los mayores logros de la humanidad de ha convertido en milésimas de segundo en su perdición. Ahora mismo, lo único que me viene a la cabeza es: Robert, te has convertido en la muerte.


Dedicado a Julius Robert Oppenheimer, físico teórico. Director del proyecto Manhattan.
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