Conos

Patricia y César se presentaron muy pronto en la puerta del local. Aunque ya tenían sus entradas numeradas, siempre que iban al cine intentaban ser de los primeros en la fila. Sus padres tenían esa costumbre cuando iban todos juntos en familia, hace años. Después, cuando comenzaron a salir los dos hermanos solos, siguieron con su hábito de ser innecesariamente puntuales.

Por fin se estrenaba el capítulo XV de su saga galáctica favorita. Se suponía que éste era el capítulo final, en el que se decidía el destino de todos los personajes que ya llevaban lustros formando parte de la vida de millones de seguidores en todo el planeta, casi como si no fueran actores digitales. Sus perfiles personales en la Red Social contenían más matices que los de la mayoría de la gente real, hasta el punto de que se corría el rumor de que, algunos de esos perfiles no estaban gestionados en realidad por un algoritmo sino que había un simple equipo humano detrás.

Ni Patricia ni César descartaban que no se fueran a rodar más películas de la saga. No sería la primera vez que se inventaban algún nuevo giro de guión extravagante que devolvía el interés por algún personaje que antes parecía que no tenía relevancia en la trama. Precisamente estaban hablando de ello con sus vecinos de fila cuando abrieron las puertas. Entraron andando rápido, sin ni siquiera fijarse en el dispensador gratuito de palomitas de maíz. Querían sentarse en sus butacas cuanto antes. Atravesaron la puerta de la sala correspondiente y recorrieron las amplias escaleras en la penumbra, sin preocuparse de mirar dónde estaba su fila. Llevaban tanto tiempo asistiendo a la misma sala y reservando las mismas butacas, que habrían podido hacer todo el camino con los ojos cerrados. Para ellos, las butacas 24 y 25 de la fila 9 eran las perfectas.

Solo cuando se hubieron sentado, César se sintió relajado, como si, hasta ese instante, no se creyera que iba a poder disfrutar de la película sin contratiempos. Cuando deseaba algo con muchas ganas, siempre se imaginaba un montón de motivos absurdos por los que podría no conseguirlo. La noche anterior soñó que habían reformado el cine, que habían puesto una columna justo delante de su butaca de siempre, ya reservada, y que solo podía ver la mitad derecha de la pantalla.

Pero no era así. Desde sus asientos, los dos hermanos veían perfectamente la pantalla a una distancia ideal para apreciar toda la magnitud del espectáculo en tres dimensiones que les esperaba. Así que, respiraron hondo, cogieron sus envases de colirio y se aplicaron cuidadosamente las gotas en los ojos, mientras se decían a sí mismos “bote colorado para el siniestro lado, bote turquesa para el de la derecha”. Se inventaron esa cantinela para asegurarse de no equivocarse, pues la primera vez que fueron a ver una proyección en tres dimensiones, Patricia se confundió en el orden de los colirios y tuvo que ver toda la película percibiendo los objetos lejanos como cercanos y los cercanos como lejanos.

El resto de espectadores hizo lo mismo si bien algunos de ellos ya se habían aplicado los colirios antes de entrar en la sala. César y Patricia preferían hacerlo justo antes del comienzo de la película, para no arriesgarse a que el efecto se pasara antes del final. En pocos segundos, gracias a la tecnología “CRISPR/dCas46”, los receptores para el color rojo del ojo derecho, y los receptores para el color azul del ojo izquierdo, quedarían inhibidos durante unas dos horas y media, y podrían disfrutar de espectaculares entornos espaciales en tres dimensiones sin necesidad de incómodas gafas ni lentillas.

La película no les defraudó. Como se temían, o, mejor, como deseaban, el final parecía indicar que habría más capítulos. Mientras se les pasaba el efecto CRISPR, de regreso a casa, fueron comentando sus escenas favoritas, en las que, a decir verdad, no solían coincidir demasiado. Para César, lo mejor siempre eran los combates espaciales mientras que Patricia disfrutaba más de las escenas en las que la pareja protagonista discutía. Al llegar a casa, sus padres les preguntaron si lo habían pasado bien y contestaron que sí, que era la mejor película de la saga. La verdad es que les parecía lo mismo todos los años. Pero aquel día en particular, Patricia dijo algo más. Sonriendo, exclamó: “papá, mamá, ¿sabéis que el cine ya no es como antes? ¡ahora las palomitas son gratis!”
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