Estrellas fugaces

Cuarenta y cinco hombres partieron desde la secreta base antártica ubicada justo debajo de la base alemana de Neumayer. Durante años se había construido un túnel hacia las profundidades. Minuciosamente se había quitado centímetro a centímetro de hielo, abriéndose paso a lo desconocido.
En la última década, minúsculos robots nanotecnológicamente preparados habían refinado los trabajos. Cuando los sensores enviaron la señal que indicaba que se había llegado a veinte kilómetros de profundidad, el organismo internacional a cargo de la expedición dio la orden de llamar a las personas elegidas a lo largo y ancho del planeta, cada una especializada en un área diferente.
Equipados con tecnología de última generación, incluso herramientas aún sin patentes, los hombres emprendieron la marcha sabiendo de la importancia de la misión, sin perder de vista que, al mismo tiempo, se trataba de una aventura arriesgada.
Las comunicaciones se mantuvieron abiertas durante cincuenta y seis horas. Luego, de un momento a otro, de manera abrupta, se perdió todo contacto. Infructuosos fueron los intentos de los técnicos ubicados en la base secreta de recuperar la señal de los equipos de la expedición.
El silencio en las radios los paralizó durante setenta y ocho horas. En ese lapso se realizaron más de una docena de reuniones. Pocos líderes en el mundo sabían de la expedición y exigirían respuestas llegado el momento. Sin embargo, cuando el contacto se creía perdido para siempre, una estática inundó la sala de control de la base.
El operador de turno corrió a los sensores y no supo si gritar, llorar o reír cuando proveniente del parlante de la radio escuchó una voz en un idioma que desconocía. Pronto llegaron todos los intérpretes y el japonés supo que la suya era la lengua que se escuchaba. El rostro se le desdibujó al comenzar a traducir.
- Soy el único sobreviviente, no doy más, por favor vengan a buscarme.
El operativo demoró cinco horas en organizarse. No se sabía a qué distancia estaba el científico de nacionalidad japonesa que se había comunicado. Para fortuna de la misión de rescate, el hombre había recorrido a duras penas casi todo el camino de retorno, pudiéndose comunicar cuando le quedaban por transitar los últimos tres kilómetros.
Su condición crítica de salud hizo temer por su supervivencia, pero los médicos de la base lograron mantenerlo respirando lo suficiente como para que su cuerpo se recuperara. Una semana más tarde volvía a hablar, ahora en inglés, idioma que también manejaba. A las pocas horas pidió conversar con el máximo responsable de la misión. A solas.
La reunión duró solo treinta minutos En medio de la misma, pidió que le alcanzaran su mochila. Habían revisado todo, pero no se habían detenido en un pequeño bolsillo donde el científico había guardado una tarjeta de memoria. Pidió una computadora portátil y colocó la tarjeta.
- Véalo por usted mismo - dijo el japonés.
El hombre parado a un lado de la cama palideció.
- Al final del túnel está la Tierra, como si la observáramos desde la Luna. Allí, en ese abismo, cayeron todos. Vi cómo se desintegraban en la atmósfera terrestre. Si no me creen, estas son las fotografías.

Se comenta que la base está ahora cerrada y no existen planes de volver a ocuparla El túnel ha sido clausurado y las pruebas de todo lo ocurrido, eliminadas. Hay quienes afirman haber visto las fotos. Sin embargo, no se conoce la identidad de ninguno de los involucrados.
Los intentos de este reportero de llegar al área donde funcionó la base han sido en vano. Todos niegan conocer su existencia. He estado en Neumayer y prácticamente me han tratado de loco. De manera obsesiva me encuentro interrogando a todo científico japonés que se tenga conocimiento. Espero algún día dar con la verdad. Mientras tanto observo el firmamento. Temo que las estrellas fugaces que a veces observamos no sean tales.
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