MOMENTO MÁGICO

Apoyé mi ojo en el visor del microscopio. La forma era pura, seis puntas afiladas y brillantes en torno a un núcleo perfecto hexagonal. Me quedé unos segundos quieta, casi sin respirar, disfrutando del momento. Sentía su mirada sobre mí, su presencia a mi lado. Él apoyó una mano sobre mi hombro. Era una presión suave, casi tenue, inocente, pero a pesar de todo yo sentí que mi corazón se paraba. Aguante la respiración mientras que sentía en mi oído su respiración “ves que forma más perfecta, y pensar que solo es agua”
Mantuve el ojo en el microscopio en un intento de alargar el momento. El no separó la mano, incluso acrecentó la presión cuando se adelantó un poco para alcanzar del congelador portátil otra capsula isotérmica que metió en el microscopio. “Parece mentira que todos sean diferentes” me dijo muy cerca de la oreja. Esta vez las puntas parecían hexágonos inacabados. Me recordaba a los adornos de navidad que de niño colgábamos en el árbol.
Él mantenía la mano en mi hombro y su voz era entusiasta, alejada de la voz seria de sus clases. Yo no podía prestar atención al visor. Entre el frío del microscopio y el calor que sentía dentro de mi, mi cuerpo se estremeció con un escalofrío. Él lo percibió y pareció salir de aquel entusiasmo. Retiró su mano como si le quemase y su voz volvió a la neutralidad que siempre utilizaba conmigo.
Yo sentí que lo que acabábamos de vivir se estaba escapando entre mis dedos. Aquella ciencia era lo que nos unía, porque los dos nos dejábamos llevar por la pasión, pero aquella ciencia era también lo que nos separaba porque no dejábamos de ser alumna y profesor. Pensé en algo que nos uniera, pero que se alejara de la ciencia, en un intento de romper esa barrera.
Tuve un recuerdo, comencé a hablar. “Cuando tenía 10 años, mi madre y yo nos fuimos a la calle cuando comenzó a nevar. De pronto un copo cayó sobre la manga de mi anorak y pude ver a simple vista una forma maravillosa. Llamé a mi madre y pudo verlo antes de que desapareciera. Ella me dijo que pidiera un deseo y se me cumpliría. Yo sabía que aquello era mentira, que se lo acababa de inventar, pero sonreí, miré al cielo, que estaba blanco como la nieve que lloraba y no pude evitar desear una cosa: poder vivir más momentos mágicos como aquel en mi vida”.
Él, colocándose las gafas que colgaban de un cordón de su cuello, cogió mi expediente y comentó irónico: “¿Y por eso decidiste hacer una tesis sobre “La morfometría simétrica de la cristalización de los copos o ampos de nieve”?”. Yo le miré picara, sonriendo y comenté: “Por eso y por vivir este momento mágico”
Me miró y sonrió como nunca le había visto hacer y no me hizo falta mirar por el visor para saber que el hielo se había derretido.
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