Fugitivo

Escucho los gritos de mis enemigos en la inmensidad de la selva. Terminarán encontrándome. Y ese será mi final. No habrá perdón para mí.
Mi brazo biónico se ha averiado durante el último combate y no puedo mover los dedos. No poseo los conocimientos ideales para repararlo, pero soy mi única opción. Con la ayuda del cuchillo de campaña desatornillo la carcasa superior del antebrazo, realizada completamente con grafeno. Me parece imposible que un objeto tan liviano y fino pueda poseer tal dureza. Es más, si no estuviera pintada con colores de camuflaje juraría que la pieza podría ser prácticamente invisible. Para mi sorpresa, no encuentro ni un sólo cable en el interior. Todos los servomotores y mecanismos están soldados a la propia carcasa, por lo que intuyo que el hecho de que esté construido con grafeno cumple una doble finalidad, protección física y conducción de todo tipo de señales eléctricas.
Recuerdo el momento en el que me lo implantaron. Había perdido el brazo derecho debido a una explosión de mortero. Los cirujanos me comunicaron la posibilidad de implantarme un brazo biónico, posibilidad a la que me negué en redondo. No quería parecer un bicho raro. Hasta que, al ver como algunos de mis compañeros de hospital se manejaban perfectamente con sus nuevas extremidades artificiales, me decidí. Prefería eso a ser un tullido de por vida. La operación fue larga y complicada. Sobretodo en el momento de conectar las terminaciones nerviosas de mi hombro a la carcasa del brazo, necesario tanto para que las órdenes de mi cerebro llegasen a los distintos mecanismos como para que el mismo recibiera las señales emitidas por la infinidad de sensores del brazo. Resulta sumamente extraño como se pueden percibir nítidamente las sensaciones de frío y calor a través de un brazo metálico.
Pero no hay tiempo para ensoñaciones. Ante mi vista se despliega un conjunto de ejes hidráulicos que unen las poleas flexoras y extensoras de los dedos con la articulación del codo. Eureka!!! Uno de los latiguillos que conduce el fluido hidráulico se ha desconectado. Restituyo el fluido perdido utilizando un poco de agua de la cantimplora. No es lo ideal pero servirá. Ya sólo queda volver a conectar el latiguillo.
Parece que mi improvisada reparación ha dado resultado. Los dedos se mueven con una velocidad y fuerza aceptables. El hecho de poder usar el dedo índice para presionar el gatillo de mi pistola me infunde cierta tranquilidad.
Las voces se acercan. Como sabuesos olfateando un rastro se dirigen inexorablemente hacia mi posición. No me quedan fuerzas para seguir huyendo. Pero no me cogerán vivo.
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