Retrato en blanco y negro

Hedwig. Así me llamo. O me llamaba. Hedy me llaman todos, incluso mis amigos o mis incontables maridos. ¿Quién es Hedwig? ¿Quién es Hedy? Ni yo misma lo sé.
Arrastro el deteriorado cuerpo de Hedwig mientras recuerdo todo lo que me ha llevado hasta este final tan deslucido. Observo a Hedy en el retrato que hay sobre la mesilla, en el máximo esplendor de su belleza, con aquel mujeriego de Clark Gable que ya lleva una vida descomponiéndose en un ataúd, no mucho más pequeño que este piso donde me he recluido.
Hedwig, Hedy, ¿cuántas personas podemos ser, si ya es bastante difícil ser una? La hija, la madre, la esposa, la amante, la diva, la inventora, la empresaria, la adicta, la ladrona ... quizás cada una de ellas merecería tener su propio nombre. Y ninguna de ellas me representa mientras que lo hacen todas a la vez, como un coro griego.
¡Hoy me han dado un premio! La Hedwig inventora piensa que ya era hora después de 60 años. La Hedy diva calla, algo que sabe hacer muy bien. La hija de Emil Kiesler es muy feliz e imagina como de orgulloso se sentiría su querido padre. ¿Verdad, padre? Tú que me empezaste a descubrir los secretos de las máquinas y de la electricidad y que tanto sufriste cuando una máquina eléctrica grabó para siempre las imágenes de tu hija desnuda.
¿Como se llamaba aquel director? ¿Gustav? Se hacía el gran artista sólo para poder escandalizar a los pequeños burgueses de Viena. Pero la Hedy diva no puede quejarse. Gracias a aquella película, de alguna forma, se le abrieron las puertas de Hollywood. La Hedwig esposa, sin embargo, le debe el primero de sus lamentables matrimonios.
Fritz, tan rico y tan miserable. Se encaprichó de la belleza de Hedy y nunca conoció a Hedwig. Era tan celoso que se gastó una fortuna intentando adquirir en vano todas las copias del film. Toda mi vida ha sido una lucha por librarme de los Fritz (maridos, directores, productores, militares ...) que sólo querían de mí lo que ellos esperaban. Los representantes de una sociedad insensata, ilógica y egocéntrica, que no busca más allá de la fachada y no espera encontrar en los otros más que un triste reflejo de sus mezquinas expectativas. Lo he intentado, lo he intentado de verdad, pero sólo he conseguido la más absoluta incomprensión.
A veces me gustaría salir de este piso que me tiene enclaustrada, pero no puedo. Incluso cuando viene Dolores a faenar me aparto para que no vea en lo que me han convertido los años y las operaciones. Paso las horas hablando por teléfono, mis nietas casi sólo me conocen por la voz, mis amigas no me reconocerían, como yo ya no me reconozco las veces que tengo el suficiente humor para mirarme al espejo.
¿Qué hora será en Washington? ¿La misma que aquí? Creo que llamaré a Tony para que me diga cómo ha ido la entrega del premio. ¡Pobre hijo, ha sido siempre tan paciente con su madre!
-¿Hola?
-¿Tony, como ha ido el acto?
-Madre, estaba justo en medio del discurso de aceptación.
Oigo gente que ríe en la sala.
-Oh, perdona. Ahora cuelgo. Gracias por haber aceptado representarme, dales las gracias de mi parte. Adiós, hijo, te quiero.
Incluso el día que recibo el premio que reconoce mi valía como inventora, se deben pensar que soy una vieja estúpida. Inventora. A Hedwig le gustaría que la recordaran por esta profesión. A Hedy le habría sido indiferente.
Paso los canales del televisor sin fijarme en nada. Así empezó todo, con un mando a distancia. Al principio, George era escéptico, pero su mente inquisitiva no tardó en ver su potencial. También económico, por qué no decirlo. Un músico vanguardista era lo que menos necesitaba el Hollywood de la época.
Ay, George, si aún vivieras, hoy ambos recibiríamos el reconocimiento que nos faltó cuando éramos jóvenes. Todos los sistemas de comunicación modernos utilizan el salto de frecuencias que queríamos aplicar a los torpedos, ¿te lo imaginas? La idea loca de un músico experimental y de una estrella de cine, una combinación imbatible.
Estoy agotada. A mi edad incluso recordar cansa, pero poco más queda, aparte de los recuerdos. Los recuerdos de Hedwig Kiesler y de Hedy Lamarr se mezclan en un caleidoscopio en Technicolor: hija amorosa y actriz escándalo, madre coraje y adicta insufrible, mente brillante y mirada vaga, reina de la belleza y de la sutura, riqueza, ruina, fama, olvido.
Hedwig le desea buenas noches a Hedy a la que, en el retrato, el galán observa con una sonrisa adecuadamente irónica. Las dos hemos intentado ofrecer al mundo lo mejor de nosotras mismas. Hoy, de alguna manera, lo hemos conseguido.
Así mañana será un día un poco menos gris en esta soleada Florida.
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