Poder, deber, universos paralelos

El investigador se sentó frente a su ordenador mientras dejaba un cuaderno de notas muy desgastado junto al teclado. Observaba divertido las ventanas abiertas en la pantalla. Algunas parpadeaban en un recuadro verde, otras en azul o en naranja. En todas ellas se veían escenas cotidianas, imágenes del firmamento. Excepto una pantalla, que brillaba en un marco dorado. Ésta contenía curiosas figuras geométricas. A continuación, el científico posó su mirada en una pequeña caja negra de metal, a varios metros de distancia, de la que brotaba un sinfín de cables que emitían un zumbido sordo. Sin duda, pensaba al mirar el dispositivo, éste era lo más valioso del lugar, el mayor éxito de su carrera científica, el fruto de sus ideas, de sus estudios y de su intuición. Ese dispositivo acreditaba la existencia de universos paralelos, de un multiverso de planos paralelos que no interactúan entre sí normalmente. El científico había demostrado que nuestro universo no era el único existente y había sido capaz de apuntar y localizar los múltiples planos con lo que reverberaba la realidad.

Así, las ventanas de la pantalla del ordenador bordeadas de verde recogían imágenes de los universos paralelos de la cosmología inflacionaria. Burbujas surgidas de una inflación caótica que aseveraban que lo ocurrido una vez lo hará infinitas veces en infinitos universos. Las pestañas enmarcadas en azul correspondían a los universos de la teoría de los muchos mundos de la cosmología cuántica. Everet tenía razón, cada vez que un sistema cuántico tiene más de una posibilidad ante sí, el universo se divide en varios universos, en cada uno de los cuales sólo se concreta una posibilidad. Ante sus ojos contemplaba mundos devastados por catástrofes naturales, por guerras o por plagas. También utopías ajenas al dolor y al conflicto social o distopías de aparente perfección bajo las que subyacían siniestros totalitarismos. En definitiva, un sinfín de mundos en la pantalla de un ordenador. Pero, con toda su majestuosidad, aquello no era lo mejor. La joya de la corona, a su juicio, descansaba entre las cuatro paredes del marco dorado. En esta pestaña aparecían, ingrávidos, modelos matemáticos y cuerpos geométricos como icosaedros, tetraedros y dodecaedros. Este multiverso matemático, formulado por Tegmark, postulaba que todo lo que el observador aprehende de la realidad no es más que la proyección de un modelo matemático. Las distintas estructuras básicas permitirían todas las combinaciones posibles por medio de realidades suprasensibles. Para el investigador, bien merecía estar enmarcada en dorado porque servía de modelo y patrón de los universos múltiples.

Obviamente, este descubrimiento había dado un vuelco al estado de la ciencia. Desde la cosmología a la filosofía de la ciencia, desde la teoría de cuerdas a la física cuántica, su descubrimiento había sacudido los fundamentos de la sociedad y la cultura popular. Por ese motivo había acudido esa noche. Cada día estaba más preocupado. Declaraciones políticas, intereses empresariales y manifestaciones ideologizadas le hacían temer un uso poco recomendable de esta tecnología. ¿Debemos hacer todo aquello que podemos hacer? Esa cuestión había ocupado parte de su atención desde el momento de su mayor éxito. La razón técnica y analítica nos han permitido grandes avances, grandísimos, se respondía, pero no estaba seguro de saber con certeza si esos logros le facultaban para hacer todo lo que habían hecho: tomar sin permiso los descubrimientos de otros, observar si consentimiento las vidas ajenas… No obstante, los frutos obtenidos también habían sido muy positivos: tecnologías avanzadas, medicinas desconocidas, una mayor conciencia de los peligros que acechaban a un mundo ya castigado. Pese a todo, se preguntaba si la ciencia era neutra, si se debe hacer todo aquello que la ciencia hace posible o si, por el contrario, existen límites a las investigación o peligros imprevistos.

Cada vez tenía la respuesta más clara. Creía que el punto alcanzado por su investigación bastaba para plantear preguntas y obtener respuestas durante las vidas de muchos investigadores. Además, la ciencia es una actividad humana, no únicamente un sistema de conocimientos riguroso. Eso implica asumir responsabilidades y compromisos éticos. Observó divertido la pestaña dorada, con sus formas perfectamente geométricas, de una belleza apolínea y serena. Las vio flotar, plácidas, ajenas a las preocupaciones que él encerraba. Miró por última vez, con melancolía inevitable, el universo de formas abstractas y cerró la pestaña. Eliminó del ordenador las fórmulas y ecuaciones que abrían paso hasta ese universo paralelo enmarcado en dorado. Él pudo acceder al mismo, pero no debió hacerlo. Guardó su libreta en un bolsillo y se levantó mientras dejaba parpadeando el resto de las ventanas multifacetadas del multiverso al que su ordenador les abría una puerta. Hay descubrimientos que llegan demasiado rápido, pero el multiverso matemático aún tendría que esperar. Poder, deber, para él también eran universos paralelos.
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