Sistema de Protección Ciudadana

Vi el miedo reflejado en el rostro de todos los agentes de seguridad de la sala de control. La mayoría de ellos eran jóvenes y nunca habían sido testigos de una situación semejante.
Nada más entrar me fui al oficial de guardia y le pedí un resumen de la situación.
—Comisario Tolosa, se trata de una mujer, joven, veintiséis años, no sabemos cómo, pero se ha extirpado el implante y está fuera del sistema. ¡Está fuera del sistema!
—Quiero imagen.
Por aquel entonces estaba más cerca de la jubilación que de un ascenso en mi carrera, así que lo único que deseaba era poder solventar aquel incidente sin mayores problemas.
Las pantallas me mostraron lo que pedí, imagen enviada desde los drones que sobrevolaban la zona. La joven caminaba tranquila en mitad de la calle. Decenas de ciudadanos la miraban desconcertados. Se apartaban a su paso al ver que un reguero de sangre le caía por la espalda desde la nuca.
Los implantes son injertados a todo ciudadano en el momento de su nacimiento. Recoge la información de la zona límbica del cerebro y la envía al Sistema de Protección Ciudadana. Gracias a un perfil único, también se envía todo lo que publicamos a través de las redes sociales, lo que compramos, lo que miramos, lo que consumimos, con quién nos relacionamos y de qué manera lo hacemos.
Mediante nanorrobots, el sistema sabe también cómo nos alimentamos y qué sustancias tomamos. Nos puede aconsejar o enviarnos al médico si detecta cualquier problema o inestabilidad emocional.
Toda nuestra vida está supervisada por el sistema. Esa información es confidencial, encriptada y nadie tiene acceso a ella.
Por desgracia, a veces los seres humanos tienen impulsos ocultos, deseos oscuros e intenciones deshonestas y criminales. En esos casos, si el sistema se ve incapaz de ayudarlos, nos avisa a nosotros. El Cuerpo de Protección Ciudadana entramos en acción y detenemos al individuo antes de que sea peligroso para el resto.
Pero aquella joven... Se había extirpado del sistema, y no enviaba ninguna información. Hacía décadas, los sujetos que lo hacían, al rechazar el programa, acababan cometiendo alguna atrocidad.
Así que podía entender el miedo que veía reflejado en el rostro de mis subalternos, estaba justificado. En aquellos momentos el sistema ya estaba enviando información a toda la ciudadanía cercana para que se alejara de allí, para que se pusieran a salvo.
—Quiero un primer plano de la joven, quiero verle la cara, de cerca.
Si el sistema no podía saber su estado emocional, me tocaría a mí valorar sus intenciones con solo mirarle el rostro. ¿Me acordaría de cómo se hace?
La joven me pareció muy guapa, y caminaba con una amplia sonrisa en el rostro. Me transmitió paz y armonía. Si el problema era una enfermedad mental, el sistema la habría detectado antes del brote, antes de que llegara al punto de extraerse el implante.
Intenté ponerme en contacto con ella a través de uno de los drones, pero ignoró todos mis avisos acústicos. No quería hablar con nadie, al menos que no fuera en persona. Pero no iba a arriesgar la integridad física de nadie, ante aquella situación en la que no podíamos controlar el resultado. No podíamos conocer sus intenciones.
Un mensaje, mediante realidad aumentada, apareció frente a mí. Solo yo podía verlo, era del sistema, que me aconsejaba cómo actuar y recuperar el control. Ignoré el mensaje.
La joven murmuraba algo, movía los labios, estaba hablando. Acerqué más uno de los drones y me estremecí al oír su voz.
—Al fin, libre.
—Neutralización no letal, ahora.
El dron obedeció mi orden y un proyectil que contenía un potente narcótico fue disparado. La joven cayó enseguida al suelo. Pronto, un equipo de agentes y médicos la recogerían y la trasladarían para valorar su estado psicológico y emocional.
El mensaje que el sistema me había enviado, y que yo había ignorado, martilleaba mi conciencia.
«La ciudadana no volverá a aceptar el sistema, recomiendo su eliminación para la futura protección del resto de ciudadanos».
Un escalofrío recorrió mi espalda, a sabiendas que la joven ya estaba condenada, decidiera lo que yo decidiera.
El oficial de guardia se levantó y me miró con rareza. Noté que sus manos temblaban, así como lo hizo su voz cuándo se dirigió a mí.
—Comisario Tolosa, lo siento, yo...
—No me lo diga —sonreí—. El sistema recomienda mi relevo, ¿no es así?
—Será lo mejor para todos.
Me di media vuelta y salí de la sala. Pero no iba a irme a casa, así sin más, de vacaciones tal como aconsejaba el sistema. Tenía que conocer a aquella joven en persona y hacerle una sencilla pregunta: «¿Qué has sentido?».
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