Lluvia

Su vida había cambiado sutilmente desde que la Lluvia había comenzado a correr sin ninguna vergüenza por las paredes de su salón, en especial, por esa pared lateral en la que estaba colgado aquel cuadro tan horrible que les regaló Pedro. La pared de vez en cuando llovía. Sí, sí la pared llovía, tal cual. No era muy importante porque el suelo luego nunca aparecía mojado, debía de ser agua de secado rápido, algo de los nuevos tiempos que nunca dejan de sorprenderte. También podía ser simplemente una gotera, una vulgar gotera sin misterio ni belleza. Pero también debía de ser de secado rápido porque unos días estaba y otros no.
Y de eso, hacía ya cuatro años.
Fue un poco después cuando Lupo volvió, lo cual, al principio, la llenó de alegría y de desconcierto a partes iguales, aunque luego fue venciendo el júbilo de su proximidad. Lo había echado tanto de menos. Lupo fue su soporte más importante tras la pérdida de Luis. Durante los primeros meses nunca se le separaba, lo cual aliviaba extraordinariamente su sentimiento de soledad. Por eso fue fácil que su sorpresa inicial fuera reducida hasta el silencio por la reconfortante sensación de verlo paseando por el pasillo. Ahora ya no se sentía tan sola. Pero es que además de que Lupo había vuelto y de nuevo dormía con ella, a los pies de la cama, resulta que de vez en cuando tenía invitados a cenar. Debía ser que el vecindario se había enterado de lo de la pared. Eso le quitaba puntos a la hipótesis de la gotera, nadie va a mirar una gotera a la casa de un desconocido. Claro, la cosa cambia si es la pared la que llueve. Debía de ser por eso, al fin y al cabo, sus amigas ya no podían salir tanto de casa o se habían ido también como Luis. De hecho, y no es por presumir, ella era la que mejor estaba de todas, incluyendo a sus hermanos, y eso que era la segunda. El caso es que había “noches de invitados” como ella las llamaba. Lo bueno es que no comían mucho y solían ser calladitos. Se sentaban con ella y suponía que debían mirar la pared, aunque la mala suerte es que cuando ellos estaban la pared nunca llovía. Lo sentía realmente por ellos, porque mira que venir para nada, pero no podía hacer más, de hecho, la pared cada vez llovía menos y con menos frecuencia. Y, aun así, ya había cambiado su vida y seguía haciéndolo de maneras sorprendentes. Notaba algo distinto. Y ya no por la sombra que la acompañaba cuando no estaban Lupo ni los invitados, si no porque poco a poco, sentía que se había instalado a vivir en una especie de nube. Quizá era por eso por lo que la pared ya no llovía tanto, porque la casa misma, ella misma, se estaban convirtiendo en una nube. La verdad es que no era muy agradable, neblina por aquí, neblina por allá, tener que estar con los invitados, que estaban poco y no molestaban, pero claro, los tenía que atender en una nube y ya no estaba para esos trotes. Que, si lo tenía que hacer lo hacía, pero terminaba con dolor de cabeza. Que por su retina ya habían pasado demasiadas cosas: había nacido había crecido trabajando, había emigrado para seguir trabajando, había tenido hijos, los había perdido, se había repuesto y ahora se convertía en nube, curioso destino inescrutable. Y todo porque su pared había empezado a llover, seguro que había sido culpa del cuadro que les regaló Pedro, era horrible.
Aquella mañana de mayo se había levantado con esa canción que cantaban en la escuela, su propia voz sonaba fuera como si se oyera por la radio. Ella, cantando por la radio, con una resonancia extraña. Esa radio que no había en ningún lugar de la casa nube. Y fue entonces cuando lo vio. Al girar la esquina para ir al baño, ahí estaba él, pálido, alto como nunca lo había visto, inmóvil, vestido con una túnica negra que le llegaba hasta los pies. Luis estaba allí, en la parte más oscura del pasillo, y la miraba.
Y fue entonces cuando vino. Y fue entonces cuando sus secretos llovieron a cántaros en la consulta.
- ¡Pero tú eso no me los habías contado nunca, mamá!
- Ya, porque me ibas a tomar por loca.
Y fue entonces cuando por primera vez escucharon las palabras enfermedad con cuerpos de Lewy, una enfermedad que afecta a alrededor del 15% de las personas con demencia y que es tan desconocida como ocultos muchos de sus síntomas por temor a la incomprensión y el estigma.
- Tranquila, que no le quitaremos a Lupo si no quiere - concluí.
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