¡Todo sea por la ciencia y el progreso!

Me llaman pesimista, así soy; es innegable.
Aunque no he sido siempre así, he cambiado con los años. Ahora que estoy en época de mamografías, pastillas para la tensión y vino en vez de ansiolíticos, me inunda el pesimismo. He de decir que con cierta indiferencia y pasotismo, con la absoluta certeza de que no hay nada que pueda hacer por cambiar las cosas. Pero si hay algo que me ha hecho ilusión en esta vida, es mi carrera profesional; por lo menos cuando empecé. ¡Qué tiempos aquellos en los que tenía grandes aspiraciones científicas! Metas que cualquiera hubiera concebido como inalcanzables, menos yo. Salí del instituto con unas notas brillantes, pude elegir la universidad y carrera que me dio la gana. Era una chiquilla crítica y desencantada con el sistema pero con la intención de cambiarlo.
Me gradué con unas notas mediocres, porque a pesar de todo, no era ningún genio además de que la depresión había llamado a mi puerta un par de veces durante el grado. Pero conseguí terminar Biología… Años después, un máster. Me sirvió de bien poco, puesto que en todos aquellos años de estudio mis aspiraciones fueron ahogándose en alcohol y antidepresivos. Realicé un curso de Manejo de Animales de Laboratorio, y con aquel currículum resultante mínimamente decente, me metí de simple técnico de laboratorio en una investigación de una empresa de automóviles. Podía aspirar a más, pero el tiempo me había cambiado... me conformaba con un trabajo simple y un buen sueldo.
Con mis recién cumplidos treinta y cinco años, empecé en aquel proyecto. Al principio no hacíamos mucho, trabajamos con ratones, cobayas y poco más… Luego empezamos a trabajar con primates, lo cual me sorprendió puesto que la legislación es muy dura con estos animales. Pero bueno… eran simples animales, yo hacía mi trabajo sin pedir muchas explicaciones. Teníamos que estudiar los efectos del gas que generaban los coches diésel en grupos de primates, si los resultados fueran positivos incluso se testaría en humanos. Lo cual, jamás sucedió. Durante meses y meses, lidié con los pobres animales que morían uno tras otro; la jefa de equipo no se daba por vencida con la investigación, rozaba casi la ilegalidad. Al principio, me era indiferente, pensaba “Esto es ciencia, así son las cosas… Es necesario”. Pero poco a poco, a medida que pasaba más tiempo con estos animales, empecé a ver humanidad en ellos. Una tarde de abril en la que estaba especialmente vulnerable, vi la agonía en sus ojos, la desesperación porque aquella tortura acabase. Me planteé, el cómo estos animales sufrían… Biológicamente, sufren exactamente igual que los humanos. “Si me pusieran en su lugar, me ahogaría, sufriría y moriría de la misma exacta manera” pensé, con cierta indiferencia aún. “Así son las cosas, yo como humana tengo valor para esta sociedad, tengo derechos. Lo siento, es así”, repetía en mi cabeza mientras les veía morir. “Estos seres… ¿En qué me diferencio de ellos? Bueno, yo utilizo un móvil y cago en un váter como dios manda” me reí.
Mis compañeros de equipo, jóvenes e idealistas, se llevaban las manos a la cabeza cuando compartía mis ideas. Ellos, casi barbilampiños y con las ganas de cambiar el mundo intactas, defendían los honorables objetivos de la investigación: un mundo más limpio, más sano. El objetivo, ante todo, era reducir nuestro impacto ambiental. Me lloriqueaban y pataleaban, sobre cómo había que mejorar las condiciones de los pobres animales. Pero a fin y al cabo, más grandes o más pequeñas, las jaulas seguirán siendo jaulas. La tortura continuará, seguirán muriendo encerrados.
“En fin… así son las cosas, ¿No? Cazamos cocodrilos y elefantes; nos comemos a los cerdos; nos vestimos con las vacas; investigamos con todos ellos, les inyectamos cosas, les analizamos, les vemos morir… con ello hacemos ciencia. Bueno, ¡y cremas antiarrugas! Nosotros somos humanos, tenemos el derecho de hacernos viejos y guapos. Así hemos construido nuestras grandes ciudades, así hemos llegado a la Luna… así avanzamos, así aprendemos y así construimos. No es natural, reconozcámoslo, es cruel y mezquino… pero en fin, nos encogemos de brazos y alzamos la voz ¡¡todo sea por la ciencia y el progreso!!”.
Suspiro…
Creo que tras tanta cháchara me he confundido con la faena… Me hubiera gustado escribir un relato fantástico sobre las maravillas de la ciencia, pero es inevitable... Cada vez que pienso en ciencia pienso en mi triste carrera, en aquel experimento, en la crueldad humana, en la mirada de aquel macaco despavorido.
Me termino el vaso de vino, no tengo la cabeza para cuestiones tan trascendentales.
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