De la visita al museo y lo que allí aconteció

Interior, museo a elección de la imaginación del lector/a. Lo que sí que vamos a explicar son algunos de los tipos de personas que pueden acudir a un museo, con su correspondiente descripción.

En primer lugar, encontramos a los sujetos que acuden a él con una ingenuidad que ojalá puedan conservar para siempre, como niños a los que no les da vergüenza decir que no tienen ni la más remota idea de a dónde se adentran y qué van a aprender. Después están los que se documentan brevemente sobre los conocimientos que encontrarán dentro del recinto, además de echarle también un vistazo a las exposiciones temporales o especiales; tienen que saber dónde están yendo. No puede faltar en este breve ensayo el individuo que puede que no sepa qué conocimientos puede descubrir, pero que en todo momento va a hacer parecer a sus acompañantes que los sabe perfectamente; unos cuantos datos dichos en el momento más oportuno de la conversación y la persona que menos pueda saber del grupo (y si nos ponemos dramáticos, de todo el museo) puede convertirse en el sabio de la congregación. Centremos nuestra atención en el último tipo de visitante museístico.

El sujeto en el que hemos puesto nuestra mirada posee una característica digna de estudio: cambia su “camino mental”, su percepción y sus comentarios, si es observado o no por otros. Observémoslo más de cerca. El sujeto se encuentra en la fase de contemplación de una de las obras/piezas más importantes de todo el museo. P (lo llamaremos así a partir de ahora) observa su entorno, se percata de que lo estamos observando, y es entonces cuando elige una de sus múltiples opciones: mirar fijamente la obra en cuestión, asentir con la cabeza y, con el ceño fruncido, ir cambiando la posición de los brazos, además de moverse para “percibir” la pieza desde distintos ángulos, nunca se sabe de dónde puede llegar la inspiración. El resultado final es la decisión de un camino a elegir, condicionado por la observación de otros.

P no es consciente de que ha actuado de una manera u otra al saberse vigilado hasta que sale del museo; en ese momento se cuestiona por qué ha cambiado su camino por culpa de una fuerza externa e incontrolable. Nosotros seguimos observando, esta vez más discretamente, pues se ha percatado de nuestra presencia dentro del recinto. Ahora, una expresión de decepción recorre su rostro, y se pregunta: ¿es realmente capaz de controlar su propio comportamiento? ¿Podría haber elegido otro camino? ¿Podría haber sido diferente si no hubiera notado nuestra presencia, o si hubiera sido otra persona la que le hubiera observado?

Las posibilidades son a priori infinitas. La conducta humana parece, sin duda, totalmente impredecible, pero ¿lo es realmente? ¿Somos portadores de la verdad, o ésta es capaz de funcionar sin la influencia de nuestra consciencia? ¿P podría haber elegido otra conducta si la situación se hubiera dado por duplicado y al mismo tiempo? ¿Puede pasar lo mismo con el arte? ¿Por dentro también? Quizá esa sea la respuesta, por dentro.
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