Bajo las Aguas de Titán

Era muy habitual que los jóvenes de dieciséis años decidiesen enrolarse en algún viaje fuera de la Tierra. Trataban de vivir una aventura que contar a sus amigos y sentir un poco de adrenalina aeroespacial.
Camino estaba bastante tranquila; miró a un lado, luego al otro y decidió por fin echar a correr. Rápidamente, se situó bajo uno de los módulo-lanzaderas con aspecto de submarino, abrió la escotilla y coló su delgado cuerpo entre el cableado del control de rendimiento.
Un par de horas después.
«Por fin estamos en ruta. A dónde llevará este buque…». No era ni la forma, ni la aeronave más habitual en la que colarse. Había traído solo unos pocos víveres porque había visto el número de chasis de estos buques tardar solo una semana en ir y venir.
Cuando habían pasado unos tres días, sintió como si el buque estuviera precipitándose. Cada vez la caída era mayor y dudaba si aguantaría en ese habitáculo en caso de estar aterrizando. Entonces advirtió que había una silla auxiliar de aterrizaje. Comenzó a girar unas pequeñas tuercas para abrir el panel frontal y acceder al interior de la nave; cuando lo consiguió, solo tuvo tiempo de agarrase a la silla y atarse el cinturón antes de desmayarse por el repentino impacto.
Mientras tanto, una silueta femenina en el fondo se giraba dando un suspiro de desesperación.
Cuando despertó de la conmoción, no lograba entender lo que veía a través del enorme ojo de buey; cuando siempre había pensado que el espacio sería una inmensidad oscura, se encontró con un insondable azul, lleno de matices amarillos, rojos y púrpuras.
—¿Dónde estamos…? —preguntó Camino con cierto mareo.
—Eso deberías responderlo tú, ¿no crees? Eres tú la que se ha colado en mi Kōri. —a pesar de todo, la mujer parecía no estar enfadada por su tono de voz.
—¡¿Que esto es un Kōri?! ¿Estamos en un mar extraterrestre? —los Kōri eran conocidos por ser las pequeñas lanzaderas lanzadas contra las masas de agua de otros planetas para recolectar elementos.
—Sí, a treinta y dos metros de profundidad, y no es un mar. Estamos dentro de un criovolcán de Titán. Yo soy la operaria de este módulo de extracción, me llamo Erica. ¿Cómo te llamas tú y por qué te colaste?
—Me llamo Camino y bueno… Ya sabes… Trataba de darme un pequeño viaje. Les comenté a mis padres sobre unas supuestas vacaciones escolares para que no se les hiciese extraño que desapareciese una semana.
—No te preocupes, no voy a denunciarte. Creo que has tenido suerte escondiéndote en mi nave. Yo también fui polizón como tú, ¿sabes?
—¿Qué hacéis exactamente aquí? ¿Para qué viajáis hasta este infierno de metano helado?
—No todo es metano. También hay pequeños elementos indispensables para todos nosotros. Ahora mismo estamos filtrando TCV-1. La empresa Eruption se encarga de utilizarlo posteriormente en la síntesis de Anti-Sorcerer.
Camino se quedó pensativa. El Anti-Sorcerer era una sustancia inyectada a todas las personas una vez al año y de forma obligatoria. Sabía que se inoculaba para contener a la bacteria Sorcerer que habitaba en simbiosis en todas las células humanas, como un orgánulo más. Pero no lo era; este organismo era capaz de acabar con cualquier infección en humanos. Era la panacea biológica transferida a toda persona en su nacimiento, para protegerla de por vida. El problema era que, al integrarse en las células, también lo hacía, con el tiempo, en las neuronas, pudiendo llegar a producir fuertes dolores de cabeza. Por eso se inyectaba el Anti-Sorcerer. Este cóctel contenía la expansión de la bacteria anualmente. Tras la antigua hecatombe del Fin de Antibióticos, el descubrimiento de la Sorcerer en unos peces cavernícolas, inmunes a enfermedades, fue una noticia esperanzadora para la humanidad.
—Ya no recordamos la vida antes de la primera inoculación de la Sorcerer, pero los testimonios históricos de la Época Epidémica son escalofriantes…—murmuró Erica.
Camino había oído rumores de otro asunto relacionado con la bacteria milagrosa, pero nunca había ido más allá en sus indagaciones.
—Una vez oí que algunos gobiernos aprovechan la inoculación de la Sorcerer para integrar en ellas una especie de secuencia, un código individual para marcar a las personas numéricamente al nacer. —Camino miró a Erica con atención.
—Sí, algunos países hacen eso, pero de donde venimos está prohibido —una luz morada empezó a parpadear en el panel de mando—. Debemos ascender a superficie para volver a la nave a descargar. Mañana te enseñaré otro de los criovolcanes, en mi opinión el más bonito. —Erica sonrió a Camino despreocupadamente.
Durante el trayecto de vuelta, Camino observaba pensativa las aguas de Titán. Mientras, jugueteaba en el bolsillo con una vieja reliquia ya olvidada. Un carnet de colores con la foto y los datos de un antepasado suyo. Siempre le había dado suerte.
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