La marcha de las obreras

La plantación crecía saludablemente hasta donde alcanzaban sus sentidos. Ni una mala hierba asomaba entre los filamentos que se alzaban sin rumbo en la oscuridad, entretejiéndose unos con otros; nada que hiciera peligrar la cosecha. La hormiga se frotó las patas meticulosamente antes de ponerse a trabajar, temerosa de contaminar los cultivos por un descuido, y se unió a la fila que avanzaba por la galería transportando pedazos de hojas.
Varias de sus compañeras se fueron separando en distintos pasajes, revisando cada milímetro de terreno. Algunas volvían en dirección contraria, con trozos del hongo entre las mandíbulas para alimentar a su reina. A medida que se adentraba en el laberinto se quedaba cada vez más aislada del resto, aunque el miedo por perderse no tenía un hueco en su mente.
Sin embargo, sí llegó a sentir algo parecido a temor por lo que vio al final de una estrecha y abandonada galería: un montón de hojas masticadas por alguna obrera descuidada habían sido abandonadas sin cuidado ni vigilancia. Al no haber sido colonizadas por el hongo que les servía de alimento, una mezcla de bacterias y otros hongos considerablemente menos apetecibles se daba un festín, amenazando con expandirse al resto del sustrato en su crecimiento descontrolado.
La hormiga regresó aceleradamente hacia las galerías principales, avisando a todo congénere que se cruzaba en su camino. La respuesta tenía que ser inmediata, o todas correrían el peligro de quedarse sin su comida. Desgarró un grueso trozo de micelio allí donde crecía más sano y regresó a la peligrosa contaminación decidida a detenerla.
Ya había un equipo limpiando la zona, pero era vital ser meticulosas. Frotó la masa que llevaba en las mandíbulas por todas las paredes, al tiempo que más hermanas hacían lo propio en una sincronizada tarea de prevención.
No era la primera vez que tenían que enfrentarse a esta situación, ni sería la última. Trabajar en equipo era clave. Otras hormigas se acercaron a la zona, expandiendo las bacterias que usaban en estos casos como arma para combatir su amenaza más asfixiante. Su instinto les decía que tenían que hacerlo, sin necesidad de saber qué eran los antibióticos o los antifúngicos, ni cómo se producían.
La colmena volvío a la calma lentamente; las hormigas marchaban de nuevo a sus ocupaciones con los deberes cumplidos. Mientras, los microorganismos que habían sembrado comenzaban a establecer un nuevo equilibrio.
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