La pequeña enigmática

La sensación era de excesiva humedad, y no era para menos, pues en la selva de Chiapas, México, cerca de las ruinas de Bonampak, la humedad es en gran parte la responsable de la enorme biodiversidad de la región. Imagina escuchar el canto de los cientos de pájaros exóticos, el agitar de las grandes hojas de la selva mientras la fauna local se mueve para comenzar el día y, por el atardecer, escuchar a los millones de insectos merodeando por ahí, mientras que los monos saraguatos y monos araña disfrutan de su territorio. Y qué decir del aleteo de los murciélagos que atrapan al atardecer su alimento y, contentos, cantan por el gran festín. Incluso alcanzar a escuchar el rugido de un ocelote o del poderoso jaguar.

Sin importar el día o la hora la lluvia era una constante. Primero sentir el cambio de temperatura y, posteriormente, percibir el olor de la tierra mojada para, finalmente, escuchar el ritmo incansable de la lluvia al caer. Un día tras otro escuchando esos enigmáticos sonidos, oliendo el ambiente selvático e imaginando el dinamismo de los integrantes de ese inmenso lugar. La selva lacandona era el sitio ideal para comprender las interacciones ecológicas tan particulares que ocurren de manera simultánea y peculiar.

Lo que sin duda alguna no esperaba era pasar trece días en un pequeño refugio en medio de la selva, secuestrada, con los ojos vendados y atada de pies y manos: ¿Cómo escapar? ¿Hacia dónde ir? Estaba padeciendo la melancolía del ciborg. En ese momento formaba relatos utópicos y me cuestionaba sobre la frontera más cercana y el peregrinaje que tendría que hacer para llegar a un lugar seguro. Aunque en realidad también llegué a pensar que no habría un sitio más seguro que en el que me encontraba en ese instante.

Un día el viento trajo consigo una suave esencia a vainilla que me reconfortó. Casi de manera inmediata sentí como alguien trataba de quitar mis ataduras, pero el esfuerzo que hacía para liberarme era demasiado y, por un momento, parecía que se asfixiaba. Cuando logró quitar la venda de mis ojos, primero creí que tantos días sin luz habían afectado el potencial electroquímico de mis conos y bastones y que lo que veía no era del todo real. Sin embargo, pronto entendí que lo que habían comentado los habitantes de un pequeño poblado abandonado en el que habíamos parado era cierto: estaba ante un “dios lacandón”. No sabía que me decía -no hablo “idioma deidad” todavía- pero sí reconocí un par de flores transparentes que tenía consigo y que me estaba ofreciendo. Era la pequeña enigmática Lacandonia schismatica, un evento único de la evolución ante mis maltrechos ojos. Quería llorar, sentí unas enormes ganas de llorar, pero no sabía si era por tener entre mis manos esa pequeña flor única, por haber sido liberada, por no poder comunicarme o, por lo inverosímil del rescate a manos de una deidad. Sus manos eran transparentes, era uno de esos seres de luz sumamente frágiles que describían los pobladores. Era casi tan blanco como los pétalos invertidos de la diminuta Lacandonia. Sus ojos parecían no mirar y, no obstante, sabían perfectamente hacia dónde ir. Yo sencillamente lo seguía, pero iba tropezando sin cesar en medio de la selva. Lo blanco de su piel, de su cabello y de su vestimenta adquirió color cuando su nariz comenzó a sangrar. Fue entonces cuando supe con certeza que no era una deidad, sino que se trataba del resultado de un terrible proceso endogámico.

La lluvia que comenzó a caer limpió su rostro y, en parte, sus vestimentas. Mientras nos refugiábamos del chubasco pude contemplar que me encontraba justamente en el sitio que, en el siglo XIX, los cortadores de maderas preciosas denominaron el “Desierto de la Soledad”. Estar viva en medio de esta desértica selva, después de un secuestro, era casi un evento sin precedentes. Yo pensaba: uno en 250 mil casos. Es la cifra que las autoridades mencionaban sobre la resolución de casos de secuestros al año, la misma cifra que dieron cuando la diminuta flor endémica que me dio mi liberador fue descrita como única en su clase. Tan extraña, tan particular, tan poco habitual, tan extraordinaria.

Escribo esto para comunicar que simplemente fui rescatada. Mi salvador ha muerto y su cuerpo se ha llenado de Lacandonias que como buenas saprófitas se alimentan de su divinidad avainillada. Aquí ha habido un delito más que la selva lacandona transformará en otra historia que los pobladores contarán sobre este misterioso y mítico lugar.
  • Visto: 9