Dudo

Cuando aquella mañana se despertó sobre la cama al lado de Erwin, Dudo se sintió lleno de vida. El aire fresco de las primeras horas invadía la habitación a través de la ventana entreabierta. Las manos de Erwin se enredaban en su pelo, como lo hicieron la primera noche que pasaron juntos, la noche en que se conocieron y le puso aquel insólito y a la vez enigmático apodo.
-¿Sabes? Te llamaré Dudo- le dijo, sin que él, abrumado por el deleite de tantas caricias, le diese importancia a lo que parecía un simple juego.
Desde aquella primera vez, la sola presencia de Erwin le hacía olvidar lo extraña e inconveniente que resultaba su relación; desde aquel primer momento a Dudo no le importó lo que nadie pudiese pensar sobre ellos dos, porque tenía una única certeza: estaba vivo.
Juntos comenzaban el día, y juntos lo terminaban. Todas las noches, como en un ritual, Dudo acercaba su cuerpo al de Erwin procurándose calor, buscando un contacto que ahuyentara su soledad. Y cuando aún no había despuntado el día, antes incluso de abrir sus grandes ojos negros, percibía su presencia y eso le llenaba de vida.
Para Dudo, Erwin abandonaba demasiado pronto la cama los días que se encerraba durante horas a trabajar en la habitación al fondo del pasillo.
-Por favor, no entres- le advirtió la primera y única vez que Dudo quiso atravesar aquella puerta.
Cuando Erwin regresaba de sus clases, Dudo lo recibía en la entrada, y durante largos minutos los dos se abandonaban en arrumacos, mimos y ternuras. Luego llegaba la comida que compartían, y sentados alrededor de la mesa, Erwin le hacía partícipe de los acontencimientos diarios. Dudo lo escuchaba en silencio, asintiendo con complicidad ante cada nuevo descubrimiento que le relataba. Esos momentos disfrutando de su compañía eran, en esencia, su vida.
Pero aquella tarde, el gesto pensativo y abstraído de Erwin tras regresar de la facultad era el presagio de unos acontecimientos que Dudo nunca habría podido imaginar.
Tras dejar su abrigo sobre una silla, Erwin fijó su adusta mirada en Dudo, que se le acercaba lentamente para fundirse con él en un abrazo, como hacían diariamente desde el instante en que se prometieron amor eterno. Pero en esta ocasión, como poseído por un ser diabólico y traicionero, Erwin se zafó del abrazo. Con un gesto enérgico e implacable, lo agarró por el pelo y lo arrastró a lo largo del pasillo hasta aquella habitación en la que se parapetaba cuando no quería ser molestado.
La confusión y el sobresalto que provocó en Dudo aquel inesperado e inaudito comportamiento, no le impidieron ver que el rincón junto a la ventana de la habitación estaba ocupado por una extraña caja de madera de dimensiones suficientes para alojar su menudo cuerpo.
Estaba tan desconcertado que no opuso resistencia cuando se vio obligado a entrar en aquel pequeño habitáculo. Aceptó resignado el destino incierto que Erwin ya había dispuesto para él mucho antes de aquel encuentro definitivo. Miró sus ojos una última vez, con súplicas baldías, y a continuación, sobrevino la oscuridad.
Toda la vida que le había infundido el amor de Erwin se mezcló perversamente con una angustia que le impedía respirar, una incertidumbre que le hacía dudar de si realmente había vivido alguna vez, o siempre había estado muerto. Todas las experiencias compartidas, todos los felices episodios disfrutados al lado de Erwin que durante los últimos años le habían hecho sentirse tan vivo, quedaban eclipsados por aquel incomprensible, repentino y cruel comportamiento, hasta el punto de hacerle dudar de su propia existencia.
Podía sentir la presencia de Erwin al otro lado de las paredes de la caja... ¿o aquel universo de madera constituía una realidad única que se imponía a la ilusión que hasta entonces lo había mantenido vivo? Porque estaba vivo... sin duda tenía que estarlo. O no.
Y sumido en la desesperación que desataba aquella dicotomía, Dudo escuchó como Erwin Shrödinger cerraba la puerta de su despacho y lanzó su último lamento: miau.
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