LA GUÍA DEL TESORO

-Tengan cuidado, la puerta es baja -advertía Berta-. Cuando la crucen tardarán unos segundos en acostumbrarse a la penumbra y ver con claridad.
Mientras accedían en grupos de cinco a los habitáculos de unos 25 m², esperaba en el patio conformado, en el exterior, por la disposición de las tres viviendas reconstruidas.
- ¡Aaaay. No me puedo imaginar viviendo en un sitio tan pequeño y oscuro! -decía una señora trastabillando con los tacones.
- ¡Es como la cocina de mi abuela! La "lareira", el "burro" con la "gramalleira"- decía un hombre mayor señalando el hogar y el aparejo, en forma de horca, del que pendía una cadena que sujetaba la olla sobre el fuego-. El suelo de tierra, los embutidos ahumándose… falta la mesa, ¡pero incluso me huele a su caldo de grelos con chorizo!
- Si es una casa ¿Dónde está la tele?- Preguntaba una pequeña.
Le gustaba oír los comentarios. Alguna vez eran desdeñosos, pero generalmente mostraban sorpresa o admiración, en unas ocasiones porque evocaban un modo de vida muy distinto al de hoy y, en otras, porque se asombraban del parecido de estas construcciones, que reproducían el ambiente doméstico de la Edad del Hierro, con casas campesinas de la España de no hace tantos años.
Después de estudiar el período histórico al que pertenecía el yacimiento y de observar, registrar, pasear… sus restos, podía hablar horas de la configuración del poblado, del paisaje en el que se situaba, de las personas que lo habitaron…
Su guión condensaba de forma sencilla, pero fundada, los últimos avances en la investigación de la Edad del Hierro del Noroeste. Sin embargo, no todas las personas tenían el mismo grado de interés, ni se sorprendían por las mismas cosas, y a ella le gustaba adaptarse. Por eso se inspiraba en los comentarios, para hacer un guiado relevante al interés de quienes la escuchaban.
Visitadas las reconstrucciones, sitas en un extremo del yacimiento, el grupo la rodeaba y comenzaba lo que para ella era un rito de exploración de la vida que, dos mil años atrás, existió en el lugar. Comenzaba invitando a evocar un tiempo anterior en el que las personas, que carecían de muchas de las cosas que hoy tenemos, y utilizaban muchas otras que hoy ignoramos, vivían y se relacionaban, entre ellas y con la naturaleza, de modo distinto al nuestro. Después, recorrían los vestigios entreteniéndose en los detalles que evidenciaban su argumento.
Le gustaba detenerse en los espacios de vida cotidiana, porque le permitían desvelar el concepto de familia, las costumbres de limpieza, la dieta, la relación con la naturaleza… de los antiguos pobladores del lugar, mostrando así cómo valores que hoy consideramos universales son meramente culturales.
A medida que avanzaba en la narración, el grupo se enredaba más en su discurso siguiendo fascinado sus manos al señalar los vestigios que sus palabras iluminaban. Ella les confería un sentido hasta entonces ignorado. Alguna persona escapaba a su magia y hacía fotos, o charlaba indiferente a su relato, pero la mayoría quedaba atrapada en las ideas que imbuía con su elocuencia. Y ella se maravillaba de esta destreza descubierta poco tiempo atrás cuando, cansada vagar de excavación en excavación, por un salario incapaz de mantenerla, decidió volver a casa.
Cuando quiso ser arqueóloga, para descubrir “tesoros” y ver mundo, aún no se había estrenado la primera película de Indiana Jones, pero ella tenía la misma idea de la arqueología. Pensaba que consistía en excavar ruinas de grandes civilizaciones desaparecidas, recuperar sus objetos y seleccionar los más bellos o mejor conservados para exponerlos en museos. Creía que esto sólo se hacía en los grandes lugares como Roma, Creta o Egipto. En su imaginario no existían yacimientos locales. Desconocía que su pueblo, como muchísimos de Europa, albergaba también restos de las personas que desde el paleolítico o neolítico los habitaron.
Hoy sabe que el propósito de la arqueología no es descubrir vestigios de antiguas civilizaciones, sino estudiar el pasado humano a través de sus restos materiales. También sabe que, como el fútbol, se juega en ligas mundiales, nacionales y locales, como la que ella juega cada día con el reto de ilustrar un yacimiento de su pueblo.
Pero sigue pensando que descubre un tesoro a cada una de las personas que alcanza su relato, pues no encuentra mejor palabra, por más que busca, para definir la “revelación” que provoca en las mentes y las almas de quienes la escuchan y comprenden que la arqueología, descubriendo diferentes maneras de estar en el mundo, permite de-construir y evidenciar los fundamentos de la nuestra. Mostrar que el modo de vida actual es sólo una de las múltiples formas de humanidad posibles es el tesoro que cada día comparte con su público.
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