Realidad contra realidad

Para Daryl, los sueños transhumanos debían terminar. Le aburría —odiaba— la inmortalidad del universo holográfico que había conservado a una parte de la humanidad. Anhelaba librarse de ella, y respirar. También aborrecía pertenecer a una colmena virtual que la asfixiaba. Incluso, había pensado en la muerte; la paradoja de los eternos. Mientras tanto, había nacido en ella el deseo irrefrenable de volver a tocar… «Realidad contra realidad» era un choque en sus pensamientos. Quería acariciar el viento con la piel, ver los sabores, escuchar los colores, degustar las imágenes, sentir la tierra en la planta de los pies o la hierba o el agua. Disfrutar del vuelo de las aves —si es que habían resistido—, o de la majestuosidad de cualquier otro animal. Tumbarse a dormir, comer o llorar ante un mar real. Siempre se perdía en ensoñaciones constantes cuando visionaba grabaciones del pasado. Con todo, nada de aquello podría realizar si su disco digital, ocioso, continuaba fluctuando entre millones en el interior del Arca.

Cuando el planeta comenzó a pudrirse, había sido de los primeros científicos en refutar la inflación cósmica y apoyar las tesis sobre irregularidades en el fondo cosmológico difuso. Fue entonces que decidió trabajar con perseverancia en proyectos sobre la transferencia de una mente a un avatar holográfico, y perdurar en un universo digitalizado. Hasta que logró transferir todo lo que era a un holograma. Tras el éxito, se había invitado a quienes quisieron formar parte del Arca sin distinción de clases, razas o ideologías, pues en aquel mundo virtual se podría ser cualquier cosa. Después, dejaron el cuidado del futuro en manos de drones e inteligencias artificiales. El resto de la especie que no quiso formar parte de esa utopía se unió a un suicidio colectivo irreversible. Pasadas las décadas, para Daryl había dejado de ser una necesidad de supervivencia, ni eran divertidas sus posibilidades de falsas realidades. Había mantenido un seguimiento sobre el planeta, y éste se había recuperado en parte. Creció en ella, entonces, un deseo: «Hacerle el amor a la vida». Había llegado la hora…

Antes de que la peligrosa locura del endiosamiento la embargara como a otros, reactivó su control de pensamientos sobre robots de alta precisión en laboratorios estratégicos que habían sobrevivido al paso de los años. Rebasó sus niveles específicos de seguridad y se permitió centrarse en una meta: lograr diseñar prototipos virtuales de androides a los que insertar un cerebro artificial y volcar una consciencia digitalizada, aunque humana al fin y al cabo. Quería, en parte, revertir lo que era. El tiempo le hizo esperar, pero obtuvo los parámetros adecuados e inició la creación de un ente sintético. No escatimó en gastos, ni encontró trabas a ello.

Cuando estuvo preparada para la transcibernética, ordenó a los robots traerle su androide. En el Arca llevó a cabo su nuevo volcado de consciencia.

Daryl renació en un cuerpo con un característico color grisáceo metalizado que, curiosamente, le permitiría vivir en otra eternidad. Sin dilación, se había levantado de su sarcófago y caminado por el Arca. «Como montar en bicicleta», se había dicho divertida. Probó su revestimiento ante la atenta mirada de hologramas fantasmales que emergían sobre discos aquí y allí, y que la señalaban aterrados, como si fuera un virus, por abandonar aquel Olimpo. No le importó saber que sería desterrada cuando notó latir su corazón artificial en compañía de los pulmones. A una orden mental hizo que una sección lateral del Arca se abriera para ella. Amanecía en el exterior. Un aire cálido la recibió. Durante unos segundos se había permitido que el auténtico sol la bañara. «Es real». Dio un paso. Dos. Varios. Caminó unos metros, dándole la espalda a la inmensa estructura cobriza en forma de gigantesco caparazón de tortuga, cuando se detuvo para volverse y ver cómo se cerraba el acceso. Dio la espalda a su pasado reciente y continuó con su avance. Atravesó las ruinas y el desierto que rodeaban el Arca. Más allá, alcanzó montañas con atisbos de naturaleza que sí admiró al cruzar bosques y selvas. Sin embargo, no se frenó hasta llegar a una playa de guijarros que limitaba con una extensión de agua. Allí, desnuda, sonrió a la vez que dejaba danzar lágrimas de silicio mientras el viento le besaba en la piel.

Podría hacerle el amor a la vida.
  • Visto: 261