SOL DE INVIERNO

El sol apretaba como todas las mañanas de aquel verano. Esta vez iba a ser largo, pensó sonriendo. Había sido un invierno duro y, allí en la estepa, donde hasta hace poco cubría la nieve, la gente agradecía cierta calidez, aunque fuese suave. Salió de casa con los ojos entrecerrados, camino del granero.
Hacía poco más de un año que habían venido a instalar el sistema de calefacción. Le habían dicho que no requería supervisión, que ellos lo monitorizaban todo desde la Universidad y, si hubiese algún problema, lo sabrían de forma inmediata. Pero recelaba un poco de que aquello funcionase desde tan lejos, aunque no dijo palabra entonces, por educación; después de todo ellos eran los profesionales. De todas formas, tampoco perdía nada; todas las mañanas entraba en el granero y, café en mano, echaba una ojeada al panel de control. Una luz verde indicaba que todo marchaba bien; una luz roja, que había algún problema. Aquella mañana, como todas desde que lo instalaran, todo marchaba bien.
Se sentó junto a la puerta, disfrutando de aquel sol mientras apuraba el café. Esta era la hora en que Carla solía ir al colegio. Casi podía verla salir corriendo porque perdía el autobús. Siempre tenía la cabeza en otra parte. Siempre con libros extraños llenos de fórmulas y hablando de cosas que, a él, le parecían demasiado fantásticas; y que ella siempre insistía en que no, que aquello era ciencia de verdad. Y ella se desesperaba. A él nunca se le dieron muy bien los números. Hacía poco más de un mes que se había ido a la escuela preparatoria para la Universidad y ya la echaba de menos. Le había dicho que volvería para Navidad, pero aún quedaban varios meses. Nunca había pasado tanto tiempo sin ver a su hija.
Fue el verano anterior, cuando recibió la carta de aquellos científicos. Aunque suponía que la carta intentaba no parecer muy técnica, apenas entendia lo que decían. Le hablaban de sistemas de calefacción y cultivos para el invierno que le parecieron, ciertamente, fantasiosos. No era la primera vez que recibía propuestas similares. Siempre le habían dado mala espina; intuía intenciones ocultas y lucrativas que nada tenían que ver con mejorar su situación. La vida allí era dura, pero se negaba a ceder ante ese tipo de personas.
Aunque esta vez fue distinto, concertaron una visita y vinieron cinco personas: todos científicos. La verdad es que nunca recordaba el país ni el nombre de la Universidad. Con la ayuda de un intérprete le explicaron todo el proyecto. Le pareció maravilloso e increíble que pudiera llevarse a cabo algo así. Cuando preguntó que cómo podía ser que aquello funcionase, trataron de explicárselo. Le hablaron de que los átomos no son como bolas, sino que se comportaban de forma extraña. De pronto, se perdía como tantas veces le había pasado cuando Carla, tras levantar la cabeza de alguno de sus libros, corría a contarle algo que acababa de aprender. De hecho, Carla, que hablaba inglés, no se despegó de ellos en ningún momento; era un auténtico hervidero de preguntas.
Siempre había pensado que Carla tenía una mente formidable. Le interesaba todo y, sin importar lo complicado que fuese el problema, ella lo entendía rápidamente. Aquel año acabaría el instituto y él sabía que no podría costearle la Universidad. Era algo que le había angustiado durante los últimos años. Ellos también debieron quedar impresionados con ella, porque a los pocos días le propusieron recibir una beca para cursar los estudios universitarios completos. Ella no cabía en sí de emoción.
Volvieron en noviembre. Pasaron en total tres semanas con la instalación del sistema, hasta que comprobaron que todo marchaba correctamente. En verano le habían dejado unos libros a Carla que estudió concienzudamente y, cuando regresaron, incluso ayudó en ciertas tareas técnicas. Pasaron el invierno los dos juntos y, por primera vez, con el calor propio de un hogar. Los cultivos marcharon bien e, incluso, pudieron vender algunos excedentes. Con parte de las ganancias compraron un ordenador, que él podría utilizar para hablar con ella en la distancia y podrían verse las caras.
Aunque muy frío, fue un gran invierno. Ella le habló de todas las cosas que aprendería. Le habló de unos agujeros negros que estaban por el espacio y que atrapaban incluso la luz y también de cosas tan pequeñas y traicioneras que casi sintió que se mareaba. Nunca la había visto tan feliz. Sintió un orgullo enorme de saber que, quizás en el futuro, ella haría algo similar a lo que hicieron aquellos científicos, posiblemente muy lejos de allí, en alguna selva o algún desierto: algún lugar muy exótico. Y que volvería a verle y le contaría todas las cosas que había hecho y visto. Y todas las que le quedarían por hacer.
  • Visto: 323