Los otros

El ruido que provocó el movimiento del gran portón de la entrada le indicó que hacía mucho tiempo que nadie había estado por allí. Al fondo se veía una enorme mansión, la nueva vivienda de Gracia y de sus dos hijos, Ana y Nicolás. Los niños padecían de electrosensibilidad, una enfermedad, cada vez menos extraña a finales del siglo XXI, provocada por la exposición a campos electromagnéticos. Gracia tenía fe en que vivir prácticamente aislados en un caserío de la Mancha contribuyera a la mejora de la salud de sus hijos.

Al entrar en la casa y ver el estado de suciedad de la misma, Gracia confió en que hiciera efecto el anuncio publicado y que pronto encontrara al personal de limpieza solicitado. La premura redujo su nivel de exigencia, así que contrató a las dos primeras personas que acudieron a la llamada, una pareja de más de 60 años con experiencia en trabajar en ese tipo de caserones. Gracia les informó debidamente de las normas, indicándoles que estaban prohibidos todos los dispositivos electrónicos.

Ante la imposibilidad de tener acceso a Internet, la enseñanza a los niños era muy complicada, puesto que cada vez resultaba más difícil encontrar libros o tan siquiera papeles donde poder escribir, por lo que gran parte de las clases se realizaba de manera oral, con los conocimientos que Gracia tenía y que, de forma inevitable, poco a poco iba olvidando. Por eso, Gracia no dudó en preguntar a sus nuevos sirvientes Edmundo y Berta si había algo que pudieran enseñar a los niños. Gracia se sorprendió al descubrir cuánto sabía la pareja sobre ciencia, principalmente sobre electromagnetismo. Su ayuda le resultó, por tanto, tremendamente útil para enseñar a los niños matemáticas y física, entre otras materias.

Los amplios conocimientos demostrados por los sirvientes le hicieron plantearse a Gracia la dedicación de la pareja en el pasado, aunque Edmundo y Berta parecían claramente evitar el tema. Un día, escuchando a hurtadillas (fruto de la curiosidad y del aburrimiento reinante en el caserón), Gracia oyó a la pareja hablar en tono melancólico sobre el estado actual de la ciencia. Si allá por principios del siglo XXI se pensaba que los últimos años habían sido los más productivos en temas de ciencia en toda la historia de la humanidad, dicha situación no era comparable con los avances producidos a finales de siglo, como suele pasar con todo crecimiento exponencial. Esto había provocado que los conocimientos existentes en un instante temporal concreto quedaran obsoletos en apenas un año o pocos meses. Como consecuencia, las universidades habían desaparecido. El autoaprendizaje a través de Internet se había convertido en una necesidad, y quedarse desfasado en un puesto de trabajo era una constante para aquellos que no hacían el esfuerzo de actualizarse casi a diario. Además, el mundo capitalista había provocado que la ciencia dejara de ser una herramienta semi-pública para convertirse en uno de los principales valores de cualquier compañía puntera. Mirando años atrás, hoy en día sería inconcebible enviar un artículo científico a una revista para que fuera públicamente accesible. Además, la espera de meses hasta que fuera revisado y publicado haría, sin duda, que el artículo quedara desfasado.

Gracia no presentaba una gran empatía hacia sus empleados ya que, por alguna razón, no acababa de confiar en ellos. Puede que la culpa fuera que percibía que había cosas en la casa que no estaban como Gracia las dejaba. Y puesto que ella no creía en fantasmas, sospechaba que el feliz matrimonio podría estar detrás del misterio. Además, empezaba a preocuparse de lo interesado que parecía Edmundo en realizar labores de jardinería que no tenía asignadas.

Una mañana, haciendo limpieza en el desván, Gracia encontró un viejo papel amarillento y con la mayoría de la tinta borrada, que contenía una foto en blanco y negro. Al mirarla con detenimiento, Gracia se estremeció al comprobar el gran parecido de la foto con su sirviente. No podía ser casualidad la presencia de la pareja en esa casa. Alentada por un presentimiento, Gracia bajó y escarbó en el jardín, cual exhumador buscando un cuerpo, no sabiendo muy bien qué esperar encontrar…

Y encontró algo. Un gran baúl que contenía, perfectamente plastificados, revistas y artículos científicos. Al ojearlos descubrió que correspondían a toda la producción científica de E. García y B. López, ya muertos para el sistema científico actual. Sus sirvientes debieron de ser de los últimos investigadores de la vieja escuela, que no consiguieron cumplir su sueño de acabar su doctorado antes de que el sistema educativo cambiara. De hecho, no consiguieron, siquiera, ser autores principales de ningún artículo, por lo que se quedaron siendo “los otros”. Aquéllos de los que nadie se acuerda, siempre a la sombra de un autor principal, bajo el resguardo de la vieja expresión latina de “et al.”.
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