FUERZA CENTRÍFUGA

¿Qué es exactamente el miedo? Eso mismo se preguntó ella la primera vez que oyó esa palabra.

- Siento decirles que lo que su hija tiene es miedo.
- ¿Y eso qué es? ¿Se cura como el resfriado?
- Me temo que no, pequeña.

Cada vez que llovía en el patio del colegio, veía como los demás niños corrían a saltar en los charcos con botas de goma y colores chillones. Ella también quería salir, pero algo la paralizaba. Era el miedo, haciendo de las suyas. Cuando un avión pasaba cerca de la ciudad, sus ojos se cerraban fuertemente y su corazón se aceleraba tanto que se metía debajo de la mesa. “Pobrecita, ya está ahí otra vez”, pensaba su madre consternada.

Sus padres la llevaron a todos los sitios posibles en busca de una solución.

- Todo apunta a que tiene miedo a lo que no puede controlar - fue lo único que supieron decirles.

Los años pasaron y empezó a acostumbrarse a vivir con miedo. Sin embargo, cuando menos lo esperaba volvía esa sensación. El sudor. El no poder moverse. A lo que no se acostumbraba era a las miradas y cuchicheos. Los más atrevidos le preguntaban que cómo lo llevaba. En el instituto, notaba cómo los compañeros hablaban de ella.

- Mi madre me ha dicho que tiene miedo.
- Pues según mi padre eso ya es para siempre.

Empezó a buscar información. Leía en Internet, en la biblioteca, de día y de noche. Lo único que pudo encontrar fue que el miedo había sido descubierto hacía tan solo unos años. El artículo contaba además el primer caso que hubo en el mundo. En ese momento decidió dos cosas: quería dedicar su vida a eliminar el miedo. También quería encontrar al muchacho del que hablaba el artículo.

Lo primero comenzó después de una pregunta y muchos años de esfuerzo.

- ¿A qué me tengo que dedicar para acabar con el miedo? - le dijo un día a uno de sus profesores.
- Tienes que ser científica.

Lo segundo fue cuestión de casualidad. Estaba leyendo el periódico cuando un anuncio llamó su atención. Supo que era él. Cogió el teléfono y llamó. Lo que no se habría imaginado jamás es que ese chico “borrador de cualquier tipo de criatura fantástica literaria que provoque miedo en los niños” acabaría viviendo con ella.

- ¿Cómo se te ocurrió dedicarte a eso?
- Todo empezó con un libro sobre vampiros. Tenía 8 años. Desde ese momento, no podía dormir por las noches. Era incapaz de tranquilizarme. Mis padres empezaron a preocuparse y más cuando veían que nadie sabía qué me pasaba. Hasta que al final, primera persona con miedo en la historia. Decidí que ningún otro niño pasaría por eso. Así que empecé a cambiar las descripciones o ilustraciones de los libros.

Las horas de dedicación se incrementaban. Había días realmente interesantes donde parecía que iba por el buen camino. Cualquier avance, por pequeño que fuera, le hacía dormir feliz. Otros días, todo salía mal y notaba cómo le afectaban la frustración y el cansancio.

Fue una tarde de septiembre. Él estaba trabajando en su escritorio, inmerso en uno de sus libros. Ella tenía la vista fija en el ordenador y de vez en cuando garateaba en un papel. Doble click del boli. Escribía. Resoplaba. Tachaba.

- Voy a por agua – dijo él.

Ella no respondió. Se había quedado mirando un punto en la pared. Cuando volvió, ella seguía sin inmutarse. Su cabeza estaba viajando lejos de allí. De pronto, un parpadeo y una agitación de cabeza. Había reconectado. Comenzó a escribir. Había determinación en sus trazos.

- Ya está.

Cogió otra hoja y volvió a escribir. Su piel estaba erizada.

- Ya está. Ha estado aquí todo este tiempo. No sé cómo no lo hemos visto antes.

Se giró hacia él con ojos vidriosos.

- Ya sé cómo hacer desaparecer el miedo.

Él se levantó y cauteloso se acercó y se sentó a su lado.

- ¿Sabes? Hay algo que quería decirte y que ha hecho que cada vez me costase más trabajar. Creo que ahora es un buen momento: ¿Y si el miedo no es tan malo? ¿Y si es necesario? Es decir, míranos. Yo estoy aquí contigo gracias a que un día tuve miedo. Somos quienes somos, dedicándonos a lo que nos dedicamos porque sentimos miedo. Ha sido tratando de ser más fuertes que él cuando realmente hemos conseguido lo que nos propusimos. Vencer el miedo ha sido nuestro motor.

Ella había dejado de mirarlo.

- Di algo, por favor.

Sus ojos volvieron hacia él mientras sonaba un último click del bolígrafo.

- Ven, levántate – dijo al fin.

Esa noche llovía. Y no, no la habrías encontrado en su apartamento. Tampoco sus botas de goma y colores chillones.

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