EL EXPERIMENTO

EL EXPERIMENTO

Fernández circulaba exultante por la M-50. Exultante pero respetando el límite de velocidad, que no era de saltarse las normas.
Venía de la Universidad Carlos III, del laboratorio de Física Cuántica, asignatura de la que era el profesor titular, donde acababan de realizar un maravilloso experimento: el de la doble ranura.
En él, cuando habían lanzado un haz de electrones contra una placa con dos aberturas, no se habían comportado como partículas pasando cada uno por una de ellas, sino que se habían desdoblado entrando por las dos ranuras a la vez, para, después de pasar la placa, “reagruparse” y continuar su camino.
Estaba llegando al túnel de Valdepastores y Fernández seguía estupefacto. Aún no lograba comprender por qué se producía ese tipo de fenómenos de incertidumbre y por qué solo se manifestaban a nivel de partículas, ¿cuál sería la barrera? ¿por qué no ocurrían a mayor escala?
… … …

Los restos de Fernández tuvieron que ser sacados por los bomberos entre el amasijo de metal y vidrio en que había quedado convertido su coche. La Guardia Civil no sabía qué poner como causa del accidente cuando levantó el atestado del siniestro. ¿Cómo a las cinco de la tarde y casi sin tráfico, podía alguien haberse estrellado entre las dos bocas de ese túnel recto, bien iluminado y con tres carriles por sentido? Al final se decidieron por “despiste del conductor”, aunque sin excesiva convicción.
Pero para conocer cuál había sido la causa real del accidente, habría que volver hacia atrás, hacía el momento en que se estaba fraguando el experimento de “las ranuras” en ese laboratorio de física cuántica de Getafe. Al momento en que, en las partículas más pequeñas del cerebro de Fernández, en los electrones y protones de sus neuronas, empezó a cuajar la idea de realizar un experimento rompedor. Idea que se fue consolidando en las neuronas, que lo comentaron entre ellas excitadas hasta que compusieron un pensamiento concreto de cómo realizar el experimento, y que Fernández asumió como suyo propio y forjado en un momento de inspiración divina.
Pero las partículas no se habían quedado tranquilas. El experimento las atañía y se estaban empezando a producir ciertas disensiones entre ellas. Los electrones apostaban por dividirse, por convertirse en ondas cuando los lanzasen contra la placa y pasar por las dos ranuras a la vez. Los protones de Fernández sin embargo, optaban por comportarse seriamente, como partículas, y pasar solo por una ranura.
Que el experimento fuese un éxito para los electrones no dejó satisfechos a los protones, que exigieron una medición objetiva, una observación externa y directa.
A esa conclusión llegó Fernández (creía que autónomamente) cuando, circulando por la M-50, decidió que tenía que repetir el experimento. Pero en su cerebro la batalla continuaba: que si partículas, que si ondas, que si pasamos por las dos ranuras, que solo por una… Un torbellino del que Fernández no era consciente. Solo cuando se acercaba al túnel notó algo raro, como que le apetecía entrar por la boca de la izquierda, no por la de su sentido. Y por la de su sentido, también. Por las dos. Solo por una. Por la de la…
Demasiado tarde.
… … …

No mucho tiempo después, algunas de las partículas positivas y negativas de Fernández, instaladas en unas coloridas margaritas que habían crecido entre las dos bocas del túnel, mantenían una estéril discusión en espera de que, con el ciclo de la vida, en algún momento llegasen a instalarse en otro semoviente con inteligencia y capacidades suficientes como para poder repetir aquel discutido e inconcluso experimento.





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