Piel de Luna, Piel de Fuego, Piel de Agua

Acudió a mí con una petición imposible: quería un vestido del color de la luna llena.
Habían pasado muchos años desde la última vez que había visto a mi rey, antaño mi mejor amigo; los asuntos de la corte no eran cosa mía sino de mi hermana Doña Perfecta. Después de todo, la habían elegido a ella como Hada del Reino, y yo me había retirado al bosque, donde intentaba descifrar el lenguaje volátil de los árboles.
Hacía mucho que no pensaba en él, pero verlo fue como retroceder en el tiempo a días más felices, aún llenos de esperanza.
Antes de que se convirtiese en rey; antes de que se enamorase locamente de otra mujer; antes de que tuviesen una hija —y nombrasen a Doña Perfecta como su hada madrina—.
Me había enterado de que la reina había muerto tras una larga enfermedad, dejándolo viudo y desconsolado.
Pero ahora, ¿a qué venía esta petición. ¿Por qué un vestido de luna?
—Porque me lo ha pedido mi hija— respondió, pero yo sabía que aquella idea no había sido de la princesa sino de mi hermana.
Y, en lugar de fijarme en el brillo extraño en la mirada del rey y seguir preguntando —¿pero por qué quiere tal cosa, y por qué quieres dársela?—, lo único que pensé fue una estupidez egoísta: «Si consigo lo que pides, verás que soy mejor que mi hermana, que soy yo quien merece ser el Hada del Reino.»
De pequeñas mi madre solía repetirnos que cualquier ciencia lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia, algo que ella sabía muy bien: como Hada del Reino había dispuesto de recursos ilimitados para sus experimentos, que luego convertía en trucos de salón para la corte.
Ahora se me abrían las arcas del reino… a cambio de la luna.
La contemplé durante muchas noches. Sabía que no brillaba por sí misma sino que reflejaba, como un espejo, la luz del sol. ¿Cómo lograr convertirla en vestido?
Entonces un escarabajo vino en mi ayuda. Se llamaba Cyphochilus, y su exoesqueleto era un vestido de escamas no teñidas, sino hechas de blanco lunar: el microscopio reveló que los “ladrillos” de su caparazón estaban colocados de una forma tan especial, que aparecían deslumbrantemente blancos. El color emergía, como por arte de magia, en su estructura —y así cubrí el vestido deseado con aquellas escamas de luna.
Esperaba una palabra de agradecimiento, de asombro.
Sólo recibí una nueva petición imposible: un vestido del color del fuego. Ni rojo, ni amarillo, ni naranja ni azul. Debían estar todos, y bailar como bailan en las llamas.
Casi podía escuchar la risa burlona de mi hermana retándome, y durante días creí que fracasaría y decepcionaría a mi rey.
Entonces acudieron los pájaros en mi ayuda, desde colibríes hasta pavos reales: la estructura de sus plumas irisadas conjuraba tonalidades brillantes como las llamas, combinándose con pigmentos en gotitas de color.
Cubrí una tela con plumas… pero no: parecía un vestido de pájaro. Por fin las deshilaché para convertirlas en hilos iridiscentes, y con ellos obtuve el tejido del color del fuego.
Y un fuego peligroso ardía dentro del rey al pedirme una tercera tarea imposible, a la que debería haberme negado pero fui incapaz de resistir al desafío.
Necesitaba un vestido del color del agua, que no tiene color pero puede tenerlos todos, cambiante e imprevisible como el océano.
Viajé a la costa para empaparme de mar. Paseando cada día con el agua hasta las rodillas, casi había perdido la esperanza cuando me acerqué a una charca inundada por la pleamar, y lo descubrí: lo que había sido una masa de algas marrones era ahora una piscina de ópalos sumergidos. Cystoseira tamariscifolia, la llamé por su nombre, y me maravillé ante sus turquesas y verdes irisados. Al sacarla del agua para examinarla a la luz del sol, sus colores opalinos se apagaron hasta quedar parduscos y sin vida.
«… He aquí la clave para crear el vestido de mar.»
Lo terminé tras meses de arduo trabajo en el laboratorio. La impaciencia del rey era tal, que casi me arrebató el vestido de las manos. Temblaba como un niño, y cuando alzó los ojos algo se me encogió dentro.
Mi rey temblaba como un loco, y a mí me tembló la voz al preguntar lo que debería haber preguntado desde el principio.
— ¿Por qué necesita tu hija una segunda piel de luna, de fuego, de agua? ¿Por qué te ha pedido que hicieses milagros?
Mi rey sonrió, y fue la sonrisa de un demente cuya obsesión enfermiza ha borrado las precauciones que la evolución había inscrito en su cuerpo.
— Porque si no se los entrego, no accederá a casarse conmigo.
Y mi triunfo supo a vómito y a desesperación.
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