Perpetuarnos

Estoy exhausta. Llevo más de media vida preparándome para esto pero cada día veo más complicado conseguir mi objetivo. He luchado contra barreras flexibles pero impenetrables, muros invisibles pero infranqueables que me permitían visualizar mi objetivo pero no acercarme a él. Había oído hablar de su existencia y siempre consideré que se trataba de una leyenda urbana. Ahora que es mi turno compruebo que son tan reales como el miedo que me atenaza cuando siento que no lo lograré.
He visto a compañeras aniquiladas cuando casi parecía que lo habían logrado. Pero eso no es culpa de esas mallas invisibles y a la vez insalvables. Lo que nos hace caer es ese olor cada vez está más presente en el ambiente. Los seres que antes me embriagaban con su aroma, expelen ahora un hedor que me impide respirar. He visto a muchos, no solo de los míos, caer fulminados con solo acercarse a esos cuerpos embadurnados de una materia desconocida. Recientemente ha surgido un pitido que te taladra la cabeza hasta hacerte enloquecer. Algunas compañeras logran superarlo; no es mi caso. Ese sonido convierte en intransitables vastas áreas que deben proteger suculentos banquetes, mientras a nosotras nos cuesta encontrar cada día qué comer. Al menos el sonido no te mata.
No sé cómo ha sido, pero de un tiempo a esta parte se han multiplicado las gambusias. Además de ser cada día más escasas, las charcas, otrora tranquilas, están llenas de estos peces que atacan a los mayores sin recato, pero que también engullen sin alterarse, sin mostrar la más mínima compasión, a los más pequeños. Es ruin atacar así a los más vulnerables, a los que no pueden defenderse. Hubo un tiempo en el que montábamos escuadrones de defensa, pero resultaron inútiles. Las aguas están pobladas de ellas y cada día son más voraces. Me pregunto cómo conseguiremos perpetuarnos
Anoche, por fin logre que me inundara el ansiado sabor dulce y espeso de fluido rojo. Estaba a punto de tirar la toalla, cuando de pronto apareció allí, tumbado en la hierba. Estaba descansando, tomando grandes bocanadas de aire. Al principio noté un leve tufo repelente pero descubrí una breve línea libre de ropa en la que posarme. Sobrevolé sigilosa. Me temblaban las patas de pura emoción. Inyecté mi trompa suave y lentamente, tratando de no alterar nada y me deleité con el goce del calor húmedo que me recorría por dentro.
Estoy a un paso de conseguirlo pero soy consciente de que el cerco se estrecha cada día un poco más. Las aguas estancadas de las que hablan los relatos populares que tanscienden en el tiempo son cada día más difíciles de encontrar. No queda una charca sin cloro, un espacio seguro donde depositar a mi progenie. Pero, si he logrado lo que hasta hace unas horas me parecía imposible, seguro que doy con un espacio húmedo y tranquilo para mis pequeños. El hueco de una planta, la rodadura en el barro de un camión, un espacio entre rocas del humedal… Las charcas y los ríos están descartados, esas locas con escamas lo devoran todo.
No entiendo esta persecución encarnizada. No puedo comprender a qué se debe esta guerra sin cuartel que alguien ha emprendido contra nuestra especie. Apenas una pizca de líquido escarlata es lo que tomo para mis pequeños. Un ligero picor es todo lo que provoco. ¿Qué sentido tiene invertir tantos esfuerzos para negarme una gota de sangre que me permita perpetuar mi especie?

'Anopheles'
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