3, 2, 1

Isidro fue a por una cerveza y conoció a un tipo. ¿Sabes lo qué es el tiempo? Le dijo el tipo. Claro, dijo Isidro, relojes, segundos, minutos, horas, años. Eso no es el tiempo, dijo el tipo. La historia, las civilizaciones, auges, caídas, planetas, ¡el cosmos! Tampoco, dijo el tipo. La cuarta dimensión, la entropía, ¡la muerte! No, no, dijo.
Entonces, ¿qué es el tiempo?
¿Quieres saberlo?
Pues claro, dijo Isidro.
Llevó a Isidro a su cabaña. En medio del bosque. El interior olía a incienso y animales muertos. Había varias camas, escritorios, papeles aquí y allá, por las paredes. Una mesa con juego de té en el medio. Aves y mamíferos pequeños en el fregadero.
Algo más llamó la atención de Isidro. Sobre la mesa, junto a las cosas de té, parecía una escultura de papel, con forma de flor gigante, fabricada con picos de pato. Daba igual desde donde se mirase, ¡siempre tenía el mismo aspecto!
En esta silla, dijo el tipo, reflexiono sobre las grandes cuestiones: números pares e impares, escrituras sagradas, extraterrestres, patos.
Era su voz, las palabras salían de su boca con una forma definida. Los sonidos empaquetados llegaban a la cabeza de Isidro, resonaban en armonía avanzando y después hacia atrás y volvían a empezar. Estaba atado a ese tipo y sospechó Isidro cuando vio sus pezuñas que este no podía ser otro que el demonio.
El tiempo, dijo, es el enigma máximo que enfrenta el hombre. Antes de saber lo que es deberás leer a los genios que casi lo consiguieron descifrar: Bergson, Einstein, Wells, Hinton, Minkowski.
Pero date prisa, añadió. En cualquier momento, a todo el mundo se le acaba el tiempo.
Muchos años estuvo Isidro dentro de la cabaña, leyendo y estudiando a las grandes mentes. Isidro pensó que todos los libros del mundo debían de estar allí. Reflexionó hasta puntos de claridad que nunca pensó que su cerebro soportaría sin derretirse.
Comían lo que el tipo cazaba en el bosque. Ardillas, musarañas, conejitos que Isidro cocinaba porque el tipo comía los animales crudos. Detrás de la cabaña estaba el corral de los patos. Mientras Isidro leía, el tipo miraba los patos corretear: ¡cuac cuac!
Estudiaron juntos la región del cerebro que crea la ilusión del tiempo. Ofreció a Isidro sustancias que distorsionaban esta ilusión y amplificaban la percepción, se expandía en todas las dimensiones como un chicle bien masticado.
El pelo de Isidro se fue cayendo, su piel se llenó de escamas. Parecía que todo cuanto se había escrito sobre el tiempo estaba ya en su cabeza, su investigación llenó miles de páginas, estaba muy cerca de desvelar el enigma máximo. Pero una tarde de bochorno se acabó el tiempo para Isidro: dejó los libros, fue a por una cerveza, salió al corral y un pato le mordió la mano.
En la cama, a unos segundos de morir, Isidro le dijo al tipo: tú no envejeces, ¿es posible que vivas al margen del tiempo, tú que conoces ese misterio mejor que todos los libros de tu cabaña? Dime de una vez qué es el tiempo.
¿Seguro que quieres saber qué es el tiempo?
¡Sí!, gritó Isidro.
Yo no lo sé. Pensé que tú podrías descubrirlo, que serías el primero. No ha podido ser, pero tu trabajo será de gran ayuda para mi siguiente alumno.
Isidro murió, una densa luz blanca cubrió su cuerpo y después se desvaneció. Tenía una sensación de congestión en la garganta, pero no había garganta, nariz que oscila ni pecho que se infla con dificultad. No sentía su cuerpo ni los años pasados. Contaba segundos pero ¿para qué?, no sabe cuánto dura un segundo. Imposible saber cuánto tiempo había pasado. Aquí no existe el tiempo, observó Isidro. Y volvió a pensar en el tiempo, tenía todo el tiempo del mundo.
Ahora Isidro está a punto de descubrir qué es el tiempo, y cuando lo consiga el tiempo volverá a correr, una tremenda explosión de la que todos venimos en: 3, 2, 1.
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